La familia un espacio emocionante

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En el artículo anterior, concluía diciendo que la familia era el habitad natural para la apropiación de los valores, llegando a afirmar que sin ser la única plataforma educativa en la transmisión de los valores, tiene un papel fundamental como modelo de convivencia y vida moral.

En la siguiente reflexión me propongo justificar como la familia es el espacio y la fuente de identificación emocional, título que no es mío y que deseo compartir con vosotros por el bien que puede aportar, fruto del encuentro de la Escuela de Padres, durante el mes de marzo de 2015, se ha tenido en el Colegio-Seminario Padres Reparadores de Puente la Reina (Navarra). En esta ocasión el ponente presentaba su conferencia: “Padres y madres emocionalmente inteligentes: la familia un espacio emocionante”. Tanto me llamó la atención el título y desarrollo de la charla, pues no fue una presentación más sobre inteligencia emocional, a la que estamos acostumbrados a escuchar, dado que D. Juan Miguel Ruiz Esparza, educador social, nos presentó el tema desde una dinámica sencilla pero muy provocadora a partir del lema pastoral elegido para este curso: “Con Dios, muévete: ver, sentir, abrazar”, centrándose en los sentimientos.

El ponente reparte un papel entre los asistentes, a los padres y profesores del Colegio nos pide que escribamos un sentimiento que durante la jornada hemos experimentado de forma más intensa…; os puedo decir que me costó encontrar ese sentimiento, ese fue el sentir común de los asistentes, de sorpresa y dificultad a la hora de expresar nuestros sentimientos.

El resultado final fue más sorprendente, pues a pesar de ser tranquilizados por el ponente sobre un resultado muy optimista y positivo a la hora de expresar nuestros sentimientos en la tarea educativa, nos invitó a que en más de una ocasión practicásemos este ejercicio en diálogo con nuestros los hijos y alumnos; pues es desde este lenguaje de los sentimientos, donde encontraremos la clave de interpretación para conectar con los adolescentes, es desde este recurso de lo emocional, oculto pero necesario, desde donde podremos poner nombre a lo que les sucede y resolver ciertos conflictos de convivencia entre padres e hijos.

Si lo que sentimos es: ternura, alegría, emoción, satisfacción, amor, felicidad, sosiego, tranquilidad, paz…, estaremos más inclinados a dar respuestas emocionalmente constructivas y positivas. Si por el contrario, lo que sentimos es: decepción, impotencia, tristeza, desesperación, miedo, preocupación, rabia, agobio, pena, dolor…, conviene analizar de dónde me vienen esos sentimientos que generan tristeza, pena, dolor, y sin dejar de convivir con ellos, intentar que se transformen en sentimientos constructivos.

A renglón seguido la pregunta de muchos de los asistentes fue, ¿cómo se consigue esa transformación, qué “recetas” o consejos nos puedes dar para superar una “pena sentimental”? Es cierto que en educación no hay baritas mágicas, como en tantas otras disciplinas, en la que no sirven sin más unos consejos, dado que en el proceso de transformación emocional lo importante es que todos vayamos creciendo, para ir descubriendo cual es mi papel como facilitador de la maduración personal.

La gran lección de esta pequeña práctica, es ir aprendiendo a contactar con nuestras emociones, ponerles nombre, y comenzar a caminar sabiendo lo que siento y lo que me está ocurriendo; en un segundo momento estar más dispuesto para poder acompañar ese proceso de transformación. Sobre todo como padres y madres (familia) y educadores, ir construyendo ese “gran espacio”, esa “catedral grande”, como encuentro de acogida, donde puedan entrar las emociones y traducirlas en palabras, diálogo, confianza, encuentro en definitiva con eso “yo oculto”, ante la situación que se está viviendo.

Todos sabemos que no es una tarea fácil, tanto para los padres, profesores como para los terapeutas, el hecho de que el adolescente pueda expresar sus sentimientos, pero es posible que exprese su rabia, desánimo, incluso que estalle como desahogo; aprovechemos esos momentos, para poder transformar la emoción, sin dejar que quede atrapado por la misma. Si ponemos nombre a la alegría y satisfacción, la pena y al dolor, en definitiva a los sentimientos que nos lleva a situaciones de bienestar o malestar, estaremos poniendo las bases de ese acompañamiento emocional, para superar los enfados, silencios y lo que es más traumático, estados de estrés y desesperación en los en ocasiones se llega a tirar la toalla.

Sin olvidar que cada niño-adolescente, se le debe querer como es, con sus aciertos y desaciertos con sus diferencias y siempre adaptándonos a su proceso en el crecimiento emocional.

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