Jesús, Hijo de David, ten compasión de mi

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El año litúrgico ya va “de caída” y por eso parecen adelantarse los “aires” del Adviento en la lectura de Jeremías 31, 7-9.Os invito a leerla despacio y a meditarla. Es como un bálsamo que refresca y a la vez enardece el alma. Dentro de la situación social nada cómoda de Israel, el Profeta mira al futuro con esperanza e invita a alegrarse y regocijarse en el Señor porque ha estado grande con ellos. Les ha dejado volver a ser “pueblo” de Dios y “heredad” suya. Es más, se iniciará un reflujo (un éxodo a la inversa) de los exiliados. Y, qué bonito ver como Dios trata a ese pueblo que peregrina con cojos y ciegos, parturientas y embarazadas. Una “carga” que ralentiza enormemente el avance hacia Jerusalén. Pero Dios los protege, se acompasa a los “últimos”, los lleva por lugares donde hay agua y por caminos llanos. Dios es misericordioso, compasivo. Dios está al lado del débil. No deja a nadie en el margen del camino. No desecha a nadie. Todos son importantes en su Reino. Este es el rasgo más grueso que resalta en la Biblia a la hora de pintar a Dios. Hay, es verdad, otros trazos donde aparecen las exigencias de Dios, pero en el proceso de revelación de Dios en la historia de Israel va emergiendo con fuerza la figura del Dios-Misericordia.
En el Evangelio, Marcos 10, 46-52, se nos habla de otro éxodo o caminar de Jesús que dirige sus pasos hacia Jerusalén. Hoy toca caminar por Jericó y vemos que Jesús va acompañado de sus discípulos y bastante gente. Hay un hombre a la vereda del camino. Un ciego marginado, pero con nombre propio: Bartimeo. El nombre propio le da categoría de persona. No es ningún anónimo. El significado de ese nombre es: Bar = hijo de; Timeo= el “agraciado”. Un nombre extraño, porque en principio el ciego era todo menos agraciado.
Un inciso. No olvidéis que a Jesús le llamarán “desgraciado”, desecho de hombre, varón de dolores.
Sea quien sea el tal “padre” a Bartimeo le habían dejado al margen de la vida, con un capote con el que ganare el sustento. Vemos a Bartimeo quieto, casi paralítico al borde del camino. Pero en su espíritu hay gran actividad. Va a suceder un acontecimiento que cambiará radicalmente su vida. Había oído hablar de Jesús. Por el “oído” Jesús ya se le había colado dentro del corazón. “La fe viene por el oído”, dirá S. Pablo.
Bartimeo se había hecho su idea sobre Jesús y cuando oye que está cerca empieza a moverse hacia Jesús. Lo primero que hace es ¡gritar! Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí.
Hijo de David es título mesiánico según la tradición de Israel. Pero además le llama ¡Jesús! = “Dios salva”. Bartimeo intuye en Jesús a alguien más que un profeta o un mesías de los muchos habidos o de los muchos que se presentaban como tales en esos tiempos .Bartimeo cree que Jesús le puede dar la vista y con ella la vida, la “salvación”.
Hay un grupo de gente –los bien pensantes- que le dicen que se calle. Que no estorbe al Maestro, que no “rompa” el protocolo. Pero él grita más fuerte. Es valiente y no teme represalias. Total, poco iba a perder
Jesús “oye” (la fe es cosa de oído) a Bartimeo, se para y manda llamarlo. Estamos ante un caso claro de vocación. Jesús no solo se interesa por el marginado sino que lo llama y le pregunta lo mismo que en el evangelio del domingo pasado preguntaba a los hijos de Zebedeo: “Qué quieres que haga por ti? Es una pregunta abierta e incisiva. Jesús acepta que puede hacer algo por el ciego. Depende de lo que pida. Jesús puede cambiar “el yo”, mi intimidad, puede cambiar la totalidad de mi ser. Pero hay que abrirle la puerta o dejarle entrar. Bartimeo no pide riquezas ni poder. Pide “ver”; pide la Vida.
Jesús le responde “Anda, tu fe te ha curado”. No le dice “ve” (de ver), sino que le dice “anda”, ponte en camino, sígueme y “verás cosas mayores”. El ciego, que ya ve por la fe, deja todo lo que tiene (su manto donde duerme, se cubre y se sienta para pedir limosna) y sigue a Jesús. Ha recobrado la vista, pero sobre todo ha recobrado su dignidad de persona; se reintegra en el camino y empieza a hacer “éxodo” con Jesús hacia Jerusalén. Bartimeo, en poco tiempo ha hecho un recorrido en su vida de fe mucho más largo y profundo que el de los discípulos de Jesús “de toda la vida”. El evangelio nos dice una vez más que el Espíritu sopla donde quiere y cuando quiere. Que el Espíritu no se deja encasillar ni que le pongan fronteras a su actuación. Que el Espíritu puede hacer de las piedras “hijos de Abraham”.

Bartimeo somos tú y yo. Somos de verdad hijos de la GRACIA. Somos AGRACIADOS. Esta es la gran noticia, la buena noticia; EL EVANGELIO.

Viene a la mente una “catarata” de preguntas para ver si somos Bartimeo u otros seguidores de segunda.

¿Somos “Pueblo” de la “escucha”, oidores de la Palabra de Dios? ¿U oímos y escuchamos otras palabras?

¿A quién grito yo en mi caminar? ¿Dónde busco la vida y la verdad?

En mi caminar de fe: ¿Dejo marginados? ¿Margino a alguien? o ¿Acojo también a los débiles, a los inseguros, a los que no valen para nada?

¿Proclamo yo las maravillas que Dios hace en mí? ¿Mi fe la vivo en mi foro interno o la testifico en la plaza pública?

Gonzalo Arnaiz, scj.

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