Las Fundaciones. A propósito de emprendimiento

Religión Digital publica el artículo sobre Santa Teresa y el emprendimiento de Ignacio Soret Los Santos, Director de Investigación de ESIC y Director del Máster en Dirección de Logística y Cadena de Suministro. 

No hace mucho tiempo que he leído el Libro de las fundaciones de Santa Teresa de Jesús y he descubierto que la mentalidad de la Santa, fémina inquieta y andariega, como la llamara el Nuncio Sega, hace que sus pensamientos y experiencias sean aplicables a toda organización empresarial y, muy especialmente, a la actitud humana.

Para comenzar, el texto está inspirado en la humildad. Según la Santa, en las fundaciones todo lo dicta el Señor. En cuanto al contenido, la misma Teresa dice: procuraré abreviar, si supiere, porque mi estilo es tan pesado que, aunque quiera, temo que no dejaré de cansar y cansarme. Hay que añadir, aun a título de curiosidad, que escribe en la convicción de que lo que escribe no será visto hasta después de su muerte.

El eje estructural del libro de Las Fundaciones lo forma la obediencia: en esto entiendo estar el irse adelantando en la virtud y el ir cobrando la de la humildad. La Santa relata valiosos aspectos en la constitución de cada monasterio. Se enfrenta a quien fuere menester: ayuntamientos, nobleza…, a la misma sociedad. Sabe, por el contrario, con quien aliarse: no se busque hombres piadosos ni santos –dice- sino que sean sabios.

Santa Teresa es capaz de fundar, como dice ella, sin blanca, la moneda de menor valor de la época, aunque siempre aparecen doncellas virtuosas adineradas que le ruegan que las tomen en el monasterio. Teresa de Jesús quiso, en su primera etapa, que sus conventos vivieran sólo del trabajo de las monjas. Sin embargo, la pobreza, sobre todo en lugares pequeños, la llevaron a aceptar fundaciones con un capital básico, aportado por un fundador y de cuyas rentas se vivía.

Pero lo que importa, según la mentalidad de la Fundadora, es que las monjas no se distraigan en asuntos materiales; o se confía, por pobreza, en las limosnas o se pone renta suficiente. Esto no se contradice con la advertencia que hace a las hermanas: ocuparse mucho en oficios para que no tengan que estar imaginando, que aquí está todo su mal. Porque he visto –dice Teresa-­ haber más espíritu cuando no tienen los cuerpos cómo estar acomodados que después que ya tienen mucha casa y lo están.

La Santa dicta continuamente normas de comportamiento y en ningún caso deja monasterio ni casa propia si no está acomodada y recogida. No abandona nunca si sus delegaciones no están en orden y concierto. En cada casa no debe haber más de trece hermanas; más es un gallinero. Posteriormente se ve obligada a ampliar el número a veintiuna. Pero, de ninguna manera, el monasterio debe ser solución de vida para pobres o con problemas.

Debemos permanecer vigilantes, aunque donde hay necesidad, puédense mal tomar consejos si no dan remedio. Miren que por muy pequeñas cosas va el demonio barrenando agujeros por donde entren las muy grandes. Ante la presunta desesperación, reproduzco aquí nuevamente, para terminar, las palabras dichas por el Señor a la Santa: espera un poco, hija, y verás grandes cosas.

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