Jesús es en todo igual a nosotros

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Este domingo el evangelio repite en parte el mismo tema del domingo XXV; el tema del servicio o de la “minoridad”: ser el último. Pero, aún siendo el mismo tema, tiene sus matices diversos y voy a tratar de entresacarlos, saboreando como nueva la Palabra que hoy se nos sirve como el maná para este día.
El matiz diferenciador principal lo marca hoy la segunda lectura (Hebreos 4, 14-16) que nos presenta una “fotografía” existencial de Jesús, el Hijo de Dios. Jesús es igual en todo a nosotros excepto en el pecado. Es hombre verdadero. Por eso es capaz de compadecerse de nosotros; capaz de padecer como nosotros, con nosotros y por nosotros. Y de hecho, Jesús pasó por todas las peripecias de la vida: alegrías y penas, salud y enfermedad hasta la muerte violenta. Jesús es un hombre misericordioso. Compadece desde el abajarse, ponerse a la altura del otro, solidarizarse y hacer camino junto al otro. Compadece para liberar o salvar al hermano de las cadenas que le atan al yo y a sus circunstancias. Jesús desde la compasión es liberador o salvador (reparador).
San Pablo mirando a Jesús va más allá y ve al Padre y de Él nos dice que es GRACIA (trono de Gracia) y MISERICORDIOSO. Podemos confiar totalmente en Él.
Jesús es la imagen viva del Padre. Lo que afirmamos de Jesús lo podemos afirmar del Padre, puesto que Jesús todo lo recibe del Padre. Esto quiere decir que el Padre no tiene esquemas de funcionamiento diversos a los del Hijo. El corazón del Hijo y el del Padre se mueven desde el Amor-Misericordia. Esta es la máxima revelación de Dios. Dios es así y no de otra manera; y a esta realidad deberán ajustarse las demás visiones que de Dios nos lleguen tanto en el Antiguo Testamento como en la Tradición de la Iglesia.
Digo esto porque en las lecturas de hoy se habla de “expiación” (Isaías 53, 10-11) y de “rescate” (Mc 10, 35-45). Y cuando oímos estos términos viene a nuestro imaginario figuras como la del “cabrito expiatorio” del A.T. o la de la “paga” por la deuda infinita contraída ante Dios por el pecado (Teología Anselmiana). Tengo la impresión de que muchas veces parece que lo que no está permitido en las relaciones entre los hombres sí que está permitido en las relaciones de Dios con los hombres. Se habla del castigo de Dios y hasta de la ira de Dios y eso es una barbaridad. No podemos olvidar que en palabras de Jesús nosotros somos “malos” y damos cosas buenas a nuestros hijos; cuanto más Dios que es el solo Bueno. Por tanto no puede ser que en la justicia de Dios paguen justos por pecadores. No pude ser que Dios cargue o castigue a uno para que pague por los demás. Dios no pasa factura. Dios es MISERICORDIOSO. Dios habla al corazón desde el Corazón.
La palabra “expiación” podemos empezar a entenderla con la última frase de la lectura: “Mi siervo justificará a muchos porque cargó con los crímenes de ellos”. Cargar es lo mismo que “quitar” (quita el pecado del mundo o carga con el pecado del mundo). El siervo se hace uno como nosotros para justificarnos, hacernos santos, de la estirpe de Dios, darnos su Espíritu y así hacernos funcionar como él. Llegado el Espíritu se borra (ausenta, elimina) el pecado (la tiniebla) y somos creaturas nuevas, creaturas libres para ser “siervos” para los demás.
El evangelio de hoy desglosa esta actividad del “siervo” en la persona de Jesús. Ante la pregunta bastante descarada pero sincera de dos de sus apóstoles (los hijos del trueno) que debían ser de “armas tomar”, Jesús va a dar una lección importante sobre el modo de comportarse Él y aquellos que quieran seguirle. Va a descubrirnos la escala de valores que rigen su vida (palabras y obras) y que serán los valores del Reino.
