Jesús Misericordioso

Jesus

DOMINGO DE LA DIVINA MISERICORDIA.

Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre. El misterio de la fe cristiana parece encontrar su síntesis en esta palabra. Ella se ha vuelto viva, visible y ha alcanzado su culmen en Jesús de Nazaret. El Padre, « rico de misericordia » (Ef 2,4), después de haber revelado su nombre a Moisés como « Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira, y pródigo en amor y fidelidad » (Ex 34,6) no ha cesado de dar a conocer en varios modos y en tantos momentos de la historia su naturaleza divina. En la « plenitud del tiempo » (Gal 4,4), cuando todo estaba dispuesto según su plan de salvación, Él envió a su Hijo nacido de la Virgen María para revelarnos de manera definitiva su amor. Quien lo ve a Él ve al Padre (cfr Jn 14,9). Jesús de Nazaret con su palabra, con sus gestos y con toda su persona revela la misericordia de Dios.

Siempre tenemos necesidad de contemplar el misterio de la misericordia. Es fuente de alegría, de serenidad y de paz. Es condición para nuestra salvación. Misericordia: es la palabra que revela el misterio de la Santísima Trinidad. Misericordia: es el acto último y supremo con el cual Dios viene a nuestro encuentro. Misericordia: es la ley fundamental que habita en el corazón de cada persona cuando mira con ojos sinceros al hermano que encuentra en el camino de la vida. Misericordia: es la vía que une Dios y el hombre, porque abre el corazón a la esperanza de ser amados no obstante el límite de nuestro pecado.

Pretendemos entrar en el ESPÍRITU MISERICORDIOSO Y COMPASIVO DE CRISTO EL SEÑOR. Quisiéramos ver que entrando en ese espíritu de misericordia se le puede dar un aporte de alegría al mundo de hoy.

Mundo de hoy donde se dan situaciones dramáticas en nuestra civilización a las que contribuimos con nuestras actitudes de vida. Hay demasiada ansiedad y una gran preocupación por el futuro que cada vez se presenta más oscuro e impredecible.

Hemos de tomar conciencia de que nuestro mundo no es el país de jauja y que no atamos los perros con longaniza. Quizás los medios de comunicación carguen demasiado las tintas en los acontecimientos “malos”, como las guerras, terrorismos, terremotos, asesinatos, crisis. Pero lo cierto es que están ahí y crean sentimientos de desesperanza en la gente. Desasosiego. Por eso muchos buscan distracción para no ver o huir de estas sensaciones.

Es cierto que vivimos unos momentos de desorientación o desnortación en nuestra civilización. El futuro nos da miedo cuando no terror. En el pasado había ciertas seguridades y certezas inamovibles que daban peso a la vida y hacían que se pudiera enfrentar el camino de la vida con entereza y ánimo. El futuro no era puro azar. La cultura y la religión daban cierta cohesión a la vida y también cierta esperanza.

Hoy hay un adelgazamiento general de principios y verdades; un desmoronamiento de certezas y culturas. Nada es perenne. Todo cambia. Nada hay seguro. Solo queda instalarse en la finitud o buscar entretenimientos para buscar refugios que aquieten nuestra desazón. La bebida, la droga, las riquezas, el culto al cuerpo, el deporte, el sexo… son nuestros refugios. En muchas ocasiones hay un intento de volver al pasado también como refugio y añoranza. ¿Somos pesimistas? Puede que sí, pero no todo es negro y hay que afirmar que siempre hay más bondad que maldad en el mundo.

Nosotros hoy, queremos volver al pasado, pero no por añoranza, sino para enraizarnos en Cristo.

Queremos ver cómo Él vivió en medio de las “ansiedades” de su pueblo y pudo ser fuente de esperanza para así ver si nosotros también hoy viviendo como él, podemos ser fuente de esperanza en el mundo.

Jesús no fue competitivo sino que ofreció compasión. Mostró compasión con las multitudes (les dio de comer) y con las viudas (Naín), con los enfermos, cojos y tullidos. Pasó por el mundo haciendo el bien. Jesús vivió con la conciencia de su auto-entrega en favor de todos. Seguro que no dio muchas cosas (porque no tenía), sino que se entregó a sí mismo y por eso fue buena noticia para los demás. Su vida fue una vida de acogida y de entrega hasta la muerte. También entonces latía el descontento o había muchos motivos para la indignación. La situación económico social de Palestina era bien precaria y sus gentes vivían al borde de la pobreza y de la esclavitud. También las enfermedades abundaban y no así los médicos ni las medicinas. Había mucho sufrimiento físico y moral.

Jesús se conmovía frente a las necesidades ajenas. Abría su vida y la de su grupo a esas gentes. Jesús tenía una hipersensibilidad para percibir y detectar el sufrimiento ajeno. Jesús fue visto y percibido como buena noticia justamente por ser compasivo y misericordioso.

