La capilla del Corazón (5) La unción en Betania

El evangelio de Marcos cuenta que, poco antes de ser Jesús apresado, estando comiendo en la casa de Simón el Fariseo, en Betania, “llegó una mujer con un frasco de alabastro lleno de un perfume de nardo puro, que era muy caro. Rompió el frasco y se lo derramó sobre su cabeza” (Mc 14, 3b). Algunos de los presentes criticaban a la mujer por considerar aquello un derroche que podía haber servido a los pobres. Jesús replica: “Dejadla. ¿Por qué la molestáis? Ha hecho conmigo una obra buena. A los pobres los tenéis siempre con vosotros y podéis socorrerlos cuando queráis, a mi no me tendréis siempre. Ha hecho lo que ha podido. Se ha anticipado a ungir mi cuerpo para la sepultura” (Mc 14 6-9).

Dos mil años después nos sigue pareciendo incomprensible tal despilfarro. Seguramente porque no sabemos ver más que con ojos humanos. Hay muchas cosas misteriosas en este relato: ¿quién es esa mujer?, ¿por qué irrumpe en una casa decente?, ¿por qué ese gesto tan extraño?

El mismo relato lo cuenta Lucas diciendo que era una mujer pecadora (Lc 7, 37), probablemente una prostituta. ¿Cómo es posible que una mujer con esa reputación se arriesgue a entrar en una casa decente como aquella? Se jugaba la vida y, sin embargo, no le importa. ¿De qué forma la habrá tratado Jesús para que ella se la juegue con el objeto de honrarle con aquel gesto? Probablemente, la pecadora ha pasado por la misma experiencia que la Samaritana. Por eso en el mosaico aparece con la mano sobre el corazón, como gesto de arrepentimiento y de reconciliación. Algo se ha reparado en su corazón herido que le mueve a ungir a Jesús.

Y el gesto ¿no es un poco extraño? El nardo era carísimo y se utilizaba para embalsamar a los difuntos más pudientes. La pecadora probablemente se gastó todo lo que tenía en aquel despilfarro y desde entonces ha pasado a la historia como el gesto de la consagración, de la entrega, del abandono. ¿Qué otra cosa se puede hacer cuando uno se ha sentido tan amado? En el frasco de perfume roto, la pecadora ha puesto toda su vida, su futuro, sus cualidades, sus deseos y sueños, y lo ha roto a los pies de Jesús. El agradecimiento profundo la lleva al abandono total de su vida a los pies de Cristo.
Es la reacción normal de quien se ha sentido amado, incomprendida por aquellos que entienden solo de números y eficacia. “Los pobres los tendréis siempre para atenderlos”. Como si Jesús les reprochase: “si los tenéis con vosotros, ¿por qué no los socorréis?, quizá porque no habéis sentido el amor y no necesitáis amar como ella ha sido amada.
En palabras del P. Dehon:
“El amor sólo tiene un método, el de seguir los impulsos de la gracia que nos conduce a amar. No existe otra práctica a seguir, y es la de amar en todo tiempo, en todo lugar, en toda situación. No existe más que un acto, al cual deben referirse todos los demás. Uno sólo es el motivo: amar porque Él ama. Uno sólo el fin: amar por amar”.

El vaso roto y el perfume que sale con color dorado, recuerdan a la crucifixión: allí también hay un corazón roto y algo que fluye: la sangre de Cristo, símbolo del amor inconmensurable de Dios.
La mujer no hace otra cosa que responder de la misma forma que el amor reparador de Cristo. Solo el amor puede reparar la brecha que el odio infringe al mundo. Solo un amor capaz de romperse y derrocharse puede curar las heridas.
Esta es la manera de servir al mundo. Por eso él está sentado como un rey, rey de los servidores; y como un sacerdote, con la estola dorada de la misericordia. El lienzo que desciende de la cintura de la mujer, envuelve los pies como preludio de su mortaja, como anticipo de lo que va a suponer el culmen de su vida: su entrega hasta la muerte.
La pecadora no hace más que unirse al amor redentor de Dios, asumiendo su misma dinámica de entrega total sin reservarse nada.

Para nosotros quedará siempre este gesto y esa mujer como símbolo de lo que es nuestra vida de reparadores: amor, entrega, abandono, reparación.

Para orar

Pon tu mano sobre tu corazón, como lo hace la pecadora. ¿Qué experiencia tiene del amor tu corazón roto? ¿Siente agradecimiento hacia Dios?

¿Estarías dispuesto/a “romper el frasco” de tu vida, a entregarlo todo, a ungir con todos tus sueños y proyectos, a aquel que te ha amado tanto?

Toma la toalla que ciñe a la pecadora y que amortaja los pies de Jesús. Es la misma que ciñó Jesús cuando les lava los pies a los discípulos. Te está invitando a hacer lo mismo. ¿Quién reclama tu servicio generoso?

Ora con las palabras de la oración típica dehoniana, el acto de oblación.

Señor Jesús,
tú te has entregado a la muerte por nosotros.
Como respuesta a tu sacrificio,
también nosotros queremos seguir hoy el camino del amor;
queremos amarte y servirte en los hermanos (Acto de oblación, Martes 1)

Unidos a Cristo reparador,
nos ofrecemos a ti
como humildes colaboradores
de tu designio de salvación (Acto de oblación, Lunes 1)

 

 

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