La Ascensión del Señor

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El misterio pascual lo celebramos a lo largo de 50 días que van desde la Resurrección del Señor hasta la venida del Espíritu Santo. En el día 40 se significa de modo particular el acontecimiento de la Ascensión del Señor. Seguimos el ritmo marcado por el evangelista San Lucas que narra los hechos pascuales con este calendario pentecostal. Resurrección, Ascensión y Pentecostés son aspectos de una misma realidad o mismo misterio. Separándolos acentuamos algunos rasgos importantes para la comprensión y celebración de la Pascua del Señor.

La Ascensión del Señor pone punto y final a una presencia del resucitado en medio delos suyos, en medio de nosotros. A Jesús ya no se le ve más, no se puede comer con él ni tampoco escuchar su voz. Jesús sube al cielo. Jesús se sienta a la derecha del Padre.  Estamos diciendo que el hombre Jesús que nació un día en Belén y que murió en una cruz en Jerusalén, no ha quedado atenazado por la muerte, sino que Dios y Padre lo ha rescatado de la muerte y en él ha llevado a cumplimiento todas las promesas. Jesús fue enviado por el Padre para rescatarnos del pecado y de la muerte por su obediencia filial. Ahora el Padre lo recoge de nuevo en su casa, desde donde salió, y le entrega toda su dignidad de Hijo que había permanecido oculta durante su vida terrenal. Pero el Hijo no vuelve como vino. Vuelve encarnado; vuelve siendo también verdadero hombre y con Él toda la humanidad es entronizada en la casa del Padre. Con la ascensión de Jesús, ascendemos todos. Toda la creación llega a su plenitud en Jesucristo ascendido al cielo.

San Pablo dirá que él es nuestra cabeza y por ella y desde ella nos llegan todas las bendiciones de Dios. Nuestra cabeza está en el cielo. Por ella respiramos cielo y nos llega a nosotros la vida eterna. Pueden ser arras de vida eterna pero son ya participación de esa vida.

Vemos como la encarnación nos afecta a todos, pero el más afectado es el Hijo, que tan solo por amor hacia nosotros carga con un cuerpo humano para siempre. Solo una locura de amor puede haber movido a una empresa tan desventajosa para el Hijo en particular y para la Trinidad en general.

La marcha de Jesús no es una ausencia, sino que inaugura una nueva presencia en nuestra historia. Antes de subir al cielo deja el mandato de “ir a todo el mundo y anunciar el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice se salvará; el que se resista a creer, será condenado”. Para realizar esto anuncia la llegada o el envío del Espíritu Santo que será quien nos capacite y haga ser testigos del Evangelio.

Podríamos decir que con este mandato se pone en marcha la iglesia o comunidad de creyentes.  Este aspecto lo celebramos en Pentecostés, pero San Marcos no parece esperar ese día o lo supone. Nos dice que “ellos fueron y proclamaron el Evangelio por todas partes y el Señor actuaba con ellos y confirmaba la palabra con los signos que los acompañaban”.

La Ascensión no nos permite quedarnos embelesados en el Jesús que sube al cielo. Se nos pone de inmediato la tarea de evangelizar. Nos pone en “salida”.

Hemos de anunciar el Evangelio en Palabra o con nuestras palabras. Palabras que deben nacer de nuestra experiencia de encuentro con el resucitado, pero palabras que deben decirse y proclamarse. ¡Qué poco hablamos de aquello que es lo único necesario! Somos capaces de hablar de casi todo, pero de nuestra fe apenas nada y con timidez. Hablaremos de política, deporte o del tiempo; pero hablar de cómo acontece la Palabra de Dios en mí, rara vez o nunca. Y se nos invita a proclamar la buena noticia en las plazas o en medio de la gente. Ciertamente con respeto, proponiendo, informando y ofreciendo aquello que nos parece importante para la vida. Es necesario que nuestro testimonio se oiga. Hoy es el día de las telecomunicaciones; el día de las “redes”. Es bueno que también la voz del Evangelio se haga presente en esas redes y en esos medios de comunicación social.

El Señor confirma la Palabra con los signos que les acompañan. Esto quiere decir que además de “palabras” hay que ofrecer “hechos”. El Reino de Dios es tarea a la vez que don y por tanto en la tarea va incluida la implantación del reino con nuestro trabajo por la paz y la justicia. El primer ejemplo debe ser el de la comunidad eclesial que vive el amor fraterno y se manifiesta en aquello de “mirad como se aman”. Ese es el gran milagro del Espíritu allí donde acontece. Pero además de amarse entre ellos, ese amor se expande y se acerca a los demás, en particular al oprimido y al pobre.

También hay otros milagros. La evangelización, cuando es acogida, sana a la persona y la hace libre. Vive la misma vida pero de otra manera y con otro aire. Ciertamente el aire del cielo llega a la tierra y se respira con esperanza y fe de eternidad. Las celebraciones de los sacramentos, vividos desde la fe, son entrar en la fiesta del Señor resucitado. Son la fiesta de la gran familia humana que acoge y agradece el Don de Dios realizado en Jesucristo y en el envío del Espíritu Santo. Muchas veces pedimos milagros contantes y sonantes. Pues bien, haberlos, haylos también. Puede que sean necesarios los ojos de la fe, pero ¡cuántas personas sanadas en su interioridad, que se sienten fuertes en el Espíritu! Y también curaciones o sanaciones corporales que acontecen en la celebración del sacramento de la Unción de enfermos y/o por la oración confiada de los hermanos.

Es evidente que otro de los signos de la evangelización debe ser el compromiso por la promoción del hombre desde su dignidad de persona a su condición de hijo de Dios y hermano de los demás. Jesús trabaja por la liberación integral del hombre. Nosotros también hemos de trabajar por esa liberación y eso nos lleva a complicarnos la vida en favor  de los hermanos.

Miremos al cielo con los pies en la tierra. Caminemos juntos al encuentro del Señor que viene a rescatarnos y nos lleva a la casa de su Padre donde hay muchas moradas.

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