LA VOCACIÓN DE SAN MATEO

Han pasado siete años desde que visité una tarde de primavera la Iglesia de San Luis de los Franceses en el centro de Roma. Una antigua iglesia que se encuentra entre el Panteón Romano y la Piazza Navona dos de los lugares más representativos del bullicioso mundo romano. En ellas emergen la historia de un gran imperio, por una parte la antigüedad imponente de la vieja Roma representada en el monumento mejor conservado de la gran civilización. Allí descansan los restos del gran Rafael y otros legendarios monarcas como Víctor Manuel junto a otros célebres personajes de la vida socio–cultural italiana. Por otra parte, encontramos el imponente marco arquitectónico y escultórico de la Roma del Barroco con Bernini y Borromini. En mitad de este enclave frente a la grandeza y rigidez del mundo clásico y la brillantez de formas del barroco aparece la expresión luminosa en el interior de una insignificante Iglesia estratégicamente colocada para el espectador.

Sería delito pasar de largo y no dejarse interpelar por ese sexto sentido que guía al visitante que intrépido de aventura, escudriña los recónditos secretos de una misteriosa ciudad desconocida. Una vez que se accede al recinto sacro, si la fortuna sonríe al espectador podrá percatarse que un sonido musical procedente de las alturas corales engalana la escena haciendo de este momento una exaltación artística sin parangón. El recuerdo de la melodía de Bach te trasporta a esos viejos mundos del XVI donde los pintores malvivían del fruto de su trabajo sin saber si el cuadro que realizaban sería objeto de su inmortalidad en años posteriores. Suponemos que en esa atmósfera de tabernas pestilentes, vidas azarosas, rivalidades elocuentes, desafíos a la autoridad y caracteres pendencieros transitó la vida de Michelangelo Merisi alías Caravaggio.

Caravaggio nació en Milán a principios del otoño de 1571. Una peste que se sucedió en dicha ciudad algunos años después le hizo volver a una pequeña ciudad del condado de Bérgamo, en la Lombardía, no lejos de Milán. De donde era oriunda su familia paterna, y de dónde tomó el patronímico que le identificaría artísticamente. Artista explosivo por carácter y pintura con el nace el llamado tenebrismo o claroscuro. Los contrastes de su pintura oscilan entre la luz y las sombras como si entre sombras fantasmales emergiera un último halito de esperanza que hace que el hilillo de luz brillante genere una sensación de divinidad.

En la nave lateral izquierda de la Iglesia, en una capillita semioscura se puede contemplar petrificado la llamada vocación de San Mateo. En la vocación de San Mateo, la luz entra con Cristo, es el signo de su presencia y acompaña la visión expectante del vidente como queriéndole indicar que Mateo significa “de la mano de Dios”. Es indudable que la luz adquiere aquí la simbología de la revelación de la divinidad.

El personaje de Mateo resulta de lo más llamativo, parece desentenderse de la acción y se entretiene recontando algunas monedas con la cabeza agachada, como quien no desea afrontar la realidad de esa luz cegadora y prefiere huir de ella porque le incomoda su presencia dándose por aludido. Sin embargo el resto de los personajes están cautivados, sorprendidos y afirman con sus gestos y miradas la expresión “es a él”. En todo este ambiente claroscuro se nos deja una constancia, Mateo se acerca a Dios desde las sombras no desde la luz. El que ha sido llamado por la luz vivía en la sombra y ha sido convocado a la máxima expresión de la belleza que como afirmaba San Agustín era la luz.

Esta confrontación entre luz y sombras hacen de esta pintura un espejo teológico que muestra la dualidad del bien y el mal. Un Dios que se revela en la luz frente a unas sombras que son el propio mundo representado en ese grupo de hombres sorprendidos y vestidos con los jubones clásicos del XVI. Pero especialmente prevalece una cita del evangelio del mismo protagonista del cuadro, Mateo, parafraseando una de las profecías del profeta Isaías: “El pueblo que habitaba en las tinieblas ha visto una gran luz; los que habitaban en el paraje de sombras de la muerte, les ha amanecido” Mt 4,16.

Miguel Ángel Millán
 

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