La vocación cristiana

Vocación

Iniciamos la andadura del tiempo ordinario. Nuestro pedagogo durante este tiempo será ordinariamente el evangelista San Marcos. Pero hoy todavía seguimos en tiempos epifánicos y es  el evangelio de Juan el que nos inicia en el recorrido. Y empieza por la llamada de Jesús a los suyos.

Toda vida de fe empieza por una llamada de Alguien (Dios) a alguien (yo) y por una respuesta de ese “yo” a Dios. La fe no nace de una filosofía o de una ideología asumida sino de una llamada absolutamente libre por parte de Dios y de una respuesta absolutamente libre por parte del llamado (hombre o mujer).

Como modelo de “vocación” tenemos al niño Samuel en el templo al lado del anciano Elí. Dios llama por “el nombre”; es una llamada personal, de tú a tú. Samuel responde prontamente pero no sabe quién le llama. Necesita de un iniciador que le invita a acoger y a escuchar a Dios. Le invita a acoger de todo corazón, poniéndose a la total disposición de Dios. Y Samuel así lo hace: “Habla Señor, que tu siervo escucha”. La escucha que supone oír, hacer pasar la palabra al corazón, acogerla, hacerla suya y obedecerla o llevarla a la práctica. Todo eso hace Samuel. Y el Señor lo toma para sí y es enviado a ser profeta para su pueblo. Profeta y testigo. Llevará la luz del Señor, que ha alumbrado su vida, a las gentes de su pueblo. Será bendición para su pueblo.

El evangelio de Juan sigue esquema parecido aunque algo más complejo. Es una escena de movimiento donde el pre-cursor, el que iba delante en el camino (Juan Bautista) está parado, junto con sus discípulos. Juan ve venir a Jesús caminando “detrás de él”. Y les dice a los suyos: “Ahí tenéis al Cordero de Dios”. Ahí tenéis al “Siervo” de Dios”. Y les invita a seguirle. Jesús pasa delante y sigue caminando. Juan deja de ser el pre-cursor. Ya es Jesús el “cursor” o caminante principal. Juan ha hecho su servicio. Ha iniciado a los suyos y ahora les dice que cambien de maestro, que vayan detrás de ese nuevo caminante. Los discípulos de Juan obedecen a su indicación y siguen a Jesús. Nunca agradeceremos a Juan Bautista esta su postura y este saber cumplir la misión y retirarse a tiempo para que el Otro crezca. Ha sido un buen iniciador de tal forma que los suyos han aprendido a oír, escuchar y obedecer. Los discípulos se despiden de Juan y siguen a Jesús.

Es importante fijarnos en el siguiente “cuadro”. Jesús se para y les pregunta “Qué buscáis”. La iniciativa vuelve a Jesús. Es él el que se para y pregunta. Inicia la posibilidad de un encuentro.

Ellos responden: “Maestro, ¿dónde vives?”

Le reconocen Maestro. No preguntan por su filosofía o mensaje, sino por su vida. Quieren conocer la persona, quieren conocer sus hábitos y modos de vida, quieren conocer sus motivaciones. Buscan un encuentro personal. Quieren ser discípulos desde la vida; hacer un seguimiento en toda regla.

Jesús les dijo: “Venid y lo veréis”. Jesús abre las puertas de su casa. Está dispuesto a dejarse invadir. No habrá secretos para ellos, puesto que realmente quieren aprender a vivir y lo buscan con corazón limpio y nada interesado.

Y “fueron y VIERON”. Ese “ver” es un conocer vivencialmente. Un ver y conocer que les cambia la vida hasta el punto de “quedarse con él”. Optan por Jesús. Lo que al principio les parecía un “maestro”, ahora será haber descubierto nada menos que al Mesías de Dios.

Y esa experiencia vital no la pueden contener en sus corazones. Tienen que proclamarla a los cuatro vientos, porque lo que han visto es tan significativo que merece la pena llevarlo a los demás e invitarlos a descubrir ese tesoro.

Es lo que hace Andrés con su hermano Pedro. Y Pedro va y ve. Y Jesús inicia con él un nuevo encuentro y un nuevo proceso de fe. Y Simón se encuentra con aquella mirada, que le cautiva para siempre, y recibe como respuesta un cambio de nombre. La opción de fe cambia la persona. Cambia el “nombre” que ahora será el de ser Piedra. Pedro recibe la misión de ser “fundamento” de fundamentos. Ahora no sabe lo que significa. Lo aprenderá en el seguimiento a Jesús que desde “ya” empieza a vivir.

¿Dios sigue llamando hoy? Es una pregunta retórica porque no me cabe la menor duda de que Dios en Jesucristo sigue llamando hoy. Pero la pregunta surge ante la experiencia de la vida de fe de nuestro pueblo creyente, incluyendo en ese “pueblo” al que suscribe y a todos los que tienen la misión del servicio (o de ser “rocas”) a ese pueblo.

Hoy aparece la noticia de que “solo 16 de cada 100 jóvenes andaluces se preocupan por la religión”. Valoran mucho más la “ecología” y “la paz”. No es el momento de analizar las respuestas porque sin duda también se encuentran desfases entre lo que dicen y hacen. Pero a uno le da pena que ante el fenómeno religioso casi siempre se coge el “rábano por las hojas”. No es posible que se deseche la Luz y se apunte uno a las tinieblas. Algo oculta la luz que deja seducir a las tinieblas.

Sugiero una respuesta. Es posible que no hayamos pronunciado nunca un “aquí estoy para hacer tu voluntad” al estilo de Jesús y o de los discípulos o de Samuel. Nos falta una experiencia fundante de encuentro con el Señor en nuestra vida. Nos falta descubrir que nuestro corazón está iluminado desde Cristo y por eso nuestra opción de vida está marcada por esa persona a la que queremos seguir, puesto que en ella encontramos la salvación.

Si Jesús es “Señor” para mí, y le descubro como maestro, como mesías, como Hijo de Dios, como Resurrección y Vida, entonces yo en toda mi vida transmitiré esa “luz”, esa convicción y testificaré ante los míos esa realidad.

Si esta experiencia no se da, se rompe la cadena de transmisión y lo que haremos será mantener un “tinglado” más o menos grande pero que no está construido sobre roca sino sobre arena. Y las tempestades vienen y lo tumban.

Iniciamos el año litúrgico justamente para madurar en nuestra vida la opción por Jesús. No lo dejemos pasar como un año más. Que sea y sirva como un año de “estar con Jesús y ver lo que hace y dice”. De esta manera saldremos fortificados y nuestro testimonio será más veraz y convincente.

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