La capilla del Corazón (6) El costado abierto

Lo primero que llama la atención en el mosaico es el juego de miradas. Juan mira a Cristo, Cristo mira a María, María te mira a ti.

Es Juan, representado como un joven discípulo que no envejece, porque el que ama conoce y el amor no muere nunca. Es él que vio y creyó (Jn 19, 35; 20, 8), el que, amando se dio cuenta de la profundidad de un misterio al que solo se puede acceder desde el corazón.
“Cuando se acercaron a Jesús, los soldados no le rompieron las piernas porque ya estaba muerto; pero uno de los soldados le abrió el costado con una lanza, y al punto, brotó sangre y agua”. (Jn 19, 32-34)

Con S. Juan, el P. Dehon nos invita a entrar, como si fuéramos la lanza, en ese Corazón donde se concentra la locura de amor de Dios por el hombre, hasta el punto de dar la última gota de su sangre, incluso después de muerto. No puede haber mayor amor. De ahí que la cruz de Cristo no sea ya un misterio lúgubre y triste. La cruz se ha transformado en un árbol vivo que anuncia la resurrección, la nueva vida que brota por doquier y que es imparable. El mal pudo con él en la cruz, como hombre, pero, ahora, resucitado ¿quién podrá para el amor?

La sed que embriagaba a la Samaritana nos empuja a “beber” de este amor que se da por entero y que nos regala la Eucaristía para que podamos saciarnos de su cuerpo y su sangre para siempre. Por eso, la tradición de la Iglesia ha visto en esta escena del Costado Abierto, el nacimiento de la Iglesia que, en el bautismo (el agua) y la Eucaristía (la sangre) recibe la vida. “Del Corazón de Jesús abierto en la cruz, nace el hombre de corazón nuevo” (Csts. 3). Y por eso Cristo mira a María, porque ella es la primera salvada, el símbolo de la Iglesia. Viste un manto rojo, color de Dios, porque la muerte de Cristo la ha rescatado ya. Dios ha pagado ya por nuestra culpa. El color de su manto coincide con el del hilo que desmadejaba en la escena del nacimiento, porque la historia que permitió que comenzara con su sí, ahora se ha completado. Por eso no se le ven las manos y por eso está rodeada de dorado. Simboliza la Iglesia que es santa, no porque lo sean todos sus actos y todos sus miembros, sino porque Dios ya ha cumplido sobre ella su promesa de santidad.

María nos mira nosotros, a ti y a mi, que contemplamos este misterio. Nos mira con ojos transfigurados por la visión de Dios. Nos invita a actuar, a cambiar de vida, a acoger como ella hace, el don de la misericordia. Nos mira porque la Iglesia no es santa en todos sus miembros y el mundo sigue clamando de dolor. La obra de la reparación depende de ti, ¿te apuntas?

 

Para orar

Sigue el juego de las miradas. Siéntete conducido por Juan a través del misterio. Lee el relato de la pasión sabiendo que todos estos acontecimientos han sucedido por ti, por tus errores y pecados. Pero también por amor a ti, porque Dios está locamente enamorado de ti, y no pide que seas mejor para amarte y morir por ti. Cristo lo volvería a hacerlo.

Pero no te quedes solo en lo que has recibido. Mira a María. Mira lo que puedes llegar a ser. Mira lo que Dios puede transformarte. Mira lo que el amor de Dios puede llegar a hacer a través de ti.

Y ahora, vuelve la mirada al principio, a la anunciación y responde como María: He aquí la esclava del Señor.

Padre,
glorifica a tu Hijo elevado en la cruz,
para que tu Hijo te glorifique.
En obediencia a tu amor
todo se cumplió;
ahora, elevado sobre la tierra,
haz que se convierta
en corazón del mundo
y gloria de la creación.
Bautiza nuestra humanidad
en el agua y la sangre
que manaron de su Costado traspasado;
hiere con tu amor nuestro corazón
para que también en nosotros
se cumpla el misterio del Corazón Abierto.
Acepta la ofrenda de nosotros mismos
y consúmenos en el servicio a los hermanos;
no se detenga el torrente del amor
y todas las gentes beban con alegría
en la fuente de la salvación.
(Aquí estoy, Señor. Libro de oración de la Familia Dehoniana, pág. 289.)
 

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