La Soledad de Europa

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Me llama la atención del discurso del Papa Francisco al Parlamento Europeo la alusión que hace a la soledad en las personas: Una de las enfermedades que veo más extendidas hoy en Europa es la soledad, propia de quien no tiene lazo alguno. Se ve particularmente en los ancianos, a menudo abandonados a su destino, como también en los jóvenes sin puntos de referencia y de oportunidades para el futuro; se ve igualmente en los numerosos pobres que pueblan nuestras ciudades y en los ojos perdidos de los inmigrantes que han venido aquí en busca de un futuro mejor” (Discurso del Santo Padre Francisco al Parlamento Europeo, Estrasburgo. Francia. Martes, 25 de noviembre de 2014).

La soledad es enfermedad. Pues sí. Es una grave enfermedad que ataca a toda la sociedad: niños, jóvenes, adultos y mayores o ancianos.

Estamos viviendo en una cultura donde la primacía es “hacer” y no “ser” y todo esto lleva al vacío, a la desolación interior, a la sensación de no necesitar a nadie más que yo mismo. Entonces el contacto se elimina y no es necesario es nuestras vidas; y se aboga por una soledad mal entendida: una soledad no constructiva en donde la ausencia de todo se convierte en opción personal y el vacío interior (nihilismo) domina nuestra vida.

Pero el hombre, nosotros, necesitamos del encuentro para realizarnos y para ser felices plenamente. El salir de nosotros mismos y caminar hacia el otro es lo que nos constituye como personas en relación. Todos tenemos necesidad de compañía y, además, eliminar la sensación de vacío, que a veces inunda nuestro ser.

El hombre siente necesidad del otro. Pero, ¿siente necesidad de Dios, de su cercanía, de su amor? Es la clave para todo cristiano y creyente.

Pero esta intuición personal debe convertirse, también en acción, en ir al prójimo para rescatarlo de su soledad. Tenemos que ser facilitadores de tiempos, espacios de encuentro, de compañía, de cercanía. Es tiempo de ACOMPAÑAR, tiempo de ACOGER al otro y REPARARLO con palabras y gestos. Así lo rescataremos de la soledad mal entendida y le abriremos al mundo, es decir, lo reconciliaremos consigo mismo, con los otros y con Dios. Como dice el Papa Francisco en la Evangelii Gaudium: “Hoy, que las redes y los instrumentos de la comunicación humana han alcanzado desarrollos inauditos, sentimos el desafío de descubrir y transmitir la mística de vivir juntos, de mezclarnos, de encontrarnos, de tomarnos de los brazos, de apoyarnos, de participar de esa marea algo caótica que puede convertirse en una verdadera experiencia de fraternidad, en una caravana solidaria, en una santa peregrinación. De este modo, las mayores posibilidades de comunicación se traducirán en más posibilidades de encuentro y de solidaridad entre todos. Si pudiéramos seguir ese camino, ¡sería algo tan bueno, tan sanador, tan liberador, tan esperanzador! Salir de sí mismo para unirse a otros hace bien. Encerrarse en sí mismo es probar el amargo veneno de la inmanencia, y la humanidad saldrá perdiendo con cada opción egoísta que hagamos” (EG, 87).

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