La nueva humanidad

homilia

El acontecimiento pascual no es un pasado que se aleja con el tiempo, sino que es una realidad que se expande y dinamiza la vida presente y futura. Uno de los frutos de la Pascua es el surgir de la nueva humanidad, o la nueva comunidad, o el nuevo pueblo de Dios, que lo es ahora en Jesucristo. En el Evangelio de Juan se dan una serie de sustituciones que marcan el paso de la antigua Alianza a la nueva Alianza realizada en Cristo. Las bodas de Caná preanuncian la nueva alianza-boda entre Dios y su pueblo realizada en Jesús. Un Jesús que se proclama “Yo soy la luz del mundo”, luz que para Israel era la “Ley”. Jesús es la nueva “Ley” o lleva a plenitud los mandamientos de Moisés.

Jesús se proclama “el verdadero pan del cielo” como contraposición al maná del desierto. Él es el nuevo pan, y el que come de este pan vivirá para siempre. En el Evangelio de hoy (Juan 15, 1-8) Jesús nos dice: “Yo soy la verdadera Vid”. La vid o viña era el símbolo de Israel como pueblo de Dios. En esta afirmación se da una nueva substitución. Son Jesús y los suyos los que forman el nuevo pueblo de Dios. La Nueva Alianza no se fundamenta en ninguna estructura externa. No se fundamenta ni en la “Ley mosaica”, ni en el templo de Jerusalén, ni en la raza judía. El único fundamento es Cristo, una persona, el enviado por el Padre.

Y vemos cómo justamente es el Padre el actor principal en esta historia. Él es el labrador o el viñador. Él es el que planta, el que riega, el que cuida y hace crecer la vid o la viña. Es así como le demuestra su amor. Un amor que pasa por Jesús y llega a sus discípulos. Un amor que en la carta 1 Juan 3,18- 24 se aclara su textura cuando dice: “Quien guarda sus mandamientos permanece en Dios y Dios en él; en esto conocemos que permanece en nosotros; por el ESPÍRITU que nos dio. Es el Espíritu Santo el que ejerce y realiza esta comunión entre el viñador y la viña, entre la vid y sus sarmientos. La actividad del Padre-viñador es frenética. No para. Continuamente mima la vid. Los sarmientos que están muertos los corta. No sirven. Los tira fuera. A los que están vivos y dan fruto, los poda para que den más fruto. El cultivo y la poda, o el quedar limpios, el Padre lo realiza por la Palabra del Hijo. Y empieza a desgranarse la actividad del Hijo y las obras del discípulo.

Hay por parte de Jesús una insistencia enorme en una petición o mandato: “Permaneced en mí”. Lo repite siete veces en el relato proclamado hoy. Siete veces. Quiere decir que es algo bien importante. Quizás lo único necesario. Permaneced en mí, quedaos conmigo. Es la petición del amigo que sabe que sin él no podemos hacer nada. Querer andar solos por la vida es igual a desenchufarse de la vida; es un vivir de moribundos que conduce a la quema o a la aniquilación. Optar por Jesús, permanecer en él, significa que su vida corre por la nuestra y tendremos vida abundante y daremos frutos de vida eterna.

Entiendo que aquí hay un llamado a la contemplación, a la vida de intimidad con Jesús. Que no se trata de leyes, instituciones, ideologías o imposiciones. Se trata de encuentro personal que a la vez es comunitario. Somos yo-otros y Jesús enraizados en el Padre por el Espíritu Santo. Nunca solos y siempre responsables. Siempre sujetos libres, pero en comunión con los demás. Somos “Pueblo de la nueva Alianza”; la Nueva humanidad recreada desde la Pascua de Cristo. Es importante tomar conciencia de esta realidad y necesitamos ejercerla. La oración – contemplación diaria tratando de amistad con aquel que sabemos que nos ama es primordial en la vida del cristiano. Es primordial la celebración de la eucaristía pascual-dominical para sabernos pueblo de Dios convocados en la Pascua; para acoger la Palabra de Dios y dejarnos podar y así identificarnos más con Aquel del que nos viene la vida y la salvación y para sentirnos hermanos de los muchos que se saben amados de Dios y seguidores de Jesús.

La intimidad con Cristo no nos aísla de los hermanos ni nos aísla del mundo. Y  recordarnos esto lo hace el mismo san Juan en la carta que hoy hemos leído. Nos recuerda una polaridad que es fundamental en la vida del cristiano; el mandamiento de Dios-Padre-Viñador es éste: “Que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo y que nos amemos unos a otros como Él nos amó”.

La “polaridad” tiene dos miembros que se reclaman uno al otro: La fe y el amor fraterno. Los teólogos a esto lo llaman la fe informada por la caridad, nosotros diremos la fe que se muestra en las obras de justicia. Una fe que no se formalice en obras no es una fe completa. Una fe que solo se abra a Dios y se quede en soliloquio se puede quedar en egoísmo o solo en algo incipiente. La fe que es la que nos abre a Dios y es dejar que Dios nos invada. La fe necesariamente obra las obras de Dios que son obras de amor a todo hombre como hermano nuestro. Jesús es el modelo. Es la vid que da la vida y la entrega libremente y redunda en frutos abundantes para todos nosotros. Nosotros los sarmientos, por los que corre la misma vida o savia de la cepa, no podemos dejar de dar el mismo fruto: Poner nuestra vida al servicio de los demás.

Permitidme una cita de nuestra Regla de Vida Dehoniana en sus números 17 y 18. “Como discípulos del p. Dehon quisiéramos hacer de la unión a Cristo en su amor al Padre y a los hombres, el principio y el centro de nuestra vida”. “Vivimos nuestra unión a Cristo con nuestra disponibilidad y nuestro amor a todos, especialmente a los humildes y a los que sufren. En efecto, ¿cómo comprender el amor que Cristo nos tiene, si no es amando como él, en obras y en Verdad?”. La unión a Cristo nos hace contemplativos en la acción. El amor a Cristo nos envía de inmediato a anunciar el Reino de Dios y a la tarea de su construcción, siempre desde Dios.

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