La Transfiguración del Señor

homilía

Los textos de la Palabra proclamada este domingo insisten fuertemente en la actitud de FE. La fe de Abraham llega a la esperanza contra toda esperanza; La fe de Pablo le transforma radicalmente en su actitud de vida.

La primera lectura nos sitúa en un memorial pascual. Aprovechando que se encuentra enclavado en el camino cuaresmal cada domingo de Cuaresma, en la primera lectura, hace referencia a una “pascua” del Antiguo Testamento. El libro del Génesis, con anterioridad, nos ha hablado de la pascua de la creación y de la pascua y pacto realizado entre Dios y Noé, una vez pasado el diluvio universal. Pero el gran pacto o alianza que se realiza entre Dios y su Pueblo, empieza a tomar forma en la historia de los Patriarcas, de manera muy especial en el primero de todos que es Abraham, el padre de los creyentes.

Dios habla a Abraham de descendencia numerosa como las estrellas del firmamento y de una gran tierra que mana leche y miel. Abraham es ya anciano y sin descendencia y además es nómada, arameo errante, sin tierras propias, buscando la vida por eriales y desiertos. Abraham no tiene más seguridad que la palabra de Dios en sí misma, como pura promesa.  En las alianzas venideras, Dios garantizará el futuro por un pasado ya realizado; presentará primero sus hazañas para después proponer alianza y pedir confianza. Aquí no hay preámbulos porque no puede haberlos. Tan solo es el “que te saqué de Ur”.

La fe de Abraham es paradigmática. Es de la calidad máxima. “Se fía contra toda esperanza” o se fía a fondo perdido. Abraham pone toda su confianza en el Señor y arriesga todo su ser en favor de Dios y su promesa. Esta fe le fue computada en su haber. Abraham se deja invadir por Dios, se pone “a la orden” de Dios y desde ese día será Dios quien dirija sus pasos. Dios y él, él y Dios empiezan a ser un tándem indestructible perdurable por los siglos. La realidad de Dios contagia a Abraham. Dios es Padre (Abba). Abran (Ab-ran) es Padre excelso o grande que pasará a ser Ab-raham, padre de muchos pueblos, padre entrañable y misericordioso. Abraham será nuestro referente en la fe, nuestro padre en la fe.

No podemos dejar de preguntarnos sobre la calidad de nuestra fe. ¿Somos dignos “hijos de Abraham”?

En la segunda lectura se nos habla del “credo” o de la fe de Pablo. Una fe inquebrantable fundada en el acontecimiento de la Resurrección del Señor. La resurrección reverbera sobre todos nosotros la Vida nueva acontecida en Cristo y nos hace ciudadanos del cielo, que pisando tierra, vivimos en la esperanza de la venida del Señor. Pablo tiene clavado su corazón en esa patria futura que es el cielo y vive ya ahora respirando ese aire. No se escapa de la tierra, de esta nuestra historia, pero la vive adelantando o trayendo al presente esa realidad futura. Su gran deseo para todos nosotros es que nos mantengamos fieles en esa fe y por lo tanto en esa tarea de hacer o construir “cielo” en la tierra: Trabajar por el advenimiento del reino.

El Evangelio de hoy nos narra un acontecimiento trascendental en la vida de Jesús y también para sus discípulos (y para nosotros). La Transfiguración. Lucas la coloca al final de la actividad de Jesús en Galilea y en el momento inmediato anterior al inicio de su camino hacia Jerusalén donde le esperaba el monte Calvario. Vamos a intentar acercarnos con temor al acontecimiento. Nos sorprende por lo inesperado que es. Aparece como un aerolito en medio de la narración de los tres evangelios sinópticos. Y los tres le dan un realce excepcional. Algo importante debió pasar para que aconteciera lo que aconteció.

Jesús les había hablado a los suyos de su pasión, muerte y resurrección al tercer día. Pero siempre que les había anunciado la pasión, siempre había encontrado incomprensión y rechazo. El mismo Jesús veía que se aceleraban los tiempos para la llegada de la pasión ante el rechazo de su mensaje por parte de los jefes del pueblo y esto le hacía entrar a él en cierta zozobra y en algún que otro interrogante: ¿Qué quiere Dios de mí? La mejor forma de desenredar la madeja la encuentra, como es su costumbre, en la oración. Y sube al monte alto (Tabor) con sus tres mejores amigos para rezar; para ponerse ante el Padre-Dios y que les ayude a discernir y encontrar el mejor camino.

La oración confiada, el encuentro con el Padre es lo que Transfigura a Jesús. Lo que en Jesús es desde siempre, ahora como que toma cuerpo en el cuerpo de Jesús, lo transfigura y lo hace luminoso. Quizás estemos ante la “zarza ardiendo” que no se consumía de la que sale la voz que llama a Moisés, en el monte Sinaí. Ciertamente que aquello podía ser paradigma de esto. Jesús en el Tabor, Él es la luz que ilumina a todo el que cree en Él. Es la Luz participada de la Luz y gloria del Padre de la que el Hijo participa plenamente y en totalidad. La Transfiguración es un anticipo de la resurrección.

Moisés y Elías hablan con Jesús de su muerte que iba a suceder en Jerusalén. La Ley y los Profetas atestiguan y convalidan el camino de la cruz como el camino que lleva a la vida; el camino que lleva a plenitud todas las bendiciones y promesas de Dios realizadas en las antiguas pascuas o en la Antigua Alianza.

La voz de Dios, del Padre, reafirma la experiencia fundante del bautismo en el Jordán. Jesús es el Hijo amado de Dios. Además ahora refrenda todo lo dicho y hecho por Jesús. Invita a escucharle, porque lo que dice y hace Jesús tiene el aval del Padre.

Ciertamente Jesús, de este encuentro oracional, sale confortado y confirmado en que debe seguir adelante en su tarea, aceptando que el paso por la muerte es paso necesario para llegar a la Vida y comunicar la Vida. Dios sabe sacar de la muerte vida y en sus planes está el entregar al Hijo para que los hombres creamos en el amor incondicional de Dios. También sus discípulos salen confortados y más animosos aunque su perplejidad no desaparecerá hasta después de la resurrección.

Del Tabor hay que bajar a la vida de cada día. Nuestra esperanza, como la de Pablo, está puesta en el cielo y que un día seremos transformados. Cielo y transformación que ya se dan en nosotros desde el día de nuestro bautismo, por el Espíritu Santo que se nos ha dado, pero que cada día hemos de ir creciendo en ser cada vez más transparentes de la realidad gozosa de ser hijos de Dios

Podríamos decir que esta es la “gran tarea” que Dios nos propone para esta Cuaresma. Abrir nuestros ojos, nuestro oído, nuestro corazón y contemplar al Hijo que va a iniciar su camino (éxodo) hacia Jerusalén. Penetrando en ese camino beberemos de la fuente de agua viva y nos iremos transformando, vivificando, transfigurando en otros cristos que irradien luz y esperanza en medio de este mundo nuestro necesitado de luz y esperanza.

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