Lo reconocieron en la fracción del pan

camino de Emaús

Hemos celebrado la Pascua del Señor durante los ocho días que van desde el domingo de Pascua de resurrección hasta el domingo de la octava pascual.  CRISTO HA RESUCITADO ha sido el grito de alegría que resuena en la celebración de estos días. Ahora seguimos celebrando el acontecimiento a lo largo de 50 días que culminarán en Pentecostés. Todo este tiempo será “Tiempo Pascual” y durante los domingos (7 domingos) la Palabra de Dios nos ayudará a verbalizar y profundizar en lo que significa el acontecimiento de la Pascua para nuestras vidas. Sabemos que Jesucristo, una vez resucitado, ya no muere más. También sabemos que la experiencia pascual de los primeros testigos es irrepetible porque solo ellos conocieron al Jesús histórico y solo ellos podrán dar testimonio de que aquel al que conocieron, que había convivido con ellos durante varios años a las orillas del lago de Galilea y que un día había sido condenado a muerte colgado de un madero y que ahora está vivo porque Dios lo ha resucitado de entre los muertos. Ellos nos contarán esta experiencia para que, creyendo, aún sin haber visto, nosotros también tengamos la Vida Eterna en y por Cristo resucitado.

Desde el principio las comunidades cristianas se hacen la pregunta: Si está resucitado: ¿Dónde está? ¿Qué hace? ¿Cómo hacer comunión con Él? Porque si está vivo está claro que no puede estar inactivo o inoperante. Su presencia se debe hacer notar de algún modo en medio de nosotros.

La Palabra de Dios, en estos domingos, de alguna manera quiere dar respuesta a estos interrogantes, aunque, evidentemente, va mucho más allá de estas preguntas y caben resonancias múltiples ante la Palabra. Yo voy a intentar dar respuesta a estas preguntas desde las lecturas proclamadas en los distintos domingos.

El domingo pasado, al narrarse la aparición a Sto. Tomás, ya se daba una primera respuesta a las preguntas del ¿dónde? encontrar a Jesús. La respuesta es que Jesús se encuentra en la comunidad. Jesús les había dicho aquello de “cuando dos o tres estéis reunidos en mi nombre, yo estaré en medio de ellos”. Es de importancia capital entender este mensaje. No parece posible el encontrarse con Jesús si no es al amparo de la comunidad. Somos “juntos”. Sto. Tomás solo “ve” al Señor cuando se integra de nuevo en la comunidad.

El Evangelio de hoy (Lc 24, 13-35) es uno de los relatos más hermosos sobre el acontecimiento pascual. Siempre que lo leo me emociona y conmueve el alma. Poco a poco a medida que avanzas en la lectura se va enardeciendo el corazón. Y es que esto debía buscar el evangelista y de verdad que lo consigue. La narración es paradigma de una catequesis para mostrarnos el dónde está el resucitado.

Una primera respuesta es que está “en el camino”; en los caminos de cualquier lugar y tiempo. Nuestra vida, la vida del hombre y del creyente es un camino existencial que linealmente o a bandazos camina hacia un encuentro con Alguien. El Evangelio habla de un camino de ida y vuelta o un zigzag tremendo en la vida de los caminantes. Hay un “antes” y un “después” muy claro desde un acontecimiento único.

El camino de ida o camino hacia Emaús es el camino del que pasa por cañadas oscuras y sombras de muerte. Es el camino de la desesperanza, de la desilusión, del desconsuelo y de la derrota. Volver a lo de siempre para seguir igual. Esperábamos “el reino”, esperábamos la liberación política, esperábamos la justicia y el derecho y lo que hemos encontrado es la muerte del que garantizaba estas expectativas.  Las cosas no habían cambiado nada. Con Jesús y sin Jesús seguían las cosas igual o peor. No se veían “brotes verdes” por ningún sitio.

Este camino de Emaús es igual o parecido al de muchos de nosotros creyentes del siglo XXI que tenemos y caemos en la tentación de la desesperanza y de la derrota. No hay nada que hacer y lo mejor es retirarse a los “cuarteles de invierno” para no hacer nada. Esta actitud existencial en nuestras vidas puede ser algo de algún momento concreto o puede ser algo más permanente y duradero. Es bueno revisarlo a la luz de esta palabra.

El caminante se hace el encontradizo con los dos discípulos. Es Él el que sale al encuentro. Es Él el que busca y tiene la iniciativa. Pero a la vez, nos está diciendo que a Jesús se le encuentra en cualquier persona que sale a nuestro encuentro o se nos hace el encontradizo. Podemos recordar aquí la parábola del “buen samaritano”. En cualquier “prójimo” el Resucitado nos sale al encuentro.  El resucitado se identifica con los marginados, y los caminantes. Un vaso de agua que deis a uno de estos lo hacéis conmigo.

Pero el evangelio de hoy incide sobre todo en que a Jesús resucitado se le encuentra en las ESCRITURAS. Importantísimo. La Palabra de Dios que va de Moisés a los Profetas y Salmos (toda la Biblia) es la que habla ya del Resucitado y es hurgando y meditando en las escrituras donde podemos encontrarnos con el Resucitado. Podemos ver el plan de salvación de Dios y conocer cuáles son sus caminos y cómo todo se cumple y culmina en el Resucitado. Toda la Escritura habla del Mesías, del Señor resucitado.

Los discípulos de Emaús van calentándose en el corazón y se abren de nuevo a la comunidad. Acogen en su casa al peregrino; vuelven a ser fraternos desde la escucha de la Palabra. Comparten con el peregrino pan y hogar. Puertas abiertas. Puede entrar el resucitado. Qué importante es esto de las “puertas abiertas”. Quitar cerrojos y dejarse invadir el corazón y el bolsillo. Toda una lección.

Reconocen a Jesús EN LA FRACCION DEL PAN. Jesús repite los gestos de la última cena. Coge el pan, lo bendice, lo parte y se lo da. Es el punto de llegada de la narración. Reconocen a Jesús en la fracción del pan. Importancia de la comunidad, de la oración, de la eucaristía. El resucitado se hace presente en medio de nosotros en la Eucaristía. Eucaristía que no es un “aerolito” en medio de la semana sino que es ir al encuentro de alguien que nos convoca junto con los hermanos para celebrar la Pascua. Ahí está el resucitado del que comemos y bebemos su cuerpo entregado y su sangre derramada. Así pues, la Eucaristía es culmen de la vida cristiana.

Los discípulos transformados por el encuentro vuelven corriendo a Jerusalén para anunciar al resucitado.  Allí se encuentran con que también los que habían permanecido unidos en la comunidad habían experimentado y visto al resucitado.  Hemos de descubrir que el encuentro con el resucitado en la eucaristía ilumina y reanima nuestra vida para volver a los caminos entusiasmados y transformados. Encontraremos los problemas de siempre y situaciones parecidas, pero podemos contemplarlas con nuevas perspectivas y con ganas de vivir la solidaridad, la fraternidad y la compañía. Volver a los caminos de la vida, ligeros de equipaje, pero con ganas de compartir y de rehacer la historia acompasándola más a los planes de Dios que apuesta por la Vida plena ya ahora, porque Cristo ha resucitado de una vez para siempre. La Eucaristía es también fuente de la vida cristiana.

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