La Cincuentena Pascual (Pentecostés)

Las catequesis cuaresmales, nos han convencido –más o menos- de que la cuaresma es un camino hacia la Pascua. Y hasta solemos decir –con verdad- que la cuaresma es un tiempo “fuerte”.

Ahora estamos en el “tiempo de Pascua” o “cincuentena Pascual” o “La Pentecostés”.

¿Tenemos también asimilado que si la cuaresma preparaba la Pascua y su tiempo, la cincuentena Pascual es más importante o más “fuerte” que la misma cuaresma? Es de pura lógica que el “siervo” no es mayor que su “señor” y la Pascua es “señor” de la Cuaresma. Pero en la andadura general de nuestras catequesis no hay una insistencia demasiado marcada en esto y se vive este tiempo casi de inercia y con escasa animación. Máxime que es el tiempo de las primeras comuniones que consiguen eclipsar los ritmos pascuales de los domingos de este tiempo. Y en verdad que estos domingos sí son “de Pascua” (recordad que en Cuaresma los llamaba “en Cuaresma” porque los domingos no pueden ser cuaresma).

Voy a intentar hoy explicar un aspecto de este tiempo de Pascua para ver si consigo transmitir con qué perspectiva hay que celebrarlo. No es fácil hacerlo porque en muchos de nosotros pesan las vivencias o perspectivas de antes de la reforma litúrgica efectuada por el Vaticano II o incluso antes por Pio XII. La tradición durante siglos ha marcado unos estilos y creencias y su transformación o cambio no resulta nada fácil.

Al principio de la Iglesia la celebración única y principal era la Pascua del Señor. Una fiesta de Pascua que era el memorial de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor. Pero que también incluía ciertamente el misterio de la Encarnación, el misterio de la Ascensión, y el de Pentecostés. Además de estar impregnada permanentemente por la tensión escatológica del “Ven Señor Jesús”. (El “anunciamos Tu muerte, proclamamos Tu resurrección, ven Señor Jesús” de cada eucaristía resume muy bien lo dicho).

Esta fiesta pasó a celebrarse en “tres días” o el “triduo pascual” entendiendo siempre que era una misma realidad en tres días. Una única celebración de la totalidad del misterio de la Salvación por Cristo.

A parte otros desarrollos, hay un momento en que a la fiesta del Pascua se le añade la “cuarentena” preparatoria, pero a la vez se le añade la “octava doble” pascual. (octava doble es igual a 7×7) Un tiempo de 50 días (mayor que la cuaresma) para desplegar la celebración gozosa de lo que es y significa la Pascua para el creyente. Estos cincuenta días se llaman todos ellos “la pentecostés” o “cincuentena pascual”.

Desde el principio, en todos y cada uno de los días se celebraba la misma realidad. Durante todos los días se hace memorial del misterio pascual en toda su amplitud. No se da un progreso en el ensanchamiento del misterio sino solo un progreso contemplativo y de profundización de dicho misterio. A lo largo de este tiempo no hay que “esperar nada nuevo”, sino que todo se nos ha dado ya desde el inicio.

Con el pasar del tiempo (de los siglos) se fue perdiendo esta visión “holística” del misterio y se fue como parcelando el tiempo y el misterio. Se empezó por dar un significado especial a los 8 primeros días centrados en la Resurrección del Señor, después se significaron los días 40 y 50 intentando copiar la descripción temporal que hacen los “Hechos de los Apóstoles” desde la Resurrección hasta la Ascensión y la venida del Espíritu Santo. Así es que a los 40 días se celebra la Ascensión a los cielos y en el 50 la venida del Espíritu Santo. Si a la Ascensión le pone usted novena y octava; hace lo mismo con Pentecostés y se encuentra que en los últimos días de la cincuentena se “pisan” diversas celebraciones, y lo que es peor, la cincuentena queda convertida en 58 días por la octava añadida. Y así tenemos, por ejemplo, que en el día de la Ascensión se apagaba el Cirio pascual, porque Jesús se ausentaba de la tierra. Y la venida del Espíritu Santo, había que prepararla bien y era ese día cuando se recibía el Espíritu. Es decir que durante todo el tiempo pascual, el Espíritu estaba, al parecer,  “ausente”.

Bien, pues es esto último lo que priva en el imaginario colectivo de mucha de nuestra gente.

La reforma litúrgica del Vaticano II ha querido restituir, en la medida de lo posible, el significado primigenio de este tiempo y por eso ha vuelto a hablar de todo él como pentecostés o cincuentena pascual. Ha eliminado las octavas y novenas de la Ascensión y Pentecostés; y ha cerrado este tiempo con la gran fiesta de Pentecostés o Venida del Espíritu Santo. Pero es una “venida”, como también lo es la “ascensión”, que ya está actuante desde el primer día de la Pascua. Jesús da su Espíritu a sus discípulos el mismo día de la resurrección cuando estaban cerrados en el cenáculo. Es más lo entrega en el mismo día de la cruz en su muerte. Lo mismo, Jesús es exaltado a la derecha del Padre en el mismo día de su muerte. No olvidar aquel “hoy mismo estarás conmigo en el paraíso”.

