Manteneos limpios para el Día de Cristo

homilia

Jerusalén, la ciudad de David, está arruinada, devastada, vacía. Sus habitantes llevan en el exilio varias generaciones. Los habitantes en el exilio viven entre el luto y la aflicción, la misma que padece Jerusalén. Muchos exiliados han dejado de fiarse de Yahvé y se han ido con otros Baáles (Señores) que parecían más fuertes y seguros; al menos no les iba tan mal a sus dueños y señores los Asirios y Persas. El profeta Baruc (5, 1-9) anuncia un nuevo éxodo hacia Jerusalén. Es la ciudad la que está invitada a ver el espectáculo de la vuelta. Un pueblo en fiesta porque el Señor ha decidido terminar con su oprobio y restituirle las galas de una novia que vuelve en cortejo real hacia la ciudad santa. La ciudad que retoma su nombre de “Paz en la Justicia” y “Gloria en la piedad”.

Jerusalén, cuyo nombre significa ciudad de paz, adquirirá de nuevo la paz pero desde la justicia. Paz que conlleva todos los dones de Dios hacia su pueblo, que será colmada con la encarnación del Príncipe de la Paz como el gran Don de Dios a todos los hombres. Y la Gloria de Dios la iluminará. Gloria de Dios que no es otra cosa que Dios en cuanto se hace sentir en la vida y en la historia del hombre. Dios que entra en nuestra historia, la toca, la ilumina y la trasforma. Dios nos toca por dentro y nos hace hijos. Esa “Gloria” de Dios se manifestará plenamente también en la encarnación del Hijo. En Él vemos la Gloria de Dios. Gloria en la “piedad”. Piedad es virtud de los hijos; justamente esa gloria, por Jesucristo, nos hace a todos hijos de Dios y hermanos unos de otros. La piedad, la paz y la justicia se construyen y fluyen desde la fraternidad y en nuestra filiación divina.

En la ciudad de Filippo existe una pequeñísima comunidad de cristianos fundada por Pablo (Filip 1, 4-11) cuando visitó esa ciudad. Eran pocos y casi todos esclavos. Ningún poder y pocas perspectivas de crecimiento. Sin embargo, Pablo está entusiasmado con ellos y su labor de testimonio en medio de la ciudad hostil o para nada interesada en el anuncio del evangelio. Pablo descubre en ellos la sal que puede salar a los habitantes de la ciudad y la luz que puede iluminar. No le importa tanto el número. Le importa la fidelidad y la coherencia de vida de los creyentes Ruega por ellos para que sigan creciendo en el amor y la fraternidad o compenetración mutua. Pero fijémonos que Pablo pone el fundamento de la comunidad y su misma vida en la acción de Dios sobre ella. Es Dios el que inaugura esa empresa y el que la llevará a término. En definitiva, unos plantan y otros riegan, pero el que hace crecer es el Señor. La dinámica de amor en la comunidad y su testimonio en la fe, les llevara a estar preparados para el día del Señor o día de Cristo. Pablo afirma claramente esta llegada del Señor, para él próxima, y habla de ella con alegría y esperanza. El día de Cristo no es una catástrofe sino que será el gran día en el que toda la humanidad y la historia pasen plenamente a participar de los dones de Dios en la Jerusalén celestial.

Este segundo domingo de Adviento, conviene mantener todavía la mirada puesta en esa segunda venida del Señor a la que nos estamos preparando. Es la venida real que esperamos y se hace objeto de nuestra esperanza. El Señor “en carne” ya llegó. Esa venida no la podemos preparar. Esa venida, que fue hace dos mil años, es la que fundamenta nuestra esperanza en el advenimiento de la segunda venida. Y es esa venida la que hemos de preparar. El Adviento es el tiempo sacramental o tiempo propicio para llamarnos a que no nos dejemos caer en la tentación de amoldarnos al tiempo presente o al devenir, sin más, de los acontecimientos. No estamos en un círculo virtuoso o vicioso –me da igual- que cual espiral va avanzando sin término y sin rumbo; tan solo guiado por el azar y a veces el capricho de los hombres. Nuestra fe y nuestra esperanza en Cristo nos invitan a mirar al futuro que viene o llega en ese “Día del Señor” y del que cada día o cada año subimos un peldaño de la escalera que finaliza justamente con la llegada o venida del Señor. Un día bi-fronte porque finaliza esta historia y este tiempo y se inaugura el tiempo de Dios en un día que ya no tendrá ocaso.

El Evangelio de Lucas (3, 1-6) nos hace mirar al pasado histórico de la Encarnación del Señor. Con una entrada solemne nos anuncia y presenta a Juan Bautista. Sitúa al personaje en una época o tiempo de la historia muy concreta y real. Aparece Juan en los tiempos de Tiberio, Pilato, Herodes, Lisanio, Anás y Caifás. Cada uno de ellos representa a figuras importantes del poder político y religioso del momento. Son todos ellos buenas piezas. La Encarnación tendrá lugar no en los mejores tiempos ni entre las personas más buenas, sino que será en un espacio y tiempo vulgar donde hay gente buena y gente no tan buena. Juan aparece ahí, en medio de todos ellos. La Palabra de Dios ha descendido sobre él, el hijo de Zacarías e Isabel, y le empuja al desierto para dar testimonio del que ha de venir. Él es la Voz que grita en el desierto el cumplimiento inminente de lo que anunció Isaías y Baruc. Es necesario preparar el camino al Señor que está a la puerta y viene. Para ello invita a la conversión del corazón para que se borren los pecados y el hombre escuche y obedezca la voz de Dios.

En el día de hoy peregrinamos por el desierto de la vida. Nos encontramos con un “lugar” hostil. Parece que el Evangelio no es buena noticia para casi nadie. Se hacen oídos sordos a la Voz de Dios. Al menos eso es lo que aparece a primera vista y nos hace tambalear en nuestra labor evangelizadora. Quizás haya que mirar menos a los que nos rodean inapetentes y más al interior de cada uno de nosotros y de nuestras comunidades. Y crecer en el amor como nos invita San Pablo. Los primeros cristianos evangelizaron justamente porque se amaban entre ellos y eso contagiaba y atraía. Pablo no lamenta que sean pocos. Se alegra de la fuerza de su amor. No hago un llamado al intimismo sino a la seriedad de la conversión. Desde ahí nace el compromiso y la tarea por la trasformación del mundo; desde ahí se pueden rebajar las colinas y allanar los valles. Desde ahí, desde el amor a todo y particularmente a los pobres, se pueden cambiar las estructuras; se pueden derribar fronteras injustas entre países y pueblos; se puede compartir en fraternidad; se puede crecer en compromiso social y trabajar por la justicia. Además, también se crece y trabaja por el encuentro con el Señor, por la oración, la vigilancia y el estar alerta para percibir el paso de Dios por nuestras vidas y por nuestra historia de cada día.

Preparemos el camino al Señor. Ven, Señor Jesús.

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