La tempestad calmada

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El evangelista Marcos, en los próximos evangelios que vamos a proclamar en estos domingos sucesivos, quiere presentar la figura de Jesús a la gente “normal” de su tiempo, una vez que Jesús había sido rechazado o no comprendido por escribas, saduceos y familiares. Nos presenta a Jesús desde diversas actuaciones sorprendentes o milagrosas y la reacción de las gentes ante estos hechos.

En el día de hoy se narra la tempestad que es calmada durante la travesía del lago de Tiberiades. Los habitantes del lugar lo llaman “el mar” y sobre el mar no tienen ideas muy bucólicas. El mar, para la mentalidad judía, es una realidad temerosa, indomable, orgullosa, desordenada, donde residen los poderes caóticos que el hombre no consigue controlar y donde están los poderes maléficos que quieren destruir al hombre. Solo Dios, con su poder y majestad, puede poner límites al mar, darle órdenes y liberar a los hombres de esas fuerzas descontroladas del caos que el mar encierra.

Ya la primera lectura (Job 38, 1-11) nos indica quién tiene dominio sobre el mar. Aquel que puede poner puerta, candado y límites a sus fuerzas y decirle hasta aquí has llegado. Solo Dios tiene dominio sobre él, puesto que es el que lo ha creado y limitado

Desde ese contexto, podemos intuir que en el evangelio de hoy se está dando una manifestación de Jesús como “Señor del mar”: Aquel al que los vientos y el mar obedecen.

El evangelista está indicando a Jesús como el “Hijo de Dios”.

El comportamiento de Jesús es de tranquilidad y señorío. Sabe que Dios no abandona nunca al hombre y está seguro de que está en sus manos. Jesús duerme en la popa del barco. Jesús está muy confiado en el Padre pero los demás que le acompañan no se fían un pelo. Jesús está con ellos, pero dormido no les sirve de nada; ni siquiera para achicar agua.

Y el evangelista nos mete de golpe en el tema de la fe. Los discípulos habían visto signos a Jesús, habían oído hablar de Dios como del padre providente, pero en el momento de dificultad y de peligro se olvidan de todo y les sale el “ateo” que todos llevamos dentro. Prefieren las manos de Jesús que otra cosa. No tienen fe.

Jesús manda callar al viento y calmarse al mar. Y le obedecen. Y esta actuación, en vez de “calmar” el ánimo de los discípulos y hacerles crecer en la fe, aparecen reticencias y temores. Temores por estar ante la presencia de Dios, pero de un Dios que acarrea la muerte al que lo ve. Un Dios más temible que el propio mar. Serán necesarias nuevas actuaciones de Jesús, nuevas catequesis para que lleguen a la FE en Jesús como el Hijo de Dios – Padre.

La comunidad cristiana para la que escribía Marcos estaba pasando momentos de fuerte persecución y de duras pruebas. El evangelista quiere hacerles ver que no deben tener miedo porque el Señor resucitado está siempre con nosotros y a favor nuestro. Ellos tenían sus dudas.

¿Y nosotros? ¿Creemos en la presencia del resucitado en medio de nosotros?

Tantas veces tenemos la tentación de pensar que Dios está dormido y que no llegan los lamentos de los hombres. Y eso es negar a Dios. El nombre de Dios es “Yo estoy contigo siempre” y señal de eso es que Jesús no fue abandonado a la muerte sino que resucitó al tercer día. Dios siempre en favor nuestro.

Las aparentes ausencias de Dios habrá que leerlas de otra forma y con mirada creyente. Habrá que ver que Dios está del lado del que sufre y está sufriendo con él. Cualquier ofensa, maltrato, abuso, injusticia hecha a cualquier hombre o mujer es algo que afecta a Dios. Podríamos decir que es como hacérselo a Él mismo. Y por lo tanto Dios está en favor de todas las causas que supongan la liberación del hombre de cualquier cadena que atenace su dignidad humana.

Además podemos decir que solo Dios puede calmar estas fuerzas indómitas que se esconden en el corazón de cada hombre en el que en cualquier momento puede surgir un “Caín”.

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