Las bienaventuranzas

JERUSALEN NAZARET 134

El evangelista Mateo desde el principio quiere dejarnos claro su programa y el programa de Jesús. Él quiere mostrarnos a Jesús como el “nuevo Moisés” o nuevo legislador y para ello nos coloca a Jesús sentado en lo alto de un monte rodeado por sus discípulos. Los 10 mandamientos fueron dados a Moisés por Dios, en lo alto de un monte –el Sinaí-. Jesús, sentado en el monte, es el que da la nueva Ley. Él es el “legislador”; Él es la “fuente de la Ley. Nos está manifestando que Jesús es el “Hijo de Dios”.

Y Jesús, desde el principio, quiere dejar claro su programa proclamando los principios básicos que movilizan su vida y los pone como criterio o camino que lleva a la vida, a la felicidad, a la bienaventuranza, a la Salvación.

Las bienaventuranzas a primera vista suenan muy bien y pueden entusiasmar y provocar aplauso. Pero cuando uno entra en el meollo de lo que ahí se dice y pretende vivirlo en primera persona, entonces se descubren dificultades y muchos peros, de tal manera que al final las arrinconamos al mundo de las utopías o de las buenas intenciones. Decimos que la vida nos obliga a ir por caminos más realizables y más cónsones con nuestras apetencias. Todos queremos más. Todos queremos ser ricos, o poderosos, o exitosos, o primeros. Lo demás son cantos de sirena o músicas celestiales.

Esto es tan así, que incluso en la iglesia se ha dicho que el camino normal de la santidad son los diez mandamientos (que se reducen a dos, no matar y no robar) y que las bienaventuranzas son el camino de los especialistas, de aquellos que quieren llegar a la santidad por las sendas extraordinarias marcadas en este segundo nivel que son las bienaventuranzas. Pero de esto no hay rastro en el evangelio. Jesús proclama las bienaventuranzas para todos sus seguidores (discípulos) sin excepción; y las proclama con pasión, gozo y alegría; y las proclama como el camino de la santidad o el camino para que el Reino de Dios acontezca aquí y ahora.

Amigos, las bienaventuranzas son para todos nosotros, y se nos dan como posibles y realizables, y se nos dan para que nuestra alegría sea completa. ¡Dichosos vosotros!

Amigos, las bienaventuranzas no son unas recomendaciones al aire, sino que lo primero que son o recogen es aquello que mueve a Jesús desde su interioridad; son la fotografía de la intencionalidad de Jesús que marca la pauta de toda su vida. La mejor fotografía de Jesús nos la dan las bienaventuranzas. Él es el primero que las vive a tope y por eso tienen la fuerza que tienen. Son el camino recorrido por Jesús en plenitud y por eso son propuestas como camino para todos nosotros. Tengo recogido un escrito de San Agustín que repasa la forma en que Jesús vive las bienaventuranzas. Os lo copio a continuación.

Bienaventurados los pobres de espíritu: imitad a aquel que, siendo rico, se hizo pobre por vosotros (2 Cor 8, 9). Bienaventurados los mansos: imitad a aquel que dijo: Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón (Mt 11, 29). Bienaventurados los que lloran: imitad a quien lloró sobre Jerusalén (Lc 19, 41). Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia: imitad a aquel que dijo: Mi comida es hacer la voluntad del que me ha enviado (Jn 4, 34). Bienaventurados los misericordiosos: imitad al que socorrió al herido por los ladrones y que yacía en el camino medio muerto y sin esperanzas (Lc 10, 30-35). Bienaventurados los limpios de corazón: imitad a aquel que no cometió pecado y en cuya boca no se halló dolo (1 Pe 2, 22). Bienaventurados los pacíficos: imitad a aquel que dijo en favor de su perseguidores: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen (Lc 23, 34). Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia: imitad a aquel que padeció por vosotros, dejándoos ejemplo para que sigáis sus huellas (1 Pe 2, 21).                                                               Quienes imitan estas virtudes, siguen en ellas al Cordero”.

Yo, últimamente insisto en que claves son las dos primeras, y algo así como que las demás son añadidura. No vale reducir, pero permitidme la licencia.

Pobre de Espíritu es igual a “dejar a Dios ser Dios”.

Manso es igual a “dejar al otro ser otro”.

Me explico. Es entender que yo no soy el centro y la referencia. Yo soy “menor” que Dios. Dios es mayor que yo. Sin Dios no soy nada. Pero además Dios es Amor que se desborda en la creación y en todas sus creaturas. Se desborda en mí. Soy objeto predilecto en el amor de Dios. Soy don gratuito de Dios y solo desde Dios puedo ser. Lo mejor es entrar en obediencia a Dios y dejarme guiar por Él. Jesús es el reflejo de la Gloria de Padre. Jesús es el modelo y el camino.

Además descubro que el otro, el prójimo, es igual a mí; pero que es objeto del amor de Dios y por eso también puede ser objeto de mi amor. Por eso entro en respeto y amor hacia el otro en calidad de hermano hasta el punto que puedo decir que “es mayor que yo”. Quiero y puedo dar mi vida por él. Quiero construir Reino de Dios con él sabiendo que el servicio y la entrega son valores fundamentales en el Reino. Jesús vino para servir y no para ser servido.

Desde aquí, intentaré ser pacificador, buscar la justicia incluida la justicia social, haré causa con los afligidos y marginados, buscaré una economía solidaria, seré paciente y respetuoso con los distintos procesos, ejerceré la misericordia y el consuelo, buscaré siempre el Reino de Dios que será hacer en todo momento la Voluntad de Dios.

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