La Transfiguración del Señor

JERUSALEN NAZARET 311

CUARESMA II DOMINGO –A

La historia de Abraham (Gen, 12, 1-4) abre una nueva sección en el libro del Génesis. Los primeros capítulos nos han hablado de los orígenes del mundo y del hombre. Ahora se inicia una historia de Salvación en la que Dios nos va a sorprender con su Alianza y sus Promesas. El domingo pasado recordábamos cómo el diálogo entre Dios y el primer hombre se había roto por la desobediencia de Adán-Eva. Ahora se abre un nuevo diálogo por parte de Dios que termina con una obediencia. Y de ella vendrá una bendición.

Dios es infatigable en su afán de encontrarse con el hombre. A pesar de los innumerables “noes” que recibe, no renuncia a seguir llamando y esperando que alguien o algunos le den el “sí”. Abraham es uno a los que Dios sale a su encuentro y habla con él y le promete tierras y pueblos si le acepta en su compañía y asume como proyecto de su vida el dejarse guiar y llevar de “la mano de Dios”. Abraham dice SI. Se fía de Dios y empieza su camino de obediencia saliendo de su casa y de su tierra y se pone en camino (éxodo) hacia donde Dios le llevará o indicará.

Quiero resaltar:

La iniciativa es siempre de Dios. Él es el que llama y elige. Es el que promete y a la vez es la garantía de lo prometido. Él es la promesa y su cumplimiento.

El encuentro entre Dios y el hombre debe realizarse. Hay diálogo, negociación, promesa, dudas, oscuridades, turbulencias, luces y al final un “amén”, un “sí, quiero”, un “aquí estoy”.  Este encuentro es necesario y este encuentro es oración; una oración de presencia, de silencio, de asombro, de acción de gracias, de petición; pero no puede dejar de ser un encuentro de amigos; un hablar de amistad con Dios. Para que se dé la fe, para que nazca el creyente debe darse este encuentro en profundidad. Debe darse esta experiencia que es y se convierte en fundante de toda otra actividad en mi vida. El creyente vive de la fe, vive de este encuentro primordial con Dios.

El encuentro con Dios provoca siempre un “éxodo”. Dios nos llama a salir, a dejar seguridades, a arriesgar, a buscar horizontes nuevos, a apostar por los otros, por el pueblo, por la comunidad. Dios nos invita a construir y participar de un nuevo pueblo, más allá de razones de sangre y de raza.

La respuesta positiva a Dios siempre es una “bendición” que no queda en la persona, sino que pasa a todo el pueblo. En Abraham benditos todos los pueblos. En Jesús serán benditas todas las naciones. Si el pecado provoca “maldición”, la obediencia provoca una “bendición” mayor. No olvidemos que “donde abundó el pecado sobreabundó la Gracia”. Gracia que se ha manifestado al aparecer nuestro Salvador Jesucristo, que destruyó la muerte y sacó a la luz la vida inmortal, por medio del Evangelio (2 Tim 1,8-10)

El Evangelio de hoy (Mateo 17, 1-9) nos habla de la Transfiguración del Señor. No es para nada ajeno a lo dicho en la primera lectura; al contrario, lo corrobora, pero tiene su especificidad.

La transfiguración sin duda alguna impactó sobremanera a los discípulos testigos. Por inesperado y contundente. Para ellos resultó ser una experiencia fundante de primer orden. Siempre me pregunto ¿por qué este relato al principio de la Cuaresma? Es un relato casi pascual o que se entiende solo desde la luz pascual y nos lo ponen ahora. Una primera respuesta es que ciertamente puede vivirse como un preludio o anticipo de la Pascua. Y es que es domingo y día del Señor y por lo tanto no puede dejar de ser memorial de la Pascua. Por eso, respirar anticipadamente aires pascuales en el tiempo cuaresmal no nos viene nada mal, porque en cierto modo se nos anticipa el gozo del final del camino. Los domingos en cuaresma son como oasis en medio del camino que nos invitan a degustar lo que encontraremos al final: la Pascua. Pero los evangelistas al contarnos este episodio y de la forma que lo cuentan quieren que saquemos alguna enseñanza para nuestro caminar creyente.

Jesús toma la iniciativa de elegir y llevar consigo a tres de sus discípulos. Suben al monte. No van al monte a cazar o a ver panorama, sino que van a rezar. Van a encontrarse con Dios. Van a hablar con él. Esta es la intención de Jesús. Y es en ese momento de encuentro con Dios cuando acontece lo que acontece. Si no hubiera habido oración no hubiera pasado nada. Se habrían fatigado y después ensimismado con las hermosas vistas desde el monte, pero de lo contado no habría pasado nada.

El encuentro con Dios se hace en la intimidad y es desde esa intimidad que Jesús empieza a traslucir y a dejar ver que está trasfigurado por Dios y desde Dios. Moisés y Elías habían hablado con Dios y hasta alguno había reflejado la luz de Dios en su rostro, pero Jesús está al centro y la luz sale de él. Él es la luz y en Él se cumplen las profecías y la Ley.

Pedro, siempre fogoso, quiere arreglar las cosas a su modo y acomodo. No deja “hablar a Dios” y por eso siempre le “pilla el tren” o siempre “mete la pata”. Hay que acompasarse al paso de Dios y no apresurarse y sacar conclusiones rápidas, que suelen ser acomodaticias y que no te desquician.

Dios sigue pasando, en la nube, y deja oír su voz, que nos recuerda la epifanía del bautismo en el Jordán, pero que ahora es más contundente y clara; ahora es para todos. “Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. ESCUCHADLE”.  Es un momento revelatorio que confirma al que emergía del Jordán bautizado, pero ahora ya probado y madurado. Jesús había hecho un camino obediencial y se había hecho camino, verdad y vida. Se había hecho portavoz fiel de Dios. La Palabra de Dios se había hecho carne en Jesús. Por eso escucharle a Él es escuchar a Dios. Y no es solo portavoz; es la Palabra.

Y Jesús lo que hace es bajar del monte y continuar su “éxodo” hacia Jerusalén donde le apresarán y deberá entregar su vida. Jesús sale fortificado y esperanzado del Tabor. Sabe que de la cruz no le va a librar nadie, pero a la vez sabe que la muerte no tendrá su última palabra. Sabe desde Dios que resucitará al tercer día y se fía absolutamente de Dios.

En el Bautismo, nosotros, hemos sido identificados con Cristo. También nosotros hijos amados, predilectos de Dios. También nosotros transfigurados desde dentro.  En este tiempo de cuaresma hemos de urgir nuestra dimensión contemplativa-orante. Dedicar en nuestra vida tiempo a esto. Cierto que no debemos olvidar que tenemos que bajar del monte y embarrarnos en la historia de nuestro tiempo. Embarrarnos siendo sal y luz, siendo transfigurados y transfigurantes. Y eso solo es posible entregando la vida por los otros. Solo el camino de la cruz, de la entrega lleva y llega a la Pascua.

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