La familia en el cine

Cartel de la película "El niño de la bicicleta"
Cartel de la película "El niño de la bicicleta"

En el año 2011, los cineastas valones Jean Pierre y Luc Dardenne estrenaban una brillante película titulada El niño de la bicicleta, una película arriesgada de claras connotaciones humanísticas para narrarnos una historia personal, una trama que hunde sus vínculos, como mayoritariamente sucede en el films de los hermanos belgas, en relatos sobre personas acaecidos en lugares remotos o alejados del geocentrismo occidental europeo. Esto permite la elaboración de una narración novedosa inspirada en los acontecimientos acaecidos. En este caso, los Dardenne contaron con la inspiración de un juez de menores de la ciudad de Tokio que les comentó un caso particular que había tenido que afrontar en el ejercicio de su trabajo: la historia de un niño de diez años que había sido abandonado por su padre en un orfanato de la capital japonesa con la promesa de que lo recogería en cuanto rehiciese su vida. El niño había intentado huir del centro en varias ocasiones en busca del padre; sin embargo, el padre no regresó. Pasados algunos años, ya con mayoría de edad, el joven había delinquido gravemente, por lo que el juez pudo tener constancia de su situación.

Esta historia sobre vínculos humanos impactó en la conciencia de los cineastas, lo que les invitó a reflexionar más hondamente sobre la familia, un tema siempre ligado a la atmósfera de “periferia” de los Dardenne, preocupados por presentar en sus imágenes un cine que presente una reflexión crítica de la realidad. El bello relato de El niño de la bicicleta tiene en el sencillo vehículo de transporte el lazo afectivo de la vinculación hacia la búsqueda de un padre del que ha sido despojado, que no puede ofrecerle nada más que marchitas esperanzas de prosperidad. Al otro lado, encontramos el siempre delicado problema de la adopción, interpretado por Cécile de France en el papel de Samantha, junto a la necesidad de los vínculos afectivos y familiares para el desarrollo, crecimiento y evolución de la persona.

La rebeldía y trasgresión del personaje preadolescente de Cyril nos presenta la dura pugna interior en la búsqueda de la identidad. La importancia de la maternidad y paternidad, el servicio que desde estas grandes categorías se realiza en la constitución de la persona. La firmeza frente a la debilidad, la confianza en el semejante, la educación como un ejercicio de paciencia de resultados a largo plazo, la importancia de la reciprocidad afectiva… La necesidad de crear modelos éticos que fomenten la gratuidad y la experiencia de alteridad. Además, la película también narra más veladamente los naufragios de nuestro tiempo en los lazos afectivos, donde la fragmentación de los vínculos más personales, junto al desempleo de larga duración y la precariedad cultural, se convierte en basas o pilares donde la desesperanza ejerce de estandarte social.

Una interesante película que nos permite explorar el binomio individuo‑sociedad, reconocer el valor de la familia, los peligros que la circundan, la vocación trasgresora de la adolescencia, las conductas de riesgo, pero, sobre todo, la intención de recuperar y reparar el concepto de ligazón y referencia afectiva que hace del cine de los Dardenne un cine de autor. Un modelo de cine que, por otra parte, contagia con su luz, recurso que, por primera vez, emplean visiblemente en uno de sus films, abandonando sus atmósferas frías de pasados films en la ciudad de Seraing. Llama la atención la presencia de música clásica en la banda sonora para generar un significativo guiño a la meditación de la narración fílmica. Por último, sería necesario añadir que ha sido una película felizmente reconocida en los festivales de cine independiente, ganando, entre otros galardones, el Gran Premio del Jurado del prestigioso Festival de Cannes en 2011.

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