Homenaje al beato Juan María de la Cruz y al Siervo de Dios P. Martino Capelli

dehonianos

No nos parece que sea exagerado tildar de histórico lo que aconteció en la tarde noche de ayer 13 de noviembre, contando como testigo el río Tíber, bajando con la fuerza de las lluvias del noviembre romano. Histórico porque nos habla de historia viva. La basílica de San Bartolomeo all’Isola, confiada desde 1993 a la Comunità di Sant’Egidio, acogió a todos los Superiores de las entidades de la Congregación SCJ, junto a los miembros de la Casa generalizia de Roma, para hacer memoria de dos de nuestros religiosos asesinados por su condición religiosa y su perseverancia en la entrega apostólica: el beato Juan María de la Cruz y el Siervo de Dios P. Martino Capelli.

Tras una visita explicativa y honrar a los testigos de la fe de los siglo XX y XXI, se celebró la bella oración de vísperas de la Comunità di Sant’Egidio. Portada por el Superior provincial de Italia del Norte y acompañado por el Superior general, se entregó el original de la renovación de votos de 1931 del P. Martino para ser depositado en el altar de las víctimas del nazismo. Más tarde, el Superior general acompañó en esta ocasión al Superior provincial de España durante la colocación de la reliquia del beato Juan María de la Cruz en el altar de los “Nuevos mártires” de Europa.

Quedan, pues, estas reliquias y recuerdos de nuestros religiosos dehonianos unidas a las muchas ya colocadas en las capillas laterales en recuerdo memorial de los cristianos y cristianas de toda confesión que han dado su vida por Cristo y su Pueblo durante estos últimos decenios. Esto hace de la basílica de San Bartolomé lugar obligado de peregrinación para todo dehoniano que visite la Ciudad eterna.

Estos hermanos nuestros, junto con todos los que evocamos en la jornada de la Memoria Dehoniana del 26 de noviembre, se convierten cada vez más en esos necesarios modelos de la consagración y vocación dehonianas, siendo una prioridad aumentar nuestro conocimiento de sus vidas y de los caminos abiertos por ellos ante nosotros; caminos que son de Cristo, pues así lo confirma su sangre derramada.

P. Juan José Arnaiz, scj

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