La Cruz, el Árbol y la Vida

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Técnicamente estamos ya pasada la mitad de la Cuaresma. A este domingo se le llamaba “laetare” (alegraos o gozad) para asomarnos a la cercana fiesta de pascua y así darnos un último empujón en este camino de conversión cuaresmal. Estamos todavía a tiempo de no dejar pasar este tiempo sin pena ni gloria.

La primera lectura recuerda una “pascua” muy particular para Israel. El pueblo estaba en el exilio. Habían vuelto a ser esclavos de otro imperio, el Persa. La gente se preguntaba cómo era posible que Dios los hubiera dejado en la estacada. El abandono de Dios parecía palpable. ¿Cómo es posible tal situación de esclavitud si Dios era su Protector? La respuesta es que no es Dios el que es infiel, sino el pueblo que responde con la abominación de Dios. Vuelve a surgir el tema del castigo de Dios. Pero siempre es un castigo de corrección que regenera. De hecho Dios suscitará un mesías extranjero, Ciro, que decretará la libertad de los israelitas y la posibilidad de que vuelvan a su pueblo y a su Dios. Es la pedagogía que se entrelaza en todo el Antiguo Testamento. Es esa y ahí está. No llegan más allá y para nosotros nos puede parecer insuficiente, pero para ellos es la que es. Y celebran en grande su vuelta a casa después de cuatrocientos años de exilio. Israel comienza una nueva era, comienza su refundación como pueblo. Podemos hablar de una nueva creación.

La pedagogía del premio y castigo es superada en la revelación de Dios por medio de su Hijo, pero queda en el fondo de nuestra mentalidad que suele funcionar casi siempre por esos parámetros.

San Pablo (Efesios 2, 4-10) proclama un Dios rico en Misericordia. Un Dios que nos ama por sobre todas las cosas y que nos primerea en el amor. Es Amor primero y es un amor que no se cansa en ser misericordioso. No tiene límite su capacidad de perdón ni el ejercicio de ese perdón. Somos hijos y le tenemos robado el corazón. Por pura gracia estamos salvados en Cristo. No es cuestión de “merecer” sino que antes de todo está su amor sin límite. Nadie puede presumir ante Dios por sus “obras buenas”. Nosotros somos la Obra de Dios. Estamos hechos de su pasta y por eso podemos también amar como Él ama.

Y es que la señal de este amor sin límite nos la da en Jesucristo. El evangelio de Juan (3, 14-21) es un prodigio de perspicacia en el descubrimiento de este amor de Dios. Hoy se resaltan las palabras que resumen todo el acontecimiento creador y salvador por parte de Dios. Dice así: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen el él, sino que tengan vida eterna”.

El fundamento de todas las cosas creadas es el Amor de Dios. Y ese Amor es tan grande como el mismo Dios. Y por eso es un amor difusivo, nada egoísta. Dios quiere hacer partícipes de su misma vida a otras personas que se abran a ese amor. Esa apertura es la fe. No hay otro camino ni posibilidad. Creer en Dios es proclamar su amor y su fidelidad perpetua para con nosotros. No creer es negar ese amor fundante y por lo tanto apartarse de la fuente de la vida.

Dios no manda su Hijo al mundo para juzgar o condenar el mundo. No está en la mente de Dios el castigo sino la salvación que no es otra cosa que hacernos partícipes de su misma vida.

El perder esa vida ofrecida no será castigo de Dios sino consecuencia de una negación, de un no querer aceptar nuestra realidad de criaturas y reconocernos referidas a Dios. Si me desconecto de la fuente de la vida encuentro la muerte. No hay otra. El hombre sin Dios puede construir Babel pero no tocará el cielo. Quedará encerrado en “el ladrillo”. Dice el Evangelio que “los hombres prefirieron las tinieblas a la luz” y se quedaron sin esa luz encerrados en nuestra caverna.

En esta situación Dios inventa un “nuevo árbol de la vida”, un nuevo faro o columna de luz que nos puede guiar en el camino hacia la vida. “Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. El singo indeleble y para siempre del pacto de Dios con la humanidad será la CRUZ del calvario. Esa cruz marca el límite sin límite del amor de Dios que nos entrega a su único Hijo. La cruz no es patíbulo sino signo de victoria de la vida sobre la muerte, del amor sobre el odio, de la fidelidad sobre la desobediencia, de Dios sobre el maligno y sus secuaces.

La cruz es el signo de una entrega máxima por parte de Dios Padre que no escatima a su propio Hijo. Y es también la entrega máxima del Hijo en amor obediencial al Padre y en amor sin medida y fraterno hacia todos nosotros, amados de Dios.

Hoy recordamos y rememoramos esa cruz gloriosa de Cristo. Sabemos dónde mirar para superar toda tentación de poder y de arribismo. Sabemos que la cruz es símbolo de entrega y de amor. Sabemos y reconocemos que el mejor camino para llegar a la felicidad y a la vida es el entregar nuestra propia vida al servicio de los demás. No tener miedo a perder la vida, porque el que la pierde por los demás la gana para siempre.

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