La actividad apostólica de Jesús

Casa de Pedro en Cafarnaún.
Casa de Pedro en Cafarnaún.

San Marcos nos presenta hoy el inicio de lo que hemos venido en llamar su “vida pública”. En el capítulo 1, 21-39 describe una jornada completa de la actividad apostólica de Jesús. Es realmente un programa muy apretado en el que Jesús muestra su misión entre nosotros. La liturgia ha dividido esta jornada laboral de Jesús en dos partes. Hoy contemplamos la primera parte y el domingo que viene la segunda. Hoy se proclama solo Mc 1, 21-28.

La primera lectura (Deuteronomio 18, 15-20) nos invita a leer el Evangelio desde el cumplimiento a la promesa hecha a Moisés por Dios; en dicha promesa se habla de un Profeta que hablará Palabra de Dios, porque Dios mismo le pondrá su Palabra sobre su boca y el Profeta obedecerá en todo. Ciertamente después de Moisés ha habido muchos profetas que supieron dar la “palabra” de Dios a su pueblo y que hicieron todo lo posible para que aquel pueblo permaneciese fiel al pacto del Sinaí. No tuvieron mucho éxito y muchos de ellos fueron eliminados. Hubo alguno que medró como profeta pero “falso” porque no decía “palabra de Dios” sino aquella que querían oír sus interlocutores, principalmente entre los magnates del reino.

San Marcos empieza a presentarnos a Jesús y en principio nos lo encuadra en la saga de los profetas. Jesús es ¿un profeta más?; ¿el último y más grande entre los profetas? o ¿alguien más que profeta? Serán las cuestiones a despejar a lo largo del Evangelio; pero lo que es cierto es que presenta a Jesús en esa línea y rechaza la línea de un mesianismo sacerdotal o real (de rey).

Cafarnaún, un pueblo de pescadores al lado del lago de Genesaret, pasa a ser el centro de la actividad de Jesús. Allí se ha quedado a vivir, huésped de la familia de Pedro. Un pueblo algo cosmopolita porque está en una encrucijada de caminos y hay mucho transeúnte y advenedizos. Jesús inaugura su actividad yendo a la sinagoga. Era sábado. Jesús lee y explica la Palabra. Y lo hace de tal manera que deja a la gente asombrada. No nos narra lo que dice; tan solo indica que lo hacía con autoridad. Lo que decía le manaba de dentro. Creía en ello y convencía. ¿De dónde le viene esa autoridad? La ocasión se la da el “endemoniado”. Sin venir a cuento, el espíritu inmundo habla y proclama a Jesús como “el Santo de Dios”. De ahí le viene la fuerza: de Dios. Jesús no solo tiene la Palabra de Dios en su boca, sino que él mismo es la Palabra de Dios hecha carne. Y esa Palabra actúa palabras eficaces en favor de la liberación del hombre. Esa Palabra manda salir al espíritu inmundo de aquel hombre esclavizado por el maligno y el espíritu sale a regañadientes, pero sale. Jesús se manifiesta como más fuerte que el maligno.

A las Palabras dichas con autoridad siguen los hechos con tal autoridad que hasta los espíritus inmundos le obedecen. El asombro hacia Jesús crece y se preguntan ¿QUÉ ES ESTO?, ¿Qué está pasando aquí?

Sorpresa y asombro que deberán llevar a profundizar en todo lo que dice y hace el Profeta de Galilea para descifrar su personalidad. Es el inicio del camino de Jesús y del Evangelio de Marcos que no busca otra cosa que ayudarnos a profundizar en la figura de Jesús y llevarnos a descubrirlos como el Hijo de Dios.

La jornada de Jesús sigue, pero veremos lo que sigue en el siguiente domingo.

Por hoy yo me quedaría con lo dicho sobre la fuerza de la Palabra de Jesús, su testimonio veraz, su autoridad sobre el maligno y su capacidad para devolver al hombre su dignidad.

¿Quién es este? Esa es la pregunta para meditar y responder. Me dejo asombrar por Jesús o ya tengo su figura banalizada lo suficiente para que no me haga pupa. Jesús es “Señor” en mi vida, escucho su palabra y la dejo penetrar en mi interior o la matizo y acomodo a mi circunstancia.

Quizás pudiéramos dar una mirada a nuestra situación particular de hoy y ver o verificar si entre nosotros hay “profetas” con autoridad o tan solo cantamañanas. Ver si hay gente de “palabra” o solo palabreros y charlatanes. Es muy importante que para que la palabra sea verdad, lo deben ser también los hechos que acompañan la palabra. Hacen falta que los profetas sean verdaderos testigos de lo que anuncian. Y aquí hay mucha tela que cortar. Encontramos mucha incoherencia entre la palabra y la vida. Jesús mismo dice en una ocasión que “hagan lo que dicen pero no hagan lo que hacen”. Hay mucho falso profeta. Pero también hay verdaderos profetas entre nosotros. Y hay que afirmarlos y potenciarlos.

Hablamos del Papa Francisco como profeta en nuestro tiempo. En él parece que van unidos gestos y palabras. Y hasta vemos que es capaz de disculparse cuando una palabra de él ha sido desafortunada y ha podido causar daño y malestar. Es capaz de rectificar o de puntualizar y de pedir perdón. Como Francisco hay muchos hombres de iglesia y cristianos que viven a tope su querer seguir a Jesús e intentan una vida de coherencia con los principios evangélicos. Sepamos también dar gracias por ellos y agradecer a Dios que siga suscitando “profetas” en medio de su pueblo.

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