El Papa Francisco escribe en el nº 8 de Misericordiae Vultus: “Jesús, ante la multitud de personas que lo seguían, viendo que estaban cansadas y extenuadas, perdidas y sin guía, sintió desde lo profundo del corazón una intensa compasión por ellas (cfr Mt 9,36). A causa de este amor compasivo curó los enfermos que le presentaban (cfr Mt 14,14) y con pocos panes y peces calmó el hambre de grandes muchedumbres (cfr Mt 15,37). Lo que movía a Jesús en todas las circunstancias no era sino la misericordia, con la cual leía el corazón de los interlocutores y respondía a sus necesidades más reales. Cuando encontró la viuda de Naim, que llevaba su único hijo al sepulcro, sintió gran compasión por el inmenso dolor de la madre en lágrimas, y le devolvió a su hijo resucitándolo de la muerte (cfr Lc 7,15). Después de haber liberado el endemoniado de Gerasa, le confía esta misión: « Anuncia todo lo que el Señor te ha hecho y la misericordia que ha obrado contigo » (Mc 5,19). También la vocación de Mateo se coloca en el horizonte de la misericordia. Pasando delante del banco de los impuestos, los ojos de Jesús se posan sobre los de Mateo. Era una mirada cargada de misericordia que perdonaba los pecados de aquel hombre y, venciendo la resistencia de los otros discípulos, lo escoge a él, el pecador y publicano, para que sea uno de los Doce. San Beda el Venerable, comentando esta escena del Evangelio, escribió que Jesús miró a Mateo con amor misericordioso y lo eligió: miserando atque eligendo. Siempre me ha cautivado esta expresión, tanto que quise hacerla mi propio lema.

A nosotros, los cristianos, se nos acusa (no con mucha razón) de que nos preocupamos más por los pecados que por los sufrimientos de la gente. Hemos de reflexionar sobre ello. Nosotros, como dehonianos, no podemos olvidar que nuestro Fundador  fue sensible a las necesidades de la gente y que otros muchos fundadores de Congregaciones religiosas las han iniciado para responder al sufrimiento y necesidades diversas de la sociedad. Han estado atentos al sufrimiento de los hombres, a las situaciones marginales de nuestros hermanos.

Quisiéramos vivir hoy el mismo talante de Jesús misericordioso en este mundo “indignado”. No podemos olvidar que el Dios en que creemos, revelado en la Biblia, no es indiferente a la historia sino que se muestra atento e interesado por nuestro devenir. No podemos olvidar que los inicios de la salvación de Israel empiezan afirmando por parte de Dios: “He oído el clamor de mi pueblo”. El Éxodo arranca de  esa atención y escucha de Dios a los gritos de los esclavos. Y la primera voz de Dios a Moisés es un imperativo: “Vete a liberar a mi pueblo de la opresión del Faraón”.

Esto no lo deberíamos de olvidar nunca.

El libro de la Sabiduría dice lo mismo más finamente o dulcemente: Llama a Dios “Amigo de la vida” y por lo tanto secundará todo aquello que promocione la vida en su totalidad. Dios sabe hacer frente al mal y sabe rescatarnos del mal.

Santo Tomás de Aquino decía que lo más propio de Dios es la Misericordia y ahí se mostraba su máxima Omnipotencia. La omnipotencia de Dios no es devastadora sino que se muestra en su abajamiento para hacernos sentir su corazón y pasarnos a él. Se hace uno con nosotros para caminar juntos.

Santa Catalina de Siena ponía en la boca de Dios (o de Jesús) estas palabras: La misericordia es mi sello distintivo.

David es consciente de esta realidad y cuando ha de elegir entre tres castigos, prefiere ponerse en las manos de Dios, porque es compasivo y misericordioso.

San Pablo a los Efesios les escribe haciendo un cántico al Dios rico en misericordia que nos ha bendecido con toda clase de bienes en Jesucristo.

Hemos de decir que Cristo es la transparencia luminosa de la misericordia del Padre. Y este amor misericordioso se muestra en su totalidad en la entrega del Hijo en la cruz y la entrega del Hijo al Padre en la cruz. Aparece el amor misericordioso del Padre y del Hijo en el Espíritu. Esta misericordia muestra toda su fuerza en la Resurrección de Jesús. La misericordia de Dios vence la muerte, todas las muertes. Es el fundamento fuerte de toda Esperanza.

Insertándonos en la Pascua de Jesús (muerte y resurrección) estamos tocando el punto omega de la historia. Esa es nuestra meta segura. Peregrinos hacia ese punto omega caminamos seguros. Siempre, en cualquier situación de la vida podemos esperar, incluso contra toda esperanza, porque Cristo ha resucitado gracias a su vida misericordiosa y a la misericordia del Padre que lo rescata de la muerte, porque una vida así vivida no podía morir o caer en la nada. El amor misericordioso es más fuerte que la muerte.

Hemos de retornar constantemente nuestra mirada al Cristo resucitado. La fuerza del amor nos permite sobrevivir y dar motivos para la esperanza. Podemos decir que de su corazón sale un fuego ardiente que quema y abrasa todo desaliento. Hay ocasiones en que nos parece que estamos haciendo el tonto o perdiendo el tiempo. Incluso podemos tener también la sensación de hacer el ridículo con nuestro estilo de vida y nuestras actitudes que van contracorriente. También en estas ocasiones hacer memoria de la Pascua del Señor Jesús. Quizás hoy tengamos que ser mártires del ridículo. No tener miedo a ello. Si el ridículo lo hacemos por vivir desde los sentimientos de Cristo Jesús.

Vamos a sentirnos extraños en medio del “mundo”. Quizás tengamos que ser peregrinos en tierra extraña. Hemos de saber detectar signos de bondad, de amor, de misericordia en medio de nuestro mundo. Los hay. Hay que detectarlos; pero sobre todo hemos de ser testigos de ese amor. Hemos de saber ser “profetas del amor y servidores de la reconciliación”.

Cuando sintamos sensaciones de fracaso, o esperanzas defraudadas, es necesario volver al fuego de la resurrección, a la Pascua. Este fuego nos sanará y capacitará para seguir haciendo el bien.

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