Las Bienaventuranzas

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Estos domingos pasados, San Lucas nos ha mostrado algo de la identidad de Jesús, nos ha hablado de su vocación a ser el Mesías de Dios por ser su Hijo amado y el predilecto. Además nos ha indicado que todos nosotros hemos sido llamados por Dios a ser sus hijos y ha esperado y espera de nosotros una respuesta: ¡Aquí estoy!  Mándame. Jesús nos invita a ser sus discípulos. A partir de hoy, en su Evangelio, Lucas nos va a decir lo que supone ser discípulo y cómo ser realmente discípulo de Jesús. Nos va a clarificar cuál es el camino que Jesús nos invita a recorrer, sabiendo que él es el primero y que va delante de nosotros viviendo las recomendaciones que nos hace a nosotros.

La primera lectura hace de pórtico al evangelio. Jeremías 17, 5-8 refiere una bendición y una maldición. Bendito el que pone su confianza en el Señor; será como un árbol frondoso al lado del río. Maldito el que solo se fía de sí mismo, porque será como un cardo en un secarral. La contraposición está hecha: Fiarse de Dios o fiarse del hombre. Una disyuntiva que no necesariamente debe serlo si encajamos las piezas de Dios y hombre de forma conveniente. Quiero decir que para afirmar a Dios no hay que negar al hombre ni viceversa. De ninguna manera se excluyen. Solo cuando se desvirtúan las confianzas, entonces surgen los problemas y aparece la necedad del hombre que hace una opción equivocada. Dios siempre opta por el hombre, sin dejar de ser Dios. Dios opta por el hombre posibilitando toda su realidad y  que llegue a su plenitud vocacional. Para que eso acontezca, el hombre debe fiarse de Dios plenamente. No se le pide dejar de ser persona y dejar de pensar, sino dejar a Dios ser Dios en su vida y por lo tanto, muchas veces fiarse de Él aunque no veamos claro el por dónde ir. Es bueno dejarse llevar de la mano. ¿Qué nos sucede? Que casi nunca terminamos de fiarnos de Dios. Preferimos guardar distintas cartas bajo la manga para asegurarnos la partida. Nos fiamos hasta cierto punto y en muchas ocasiones nos hacemos los sordos y queremos seguir nuestro camino porque nos parece más llano y seguro. Preferimos no arriesgar demasiado.

En el Evangelio de Lucas 6, 17-26, Jesús proclama su sermón de la llanura en el que resume su plan de acción para los que quieran ser discípulos suyos. Un sermón o discurso donde hay 4 “enhorabuenas” y cuatro “ayes”; cuatro bendiciones y cuatro maldiciones. En realidad hay cuatro contraposiciones: pobres – ricos; hambrientos y saciados; los que lloran y los que ríen; los perseguidos y los aplaudidos. Sabemos todos que en este Evangelio, Jesús, busca claramente la inversión de valores que cada uno de nosotros llevamos en lo hondo del corazón. Nadie proclama feliz o dichoso al hambriento, al sediento, al que llora o es un fracasado. Si yo dejo pasar el evangelio por mi corazón, descubro que no soy ni pobre, ni estoy hambriento, ni lloro y no quiero ser un fracasado. Y cuando oigo los “ayes” resulta que veo que apetezco ser rico, tener seguridades, estar acomodado socialmente y ser bien visto entre la gente. ¿Cómo arreglar esto?

Puedo romper el dilema diciendo que lo que Jesús propone es una utopía, un buenismo imposible y que por lo tanto es irrealizable. Como mucho será el camino para unos pocos privilegiados o especializados en el evangelio, pero el común de los fieles como mucho hemos de intentar vivir los 10 mandamientos y con eso nos basta. Es necesario encontrar una tercera vía donde se pueda mover el montón de gente que vivimos en cierta precariedad cuando no superficialidad nuestra opción de fe y nuestra óptica evangélica.

Pero no podemos llevarnos a engaños y hemos de mirar la propuesta de Jesús como algo ofrecido a todos sus discípulos (no solo a los doce) y propuesto como buena noticia y el modo de hacer llegar o avanzar el Reino de Dios entre nosotros.

Las bienaventuranzas no tienen nada que ver con un espiritualismo desencarnado, individualista y futurista. No sirven para justificar un dato social –que hay pobres y ricos- y que funcionen como una llamada a la resignación con el estatus que me toca vivir y esperar la inversión o la felicidad en el cielo o mundo futuro. Eso sería fiarlo muy a largo plazo y además falsificar lo que Jesús dice.

Las bienaventuranzas no ponen a valer la pobreza, el sufrimiento o el fracaso como valor en sí mismo y como algo que hay que buscar positivamente o como algo contra lo que no hay que luchar. Ya desde ahora habrá que decir que nada de eso sino todo lo contrario, porque Jesús entre otras cosas curó enfermos y resucitó muertos.

¿Qué decir?

Jesús reconoce que Dios siempre se pone del lado de los pobres y desvalidos. Se pone a su lado para levantarlos, para hacerlos su pueblo, para liberarlos de la esclavitud. El saber que Dios está de su parte (los pobres), eso hace que puedan entrar ya en felicidad o en esperanza porque se saben acompañados de Dios. Y a los que no somos pobres (o pensamos que no lo somos) nos invita a entrar dentro del gesto de Dios, que es ponernos a su lado. Significa que queremos hacer opción por los pobres. Y esa opción hace cambiar toda nuestra perspectiva de vida. Es un cambio radical.

Realmente empezaremos a poner nuestra esperanza en el Señor y no en tantas seguridades a las que nos hemos atado y que no nos traen otra cosa que preocupaciones. Vivir las bienaventuranzas conlleva un compromiso personal y efectivo con la pobreza y el sufrimiento; un desprendimiento y un compartir de aquello que es nuestro y un trabajar por la justicia entre los hombres para hacer que acontezca el Reino de Dios. Y esto, si se hace desde una opción por Cristo, entonces se vive en esperanza y en profunda felicidad. Aquellos que lo han probado no tienen ninguna duda de que esto es verdad. El ciento por uno funciona. Además, hemos de decir que la mejor clave de interpretación de las bienaventuranzas es el mismo Jesús,  que en su vida las pone en práctica. Es pobre, llora y trabaja por la justicia y expone su vida por esta causa. Jesús se sabe bienaventurado porque Dios está con él y él se fía de Dios siempre y totalmente.

Pidamos hoy la gracia de ser valientes para vivir el espíritu de las bienaventuranzas. Puede que no seamos pobres, pero podemos empezar a trabajar por y con los pobres. Puede que no tengamos mucha hambre, pero podemos solidarizarnos con tantos que hoy pasan hambre; hambre de pan y hambre de Dios; hambre de compañía y hambre de fraternidad. Puede que no nos toque llorar mucho, pero seguro que podemos acercarnos a muchos para ofrecer nuestro consuelo y ayuda. Ejerzamos de samaritanos y experimentaremos la felicidad.

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