Santiago y Juan quieren ser los primeros en el escalafón de los cargos del “reino” que ellos se imaginan. Nada distinto de los otros 10 que piensan lo mismo, aunque no lo dicen, y de otros 100.000 más que estamos en la misma onda. Hoy todos trabajan por ser “primeros” en lo que sea. Véase por ejemplo el libro ese que se llama Guinness o la fanfarria que acompaña a cualquier campeón de cualquier cosa.
Jesús les dirá que lo del “escalafón” no está de su mano; que es cosa del Padre. Y ya es una respuesta clara y distinta. ¿Podéis decirme cuál es el escalafón de una madre o padre referido a sus hijos? ¿Cuál es el hijo más importante? Tratad de responder y veréis como es un come-cocos. Porque dependerá de la circunstancia del hijo para que se haga visible el amor del padre-madre de una forma u otra, pero siempre desearán para el hijo que sea él mismo y desarrolle lo mejor de sí mismo, sin comparación con ningún otro hijo. Cada hijo es “único”. Bueno, pues eso. Para Dios somos todos como “únicos” y amados sin medida. Preferido para Dios será el pequeño, el enfermo o el pobre, para “liberarlo” o sacarlo de esa “limitación”.
Después les dirá que lo que importa es “beber el cáliz” y vivir su “bautismo”. Todos entendemos que está hablando de “dar la vida hasta la última gota de su sangre”. Pero para que no lo entendamos mal, Jesús va a dar una lección de vida a sus discípulos declarando uno de sus preceptos o máximas más importantes: “No sea así entre vosotros”. Ser importante en los esquemas del mundo implica tiranizar y oprimir a otros. Subir en el escalafón es igual a pisar sobre el hombro de otro. Es funcionar según el esquema de Babel.
Entre vosotros, el que quiera ser primero, que sea el último, sea “siervo” o esclavo del otro.
Aquí tenemos a Jesús que parece no condenar nuestros deseos de ser “primeros”. Pero indica caminos nuevos que si los seguimos nos sorprenderán con la realidad del Reino. Para ser “primero” ponte detrás, porte el último y sirve, entrega tu vida, da tu vida para que el otro, los otros, tus hermanos, tengan vida. Posibilita la vida a los demás siempre y en toda ocasión. Esto implica un adelgazamiento del “yo y mis circunstancias” para que emerja un tú o un nosotros insospechado, donde todos podemos ser primeros. De hecho, cuando Pablo habla de esta vida la compara a una carrera de atletas en la que todos al final podremos ser coronados del laurel de la victoria o de la medalla de oro de campeones. En esta dinámica de apuntarnos todos a ser servidores de los demás hay un círculo virtuoso que nos beneficia el ciento por uno. Somos uno a servir (yo) y muchos a servirme (los demás). Es una delicia vivir la fraternidad.
Jesús añade eso de que no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por todos. Ese rescate es de lo que he hablado en ese círculo virtuoso. No se trata de pagar por nadie sino de solidarizarse y ponerse al servicio de “todos” para rescatarnos de nuestras esclavitudes que nos atan a la caverna, al viejo mundo, al escalafón de valores Babelianos. Jesús primero que nada es maestro en el servicio hasta dar la vida. No escatima un ápice de su vida por amor a los demás (nosotros). Jesús es machacado por los antivalores del Reino. A Jesús le aplasta el poder político-económico-religioso del momento que estaban encaramados en el escalafón de Babel. En esa muerte muestra su fidelidad a Dios y al Reino, y el Padre muestra también su fidelidad al Hijo rescatándolo de la muerte o venciendo a la muerte. Jesús nos dará su Espíritu para que podamos vivir desde la realidad nueva de la vida del resucitado. Tenemos todo de nuestra parte para poder vivir como él, sirviendo a los demás y rescatando a nuestro mundo de las esclavitudes que producen nuestros egoísmos y la cadena de pecado (muerte, anti-Reino) que genera. Quitar ese pecado es nuestra tarea, siguiendo los pasos de Jesús (bebiendo su cáliz). Ser siervos de los demás. No otra cosa es reparar (dicho para los reparadores).

Gonzalo Arnaiz Alvarez, scj.

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