La visita del P. Dehon a Alba de Tormes

Os presentamos un texto traducido del original francés del libro escrito por el P. Dehon "Au dela des Pyrénées" (Más allá de los Pirineos). El texto en cuestión describe la propia visita del P. Dehon al Sepulcro de Santa Teresa en Alba de Tormes. Esta visita aconteció durante su segundo viaje a la Península Ibérica los meses de marzo y abril del año 1900. Hubo un viaje anterior desde el 24 de julio y durante el mes de agosto de 1899 que también aparece recogido al comienzo de la obra. La obra consta de 294 páginas, la editorial es H. & L.CASTERMAN (Éditeurs Pontificaux) y aparecen dos lugares de posible edición: Paris, rue Bonaparte, 66 y Tournai (Belgique). Cuando salió a la luz el P. Dehon no había fallecido (12 de agosto de 1925) pues en la portada interior dice: AU DELA DES PYRÉNÉES par L. DEHON supérieur des Prêtres du Sacré-Coeur de Jésus.

 

P. LEON DEHON "Au delà des Pyrénées" (Más allá de los Pirineos)

LXI. – Alba de Tormes y Santa Teresa.
Habíamos viajado durante toda la noche para llegar a Alba, la blanca villa del Tormes, la ciudad donde santa Teresa vivió mucho tiempo, y donde recibió sus más grandes gracias.
Alba es el señorío de los duques de Alba y su torreón enorme permanece allí medio en ruinas, como nuestro coloso de Concy. ¡Pero cuánto más habla al alma el humilde convento del Carmelo que la torre feudal del ilustre general!
Allí hay dos monasterios, el de los Padres Carmelitas y el de las Madres Carmelitas, los dos bastante modestos. Fuimos recibidos con una amable hospitalidad y yo celebré misa en el altar mayor cerca del corazón y de la mano de la gran Doctora Mística.
Después de la misa nos permitieron visitar todos los tesoros piadosos del santuario.
La tumba de la santa está en una pequeña capilla, en la que la depositaron después de su muerte. Se sabe que los habitantes de Ávila reclamaron su cuerpo, pero los duques de Alba obtuvieron del rey y de los obispos el permiso para dejarla en Alba.
Allí está el santuario donde ella rezaba, la reja donde ella recibía a nuestro Señor, su Esposo Divino.
Las religiosas nos mostraron una cruz que ella llevó y una carta manuscrita. Pero dos objetos sobre todo llamaron nuestra atención: su brazo y su corazón. Su corazón que fue herido por la flecha misteriosa del amor divino. Su brazo que escribió sus sublimes pensamientos.
Ver y rezar, no es suficiente, sería necesario meditar largamente y volver a leer algunas páginas elegidas de la querida Santa.
Se ha hablado a menudo de las espinas que formaban una extraña vegetación alrededor de este corazón. Los fieles las miraban como una excrecencia milagrosa que expresaba la tristeza mística de la Santa en vista de las impiedades contemporáneas. El obispo actual, las ha quitado. Yo era feliz de ver este corazón en su forma natural, con la traza de la llaga simbólica marcada por el ángel.
Ruego todavía a la grande Santa que me conceda un ferviente amor por nuestro Señor.
Volveré a leer con más interés y, espero, con más provecho, sus maravillosos escritos.
Ella es el doctor de la vida mística. Ella dio las reglas y fijó la lengua. Sus escritos y especialmente “Camino de perfección” y “Castillo interior”, forman la suma de la teología mística como los escritos de Santo Tomás han dado la suma de la teología dogmática y la filosofía aristotélica.
Es en Alba donde murió la Santa querida. Su entierro, dice la historia, se asemejó menos a una pompa fúnebre que a una fiesta triunfal. Excitó más santa alegría que tristeza lúgubre. Su cuerpo, que fue el vestido de su alma, exhalaba un maravilloso perfume y llenaba de buen olor a todos los que se le acercaban. Alrededor de ella se gritaba: “¡Venid a oler a la Santa! ¡Son los perfumes del cielo! Nunca los naranjos y los jazmines olieron tan bien”. Eran transportes de admiración y de gritos de felicidad. Cada uno quería besar la ropa, los pies y las manos de la célebre fundadora.
La misa fue cantada con una extraordinaria solemnidad. Los personajes más nobles acudieron para asistir a la ceremonia: la duquesa de Alba, el duque de Huescar, el obispo de Salamanca y una muchedumbre de hidalgos y de caballeros. Todos contemplaban la cara de la virgen seráfica. Las arrugas de la vejez habían desaparecido…
Después del oficio (la eucaristía), para satisfacer la piadosa avidez de los asistentes que querían todos llevar alguna reliquia de la venerable difunta, se cortó en trozos y se distribuyó su velo, sus mangas, las cofias, su cinturón. Estos pequeños fragmentos continuaron exhalando un perfume delicioso, e obraron un gran número de curaciones milagrosas.
Yo llevo conmigo también algunos pequeños recuerdos, gracias a la humilde benevolencia de los piadosos carmelitas que protegen la tumba de su madre.

Traducido del original francés por Verónica Pérez de Dios. Documento facilitado por Alfonso González Sánchez (religioso de los PP. Reparadores).
 

 

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