La enseñanza, un servicio de humanización

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Son muchas las noticias, imágenes e informaciones que cada día, a cada rato, nos impelen a analizar lo que sucede en nuestra realidad. Un sencillo vistazo de las portadas de prensa, la presentación de un telediario o, sencillamente, repasar los titulares de una agencia de información es motivo suficiente para ayudar a interrogarse a un agudo lector. La mayor parte de las noticias vienen sazonadas de incidentes que rozan la tragedia, calamidad, hostilidad humana, corrupción, desencuentro… de vez en cuando, salpicado con algún titular más ilustrativo y banal sobre una emisión o artículo trivial que incite a la serenidad o comicidad, permitiendo mantener la atención del espectador para no apagar, cerrar o apartar el campo de visión de los mass media informativos.

La reflexión del desocupado lector o de la ciudadanía es posible que se centre en la preocupación por la formación humana y en la calidad de la misma, haciendo de la enseñanza un espejo público que, en ocasiones parece quedar en entredicho. ¿Con semejantes situaciones, qué clase de formación estamos impartiendo? Muchos editoriales de prensa nacional e internacional han estado jalonados en el último bienio de invitaciones a la credibilidad moral de los personajes públicos y a la necesidad de reconstituir una ética que capacite a la ciudadanía para el ejercicio de su responsabilidad pública. La esencia de la enseñanza es convertirse en transmisora, no solo de conocimiento académico que justifique el cómo de nuestras acciones, sino dotarla de sentido para el ejercicio del bien. Precisamente esta ha sido una de las inspirantes bases de la enseñanza cristiana, muy próxima al ideal helénico de la educación, que no es otro que hacer visible el conocido lema platónico “educar es dotar al cuerpo y al alma de toda la belleza posible”.

La enseñanza en la Iglesia tiene un modelo referencial en la persona de Jesucristo como maestro; a lo largo de su extensa historia ha estado profundamente ligada al cultivo del ser, al cuidado de la tradición, a la protección y transmisión del conocimiento, a la constitución y defensa del valor de la persona. La enseñanza de la Iglesia no ha quedado reducida a la soledad del claustro, sino más bien comprometida con la extensión de la misma, indicándonos un modelo antropológico que tiene a la persona como centro de su fundamentación pedagógica. Este hecho es visible en periodos socio-históricos que van desde la edad moderna hasta nuestra edad contemporánea, donde numerosos institutos religiosos, como los Dehonianos, han visto en el ejercicio educativo una posibilidad de complementar, dotar e instruir a la persona con la finalidad de fomentar e impulsar a sus pupilos a ser modelo y horizonte dentro del espacio público.

En un contexto cultural tecnocrático como el de nuestros días, la enseñanza necesita tornarse humanizadora, pero no solo del eje mediático tan divulgativo en nuestro tiempo. El proceso de interacción enseñanza–aprendizaje está llamado a alcanzar su esplendor cuando los otros son significante y significado de mi propia realización. Lo que conlleva apostar por una comunicación interpelante sobre el semejante que tenga en consideración el ejercicio de la caridad frente al que está ante mí, donde se haga visible la revelación de la infinitud de Dios.

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