Jesús y los marginados

Joaquín Arnaiz, misionero laico, trabajando por un comercio justo y solidario en Panamá
Joaquín Arnaiz, misionero laico, trabajando por un comercio justo y solidario en Panamá

El ciclo del “tiempo ordinario” se interrumpe en este domingo sexto por la llegada del “tiempo de cuaresma”. El corte no interrumpe ningún proceso porque el evangelista Marcos llega hoy al final de su presentación sobre la actividad de Jesús en una primera etapa de su ministerio. Nos acercamos a los textos de la Palabra de hoy para hacerlos resonar en nuestros corazones.

Levítico 13, 1-46 toca el tema de los leprosos en Israel (y en el resto de culturas de la época). Las enfermedades estaban asociadas a la vida moral del individuo que las padecía; pero sobre todo la lepra (enfermedades de la piel) estaba estigmatizada como la expresión externa de la impureza interior o el alejamiento de Dios de la vida del enfermo. Dios daba esa enfermedad y solo Dios podía quitarla. Quien padecía esa enfermedad era declarado impuro y por lo tanto excomulgado de la vida del “pueblo santo” o de la sociedad de Israel. El leproso era echado fuera de la ciudad y condenado al ostracismo y al olvido por parte de todos. Nadie se le podía acercar ni tocar bajo el riesgo de caer en la misma pena. La lepra era equiparada a la muerte y curar a uno de la lepra era poco menos que resucitarle.

En este contexto hemos de leer Marcos 1, 40-45. El leproso tiene la osadía de acercarse a Jesús y ponerse de rodillas ante él, manifestando su fe de que puede ser curado por Jesús. Resaltar ya desde el principio la actitud de apertura a la fe por parte del enfermo que le lleva a “saltarse” la prohibición de acercarse a la gente sana. Cierto que no tenía nada que perder, pero suponía una nueva falta moral.

Jesús no rechaza ni su presencia ni su cercanía. Es más, el evangelio nos dice “sintiendo lástima”. El texto original dice “sintió indignación”. Más fuerte que lástima. No solo lástima de aquel leproso sino indignación ante la situación de indefensión y marginación de aquellos enfermos. Siguen los gestos de Jesús que nos invitan a pensar en acontecimiento resurreccional. Jesús tiende su mano. Acoge al que se le acerca. No lo rechaza ni recrimina sino que abre sus brazos para acogerle. Le “toca”. Le agarra y le levanta y le deja limpio. Curado.

Jesús traspasa la línea roja de la ley. Toca, agarra, abraza al leproso. Adquiere para sí todas las condenas que acarreaba la ley de la impureza. Jesús se hace impuro para purificar y salvar. La ley de Dios no puede marginar al hombre, no puede destruirle, no puede someterle a “pena de muerte” alguna. Dios es Salvador y Salvación en todas las circunstancias de la vida.

Jesús no parece querer enfrentarse al orden establecido y manda al leproso a recibir el certificado de “curado” por parte de los sacerdotes para que se reintegrase en sociedad.

Y aquí hay un gesto que sorprende. El recién sanado, liberado, resucitado, no hace caso. Se salta la norma. ¿Para qué volver a aquellos que no me han podido sanar? El ex leproso ha descubierto que la salvación y la vida están en Jesús y no en otras fuentes. No necesita de otros para avalar su curación; él mismo lo ve y experimenta y vive. Y por eso decide “hablar de Jesús”. El curado “divulga la Palabra” y los hechos de Jesús. Se convierte en el primer predicador y lo hace hasta bien: con ponderación. El sanado es ya un resucitado, un hombre nuevo y empieza a ser el primer evangelizador dentro del evangelio. Si la suegra de Pedro al ser “levantada” por Jesús aprende la lección del “servicio” (diaconía), el leproso al ser “levantado” por Jesús experimenta en su vida el kerigma o la buena noticia del Dios que salva y se convierte en testigo y “evangelizador”.

Podemos descubrir como el Espíritu sopla donde quiere y como quiere y como en personas como una “suegra” o un “leproso” va haciendo historia de salvación, yendo por delante y abriendo caminos de liberación.

Jesús ya no podía entrar en los pueblos (probablemente porque había caído en impureza legal) pero la gente empieza a romper barreras y a ir a su encuentro porque en él han descubierto que está la fuente de la vida y de la salvación. Él puede curar. Las antiguas ordenanzas quedaban obsoletas y sobrepasadas.

¿Existen en nuestros días normas o leyes de exclusión? ¿Habrá motivos de indignación ante situaciones injustas? Les invito a pensar solo en estas palabras: drogadictos, sidosos, prostitución, sin papeles, desahuciados, parados, sudacas, áfrica, hambre, ébola… etc.

Pensando un poco vemos que nos viene muy bien el tener o marcar ciertas fronteras para que no nos invadan y nos “contagien”. Para todas las cosas tenemos una especie de “protocolo” profiláctico con el que rodeamos nuestra seguridad. Eso que llamamos “primer mundo” prefiere mantener su estatus de riqueza y abundancia a pesar de las penalidades de millones de hombres y mujeres que viven en el segundo, tercer y cuarto mundo.

Hoy se celebra la campaña de “Manos Unidas”. Dejo que suene el comunicado de esta campaña como conclusión de la homilía. “Ante la realidad de pobreza y hambre, hemos de ser conscientes de que la ignorancia, la indiferencia o la actitud indolora nos identificarían, en la pasión histórica de Jesús, con aquellos que gritaron “que su sangre caiga sobre nosotros y nuestro pueblo”. Sentimos la llamada del crucificado a unirnos con todos los crucificados de la historia, a los que hoy lo están viviendo y sufriendo. La fe en el resucitado nos avisa de que la injusticia que provoca muerte ya está vencida, que el pueblo que vive en comunidad y se deja afectar para compartir el tiempo de crisis, luchando juntos por sus ideales no quedarán defraudados por que Dios está con ellos. Es el momento de despertar como cristianos y como ciudadanos para hacernos cargo de nuestra sociedad de un modo activo y participativo, la comunidad eclesial tiene la responsabilidad de formar y llamar a sus miembros para que se encarnen en este momento histórico y sepamos llegar con nuestros dedos y nuestras manos a las señales del sufrimiento de la humanidad. Nos toca ceñirnos con la toalla del servicio y creer que el crucificado resucita, que merece la pena gastar nuestra vida y comprometernos en la construcción de un mundo nuevo, el mundo de la libertad y la alegría del resucitado”

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