Joven y rico

homilia

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Tajante y penetrante. Juzga los deseos e intenciones del corazón. Así suena la carta a los Hebreos 4, 12, que se ha proclamado. Es una descripción de la fuerza de la Palabra de Dios, que en definitiva es Dios mismo. Y a continuación viene el evangelio con el tema del joven rico, del camello y la aguja. Uno trata de acoger el evangelio y encuentra dentro de él enormes resistencias. Llega la palabra y la rechazamos como si fuéramos coches chocones. Nos pasa lo mismo que a los apóstoles que se preguntan si esto es así, ¿quién puede salvarse?

Jesús, a la pregunta del joven sobre el camino hacia la vida eterna, le responde enumerándole los mandamientos. Precisamente los mandamientos que tienen una dimensión “social” o referidos al trato con los prójimos. Y hasta ahí nos puede gustar más o menos la respuesta pero nos parece razonable en un sabio judío. Cierto que si dejamos penetrar esta Palabra en nuestras entretelas personales vemos que no llegamos al nivel del joven. Matar puede que no matemos “de obra”, pero de pensamiento y palabra quizás no lo tengamos tan claro.  Y lo mismo podemos decir del robar o del estafar o del adulterio o del cuidar de nuestros mayores.

Pero lo que ciertamente nos enerva y por ahí no pasamos es por eso de: “si quieres vende, da, ven y sígueme”. En la respuesta de Jesús parece claro que es un ¨plus” precedido de una condicional. “Si quieres”. Muchos han querido ver aquí un segundo nivel de exigencia que no incluye a todos ni a la mayoría de los seguidores de Jesús. Es tan solo para aquellos que se sienten vocacionados de forma particular para eso. Al común de los discípulos les basta con los mandamientos.

Pero no parece ser esta la percepción de los discípulos que escuchan a Jesús.  Si solo hubiera sido una propuesta de especialización no hubieran reaccionado como reaccionaron. Le dicen al maestro que es imposible hacer lo que él pide que se haga. La reacción de los discípulos arranca una matización a lo dicho por Jesús. Es difícil entrar en el Reino a aquellos que ponen su confianza en el dinero o en las riquezas.  La matización es “bomba de profundidad” que nos hace pensar dónde está nuestro tesoro o dónde tenemos puestas nuestras esperanzas. Si somos sinceros, la Palabra nos desnuda y desenmascara. Nuestra seguridad está en el “tener”; está en que nos toque la lotería para salir de nuestras penas y agobios.

Realmente nos encontramos en un callejón sin salida. Pretendemos casar a Dios y al Dinero y desde el evangelio no hay forma. Es necesario optar por uno o por otro.

Jesús dice que solo se puede salir de la encerrona si nos fiamos del mismo Dios. Solo Él puede hacer posible lo imposible. Quizás venga bien tener presente lo que dice el libro de la Sabiduría 7, 7 : Supliqué, y se me concedió la prudencia; invoqué, y vino a mí el espíritu de sabiduría.

Si uno se abre a Dios las cosas y los valores se empiezan a redimensionar y el oro puede empezar a parecer ídolo de barro que esclaviza más que libera.

El seguimiento a Jesús ha cambiado en lago la vida de los discípulos. Pedro dice que “han dejado todo para seguirle”. El seguimiento de Jesús siempre implica una “salida”; un “dejar”. Son otros los valores y lo que importa es que el Reino de Dios crezca.

Esta actitud de “dejar”, de liberarse de tantas cosas que nos entretienen y aturden es algo necesario para todos. Algunos llegan al máximo de dejar casa, familia, propiedades para seguir a Jesús y tratar de vivir el Reino de Dios anticipándolo aquí en la historia y tratando de anunciarlo como verdaderamente liberador para el mundo entero.

Las palabras de Jesús se cumplen en aquellos que en sinceridad de mente y corazón han dejado todo. Es cierto que se encuentra el ciento por uno. Se encuentran casas, tierras, amigos, hermanos por cada lugar que pisas. También es cierto que uno no se priva del sufrimiento y de la persecución.

Lo que llamamos vida consagrada es una realidad en la iglesia donde los que hacen profesión de los votos de pobreza, castidad y obediencia, intentan vivir estas coordenadas del evangelio de hoy en su dimensión más radical. Dentro de las estructuras que se han ido construyendo a lo largo de los siglos para los vocacionados a la vida religiosa ciertamente han emergido límites y contradicciones a lo indicado por el evangelio. Es necesario purificar y transformar muchas de sus realizaciones concretas. Pero es necesario también afirmar que se han dado muchos hombres y mujeres que han vivido en plenitud los consejos evangélicos y que han sido testigos de la realidad del Reino de Dios en medio del mundo.

Hoy se da una profunda crisis vocacional en nuestro mundo occidental. Múltiple son las razones, pero una de ellas es sin duda el valor que se le da al dinero o a los bienes temporales. Nuestra civilización está montada sobre el “dólar” y no sobre “Dios”. Y lo que produce es lo que tenemos. Un desvivirse para no vivir, porque la vida no la da el “dólar”.  Los jóvenes nadan en medio de esta maraña de la que no es fácil salir. Nos corresponde a todos desenmarañar la cuestión y poner a valer aquello que da la Vida, señalar dónde está la fuente que lleva a la Salvación y no indicar otras fuentes que solo ofrecen sucedáneos.

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