Por eso, en todos estos días de Pascua celebramos el mismo misterio. Pero lo celebramos contemplando o incidiendo unos aspectos más que otros o sobre otros; pero nunca podemos perder la perspectiva de globalidad. Yo celebro el primer día lo mismo que el último. Desde el primer día voy contemplando y saboreando el misterio en sus distintos aspectos salvíficos, eclesiales, cristológicos, pneumatológicos… y así llego al último día celebrando la acción del Espíritu que suscita la nueva creación y el nacimiento de la comunidad de creyentes –iglesia- pero sin olvidar que esto ya aparece desde el mismo momento en que se ha abierto el costado de Cristo del que manan sangre y agua. (Espíritu y Vida).

Así pues, tenemos 50 días para celebrar la Pascua y profundizar en lo que significa este Misterio para todos y cada uno de nosotros. Las lecturas propuestas como Palabra de Dios en la liturgia de cada día ordinario y de cada domingo van a ser las claves que nos ayudarán en nuestra vivencia pascual.

Valgan aquí unos indicativos “externos” para entender algunos porqués de la organización de las lecturas.

En todo el tiempo pascual no hay lecturas del Antiguo Testamento. Hay una intención implícita de decirnos que la Pascua inaugura un tiempo nuevo porque en Cristo se cumplen las “escrituras”. Las promesas realizadas por Dios en el A.T. se han cumplido sobradamente en Jesucristo.

El tiempo inaugurado por la Pascua, será el tiempo de la Iglesia. Del costado abierto de Jesús en la cruz, nace la iglesia. Iglesia nuevo Pueblo de Dios nacido por el baño del Bautismo y por la fe en Jesús resucitado. Es por eso que durante todo este tiempo se lee el libro de los Hechos de los Apóstoles, donde contemplamos como “el Espíritu Santo y nosotros” vamos haciendo camino hacia la Nueva Jerusalén. El protagonista principal de este libro es precisamente el Espíritu Santo. Estamos en el tiempo del Espíritu. Será también el Evangelio de San Juan el que se proclamará durante todo este tiempo. Es Juan el evangelista que más ha profundizado en el significado del Misterio Pascual y escribe su evangelio para que creamos que Jesús es el Hijo de Dios ENCARNADO y EXALTADO.

Cada domingo tendrá su particularidad e intentaremos descubrirla puntualmente en su momento.

El próximo domingo de la octava, segundo de Pascua o domingo “in albis”, es un “doble” del primero, el evangelio nos hablará de la aparición de Jesús a sus discípulos en el cenáculo el día de Pascua “al anochecer de aquel día” y justamente a los “ocho días justos” después de este acontecimiento.

Es por tanto un domingo dedicado a seguir celebrando el gran evento de la Resurrección de Jesús. Estos 8 días  son como un solo día; todo él “el día en que ha actuado el Señor”. “Día santísimo” dice la liturgia eucarística.

Pero vayan dos acotaciones a lo entrecomillado por mí del evangelio:

“Al anochecer de aquel día, el primero de la semana”. Parece que Juan se equivoca, porque en realidad el anochecer marca el inicio del segundo día de la semana (el ocaso del sol marcaba el final del día; no había que esperar a las 12 de la noche). Pero no se equivoca porque con toda su intención nos está diciendo que la resurrección de Jesús inaugura un día que ya no tiene ocaso. Es el primer día de la nueva creación que ya sale completa desde el inicio y no necesita ulteriores desarrollos. Jesús es la luz, o el nuevo sol, que iluminará por siempre esta nueva realidad o nueva creación. El libro del Apocalipsis nos introducirá en el significado de este nuevo día o nueva creación.

“A los 8 días justos” o en el “octavo día”. Es también una forma de expresar que se rompe la semana septenaria y se introduce un nuevo día que va más allá de los 7 días de la creación. El octavo día será el día de la Redención, de la Resurrección, de la Nueva Creación y en ese día octavo la creación llega a su culmen y perfección.

Para los curiosos valga la indicación de que el número 8 dará pié a signos visuales que recordarán esta realidad mística o sacramental. Muchas pilas bautismales tiene 8 lados. También diversos objetos litúrgicos como patenas o cálices tendrán 8 lados. Hay también vidrieras, cuadros, columnas o pies de cirio pascual,… muchas cosas que nos recuerdan esta realidad del octavo día en el que todos hemos entrado por nuestro bautismo gracias a la Resurrección del Señor.

Gonzalo Arnaiz Alvarez, scj.

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