Me voy y vuelvo a vuestro lado

Homilía
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VI Domingo de Pascua

La Palabra de Dios de este domingo crea un ambiente de despedida. Y es que tenemos muy cercana la fiesta de la Ascensión del Señor. Y, claro, pega bien un discurso de despedida. Pero hay que tener en cuenta que el evangelista Juan, en el texto que se ha proclamado, no está pensando en la fiesta de la Ascensión, sino que está pensando en la Pascua del Señor; es decir, está pensando en la pasión y muerte, como ausencia del Señor. Después, para él, de inmediato viene la exaltación de Jesús y el don del Espíritu. La vuelta del Señor, será la del Cristo resucitado, rescatado de la muerte y del abismo. El Resucitado es el portador y dador del Espíritu Santo en el primer día de la semana, en el mismo día de su Resurrección.

El evangelio de hoy transcribe los momentos antes de su pasión y muerte que hacen brotar de su corazón sus mayores intimidades. Jesús revela aquello que le ha movido a vivir y por lo que ahora va a morir. Revela al Dios – Trinidad de una forma vitalista y existencial sin ningún algoritmo teológico.

Dios es AMOR que contagia al discípulo. El discípulo se sabe amado, como el Hijo se sabe amado por el Padre. El discípulo responde con amor al amor del Padre y del Hijo. Y la reacción del Padre es seguir amando y venir con el Hijo y hacer morada en la interioridad del discípulo. El Padre y el Hijo huéspedes en el corazón del creyente y de los creyentes o de la comunidad.

Giro copernicano en la religiosidad y en la religión. Hasta ahora y siempre las religiones han tratado de unir o puentear a Dios y al hombre. Por medio de ritos y purificaciones, de leyes y liturgias han pretendido llegar a Dios, que estaba en la cima, cúspide social, o en el lejano cielo o esfera de los “dioses”. Ahora resulta que es el mismo Dios, el que busca, se abaja, viene y hace morada dentro de nosotros. No hace falta ninguna mediación. Él mismo, en el Hijo, se hace mediador; pero un mediador que no separa sino que unifica y comunica vida eterna. Nos hace de su estirpe. La comunión, la comunicación con Dios está garantizada por esta inhabitación de Dios, Padre e Hijo, en cada uno de nosotros.

Y es a continuación cuando Jesús habla del Espíritu, el Paráclito, el defensor, el rescatador, el fiador, el defensor, el padrino o compadre. El Espíritu es el Amor que entrelaza y une al Padre, al Hijo y a nosotros con el Padre y el Hijo. El Espíritu es el dador de Vida, el que nos vivifica y hace libres.

Jesús saluda y trae la Paz. La “Paz” es él mismo. Es el cúmulo de bendiciones que el Padre da y entrega al hombre. El don del Padre, el don mayor es el Hijo que nos trae la Paz a todos los niveles. Estamos reconciliados, pacificados en Cristo. Estamos liberados en Cristo, estamos resucitados con Cristo. Somos criatura nueva, realidad nueva. Somos hijos en el Hijo. Ya se nos ha entregado todo.

Por eso, sigue diciendo, no tengáis miedo, que no tiemble vuestro corazón, no os acobardéis. Palabras fuertes y de ánimo, aún en medio de la desolación del terremoto de Ecuador, de los náufragos del Mediterráneo, de los campos de concentración de los fugitivos de la guerra, de las hambres de África, de los sin techo, de los afectados por el paro. No temblar, no temer. Mirar adelante con esperanza. Todos rescatados en la mano de Dios, pero a la vez, todos convocados a la tarea de reconstruir corazones rotos y casas rotas. Es una tarea ardua, difícil y duradera. No podemos pasar de ella y dejar caer en el olvido estas situaciones dramáticas. A muchos nos y les toca ser signo sacramental de esta cercanía de Dios y de este estar presente Dios en medio de la hecatombe y de todo ser humano que sufre.

El Apocalipsis 21, 10-23 habla de esta ciudad que baja del cielo, la Jerusalén celestial, donde ya no hay santuario alguno (se hace cierto aquello de adorar a Dios en espíritu y en verdad) donde la luz que ilumina es Dios mismo, el Padre, y el Cordero. Esa es nuestra esperanza, pero no me cabe la menor duda de que el autor del Apocalipsis no piensa solo en futuro, sino que ve realizada esta concreción de la ciudad santa de alguna forma en el presente histórico que vivimos. La venida del Reino, no es solo esperanza futura, sino que también es o se anticipa en el presente, porque Cristo nuestra Pascua ha sido inmolado y ha acarreado la bendición (paz) de Dios sobre todos nosotros ya ahora.

El libro de los Hechos 15, 1-29 narra el acontecer en la historia de esa esperanza futura. Se navega desde el principio entre dificultades, pero se sale adelante airosos mientras se mantenga la comunión y la fidelidad al Espíritu Santo que es el que va desbrozando y empujando para que vaya avanzando el Reino de Dios. El llamado “Concilio de Jerusalén” nos muestra como el agente principal en la marcha de la comunidad creyente o Iglesia es el Espíritu Santo. Se necesita el estar juntos o reunidos en el nombre del Señor y permanecer abiertos a la acción del Espíritu. Este Espíritu saca a la iglesia de los límites impuestos por la cultura, la sangre y el espacio geográfico, la religión, y empuja la evangelización y la Buena Noticia de la Resurrección del Señor hacia tierra y culturas ajenas al judaísmo.

La iglesia es misionera desde el inicio; pero lleva el evangelio como en vasijas de barro. No se debe cambiar el Evangelio, pero las vasijas si se pueden cambiar. La tarea de inculturar el evangelio no ha terminado ni terminará nunca. Y inculturar no es solo en las culturas distintas a la europea, sino que también aquí tenemos la tarea de evangelizar esta cultura nuestra donde el valor Dios, Jesucristo, Iglesia no se cotiza al alza sino todo lo contrario.

 

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