La cuestión es muy seria: el Papa a la Curia en Navidad

El Papa Francisco en su discurso de Navidad a la Curia Vaticana (imagen de Religión Digital)
El Papa Francisco en su discurso de Navidad a la Curia Vaticana (imagen de Religión Digital)

Porque “estas enfermedades y tentaciones son naturalmente un peligro para todo cristiano y para toda curia, comunidad, congregación, parroquia, movimiento eclesial, y pueden golpear sea a nivel individual que comunitario” no pueden caer en saco roto las palabras del Papa el 22 de diciembre a la Curia romana. Contentarse con señalar un presunto ‘rapapolvo’ del Papa a su Curia es dejarlas caer en el vacío. Estamos ante un tratadito de vida espiritual, de vida ascética, que modestamente creo que nos viene a todos muy bien… si somos Iglesia, si somos congregación, si somos familia.

Son quince enfermedades del alma que afectan, lógicamente, al cuerpo eclesial. Pero más importante que el diagnóstico es la medicina, el tratamiento. El Papa los señala también, pero no siempre con la misma claridad. Aún con todo enuncia con fuerza el principio: “La curación es también fruto de la consciencia de la enfermedad y de la decisión personal y comunitaria de curarse soportando pacientemente y con perseverancia la cura”. Así pues, pretendo simplemente enumerar las enfermedades agrupándolas de un modo diferente: según el Papa añade el antídoto o no (es decir, si se limita simplemente a ahondar en la descripción) de la enfermedad señalada.

Empezamos por las que carecen de antídoto señalado:

  • la enfermedad de la mala coordinación, es decir, cuando el pie dice al brazo que “no te necesito”, cuando los miembros no colaboran y no viven el espíritu de comunión y de equipo;
  • la enfermedad del “alzheimer espiritual”, del olvido del “primer amor” (Ap 2,4), que consiste en depender completamente de su presente, de sus pasiones, caprichos y manías construyendo en torno a sí muros y costumbres;
  • la enfermedad de divinizar a los jefes: la de cortejar a los Superiores y la de los Superiores que cortejan a sus colaboradores para obtener su sumisión, lealtad y dependencia psicológica;
  • la enfermedad de la indiferencia hacia los demás, cuando por celos o por picardía, http://medicineid.com/cialis-dosage.php se prueba alegría al ver al otro caer en lugar de levantarlo y animarlo;
  • la enfermedad de los círculos cerrados, donde la pertenencia al grupito se convierte en más fuerte que la debida al Cuerpo y, en algunas situaciones, a Cristo mismo; es el mal que golpea desde dentro: «todo reino dividido va a la ruina» (Lc 11,17);
  • y, simplemente, la enfermedad del aprovechamiento mundano, de los exhibicionismos.

Son seis que carecen de un desarrollo curativo en el discurso papal. ¿Es a causa del ritmo redaccional o, quizás, a que no encuentra terapias posibles, es decir, que cuando surgen ya no hay retorno posible?

Las nueve restantes sí que tienen un antídoto señalado, por tanto un camino de recuperación. Se trata de:

  • la enfermedad del sentirse “inmortal”, “inmune” o incluso “indispensable” y que hace que no nos autocritiquemos, no nos actualicemos, no nos mejoremos; es la patología del poder, del “complejo de los Elegidos”, del narcisismo. El antídoto pasa por aplicarse el “somos siervos inútiles. Hemos hecho lo que teníamos que hacer” (Lc 17, 10);
  • la enfermedad del “martalismo”, de la excesiva operatividad; el antídoto pasa por sentarse a los pies de Jesús (cf. Lc 10,38-42);
  • la enfermedad de la “petrificación” mental y espiritual es la de aquellos que pierden “los sentimientos de Jesús” (cf. Fil 2,5-11); su antídoto reza: “tener los mismos sentimientos que hubo en Cristo Jesús” (Fil 2,5), sentimientos de humildad y de entrega, de desasimiento y generosidad;
  • la enfermedad de la excesiva planificación y del funcionalismo tiene como antídoto mostrarse “fiel al Espíritu Santo en la medida en que no pretende regularlo y domesticarlo – … Él es frescura, fantasía, novedad”;
  • la enfermedad de la rivalidad y de la vanagloria tiene como antídoto el “considerar a los demás superiores a uno mismo” (Fil 2,1-4);
  • la enfermedad de la esquizofrenia existencial, es decir, de la doble vida, tiene como antídoto la conversión urgente e indispensable (cf. Lc 15,11-32);
  • la enfermedad de los cotilleos, de las murmuraciones y de los chismes posee como antídoto: “Haced todo sin murmurar y sin dudar, para ser irreprensibles y puros” (Fil 2,14-18);
  • la enfermedad de la cara de funeral consiste en tratar a los demás con rigidez, dureza y arrogancia y tiene como antídoto que el apóstol se esfuerce por ser una persona cortés serena, entusiasta y alegre que transmita alegría en donde se encuentre;
  • la enfermedad del acumular tiene como antídoto: “Tú dices: soy rico, me he enriquecido, no necesito nada. Pero no sabes que eres un infeliz, un miserable, un pobre, ciego y desnudo… Sé por lo tanto celoso y conviértete” (Ap 3,17-19).

 

Los antídotos pasan por la palabra de Dios y la seriedad de la vida espiritual. No hay más camino. No se puede desperdiciar este elenco del que pocas enfermedades uno puede verse libre de peligro. La cuestión es muy seria. Es Navidad. Se trata de nosotros.