MES DE MARZO CON EL P. DEHON, 22 de Marzo

FUNDADOR: MUERTE Y RESURRECCIÓN

Si las actividades sociales y las de escritor dieron muchas satisfacciones a Dehon, la fundación de la Congregación fue para él ocasión de muchas pruebas y sufrimientos: se dio el abandono por parte del clero y de muchos otros amigos, los desastres económicos, una grave enfermedad personal, incomprensiones por parte de algunos primeros discípulos… hasta llegar a la supresión de los Oblatos del Corazón de Jesús (8 de diciembre de 1883), debida a calumnias y falsas informaciones ante la S. Sede. Esto forma parte del plan de Dios. Las obras de Dios tienen necesidad del sacrificio total; tienen necesidad de ser selladas por la cruz. Es el testimonio dejado por Jesús: solo aceptando la muerte de cruz fue hecho salvador de los hombres y redentor de los pecadores. Por las Obras de Dios este evento se llama la muerte en cruz: el “Consummatum est”“.

 

También el P. Dehon, Dios le pidió la muerte de la Obra que apenas había fundado. Una serie de circunstancias desfavorables atrajo la atención del S. Oficio sobre el nuevo instituto. Fundada ya la obra de los Oblatos del Sagrado Corazón, el P. Dehon se sentía sostenido por las “luces de oración” de una santa religiosa: sor María de S. Ignacio, que animaba al padre a continuar. El P. Dehon las consideraba como “revelaciones” por parte de Dios, casi garantía de la voluntad divina. El Santo Oficio condenó como error clasificarlas como ‘revelaciones’ y fundar sobre ellas una obra en la Iglesia. Entre los primeros miembros de los Oblatos fue acogido un sacerdote, el P. Captier, neuropático y megalómano. Pretendía ser considerado “co-fundador” de la Obra. Había escrito Constituciones y reglas, que acabaron en el tribunal del S. Oficio como si fuesen las Constituciones de los Oblatos del Corazón de Jesús. Ante tal documentación, además de cartas calumniosas contra el P. Dehon, el S. Oficio reaccionó suprimiendo los “Oblatos del S. Corazón de Jesús”. El P. Dehon recibió este “decreto de muerte en la bella fiesta de la Inmaculada”: era el 8 de diciembre de 1883.

Así afrontó el P. Dehon esta muerte en la cruz: “Año 1883-1884. Es el año del “Consummatum est”, el año terrible. ¡Qué angustias! ¡Qué laceraciones! Había dejado, roto, sacrificado todo para fundar la obra de la reparación al S. Corazón; todo: la carrera en el mundo, el éxito, muchos amigos, las esperanzas y la paz de mi familia… Tras meses de ansiosa espera, llegaba el decreto de muerte. Quedamos en la tumba, no tres días, sino tres meses, después vino una pequeña resurrección; pero durante todo el año quedó como un eco la sentencia de muerte, que resonaba cada día. En torno a mí había espanto, desánimo, desilusiones como en los discípulos de Emaús. No sabría decir cuánto sufrí en este año, sobretodo durante el invierno, antes de la humilde resurrección del 26 de marzo de 1884. Ciertamente, fue necesario un sostenimiento sobrenatural para que no me desanimase y muriese” (NHV, VIII, 66).

El sello de cruz no se había hecho esperar: habían pasado apenas cinco años desde el nacimiento de los Oblatos del Corazón de Jesús y… ¡sobreviene de improviso la muerte!
 

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