“Mirad que llegan días”

cristo

Este domingo funciona en la práctica como el “último de cuaresma” y por eso nos presenta de lleno el misterio de la CRUZ de Jesús. Como entrada tenemos a Jeremías 31, 31-34. Es un capítulo diferente a todo el libro de Jeremías. No hay lamentaciones ni amenazas. Sí que hay una sensación de decir: “basta; no hay remedio con esta gente”. Jeremías ha intentado todo para que el pueblo entrase en razón y no consigue nada. Por eso concluye que solo Dios puede arreglar esto. Eso le lleva a profundizar en el sentido de la Alianza y ve claramente que solo con el cambio del “corazón” del hombre podrá arreglarse este mundo. Y anuncia ese cambio por obra y gracia de Dios que escribirá su alianza en la interioridad del hombre. Dios hará una “creación” nueva para que el hombre responda a las invitaciones de Dios.

Jeremías empieza su exhortación diciendo: “Mirad que llegan días”; Jesús en el Evangelio de hoy (Juan 12, 30-33) dice: “Ha llegado la hora”. Estamos justamente en el momento en que se va a fraguar esa nueva alianza. Es la hora del Hijo del Hombre. La hora crucial y definitiva para la creación del mundo y para la humanidad. Jesús explica el contenido de esa “hora”. Hora de “glorificar” o de hacer la Obra de Dios. Jesús, como el grano de trigo, tiene que morir y ser sepultado para fructificar, para dar la vida. Y repite su permanente “estribillo”: El que pierde la vida por los demás la gana. Para Jesús gana el que pierde. El que se ama a sí mismo, se pierde. El que entrega su vida por los demás, la gana.

Para Jesús este estilo de vida no resulta fácil. Para nada es camino de rosas. Y llegada “la hora” vemos cómo Jesús “se agita” y pide que si es posible pase de él aquel cáliz. Pasar por el trance de dar la vida no es nada fácil. Estamos tentados de dejarlo todo; de preguntarnos si realmente merece la pena todo eso; si no es mejor seguir otro camino que no implique tanto riesgo y tanto sufrimiento. Jesús sale fortificado con las palabras del Padre. “Lo he glorificado y lo glorificaré”. Este Jesús permanentemente abierto a Dios – Padre es el que tiene un corazón de carne, un corazón nuevo que le hace vivir la Alianza desde dentro, desde la interioridad, desde el amor que Dios le (nos) tiene y que sabe que ese Dios no le va a dejar en la estacada.

Y justamente por eso, esa estaca, esa cruz se convierte en la señal del momento cumbre de la salvación. Jesús será elevado sobre la tierra para atraer a todos hacia Él. Es el nuevo árbol de la vida plantado en el Edén de la tierra.

Dios en su Hijo en la cruz nos está dando su última y definitiva Palabra. Nos ama tanto que nos lo entrega. Ya no puede hacer más por nosotros. En el Hijo ha puesto toda su “carne en el asador”. Solo espera de nosotros que entendamos su Palabra y que la acojamos. Ciertamente que no está con las manos cruzadas esperando. Dios trabaja todos los días por nuestra salvación. Pero hoy nos conviene contemplar esta Palabra de Dios pronunciada definitivamente en su Hijo clavado en la cruz, muerto para nuestra salvación.

Por la cruz, el príncipe de este mundo va a ser echado fuera. Eso dice Jesús. Y debemos creerlo. Las fuerzas del mal han sido echadas fuera. Nadie nos puede atenazar. Somos libres. Somos hijos de Dios y solo a Él hemos de escuchar.

La cruz es también el momento en que Jesús muestra su amor y fidelidad al Padre en grado máximo. Jesús, a pesar de ser Hijo, aprendió sufriendo a obedecer. La cruz es el gesto máximo de obediencia al Padre; de entrega total y absoluta en la que se juega su vida a fondo perdido. Dios no lo abandonará, aunque ciertamente está viviendo ese “abandono”. El momento del calvario y de la cruz son momentos oscuros para Jesús; su vida pasa por cañadas oscuras. Pero se sabe de la mano de Dios y confía totalmente en Dios. A él le encomienda su vida.

En esta obediencia del Hijo al Padre se rompe la “desobediencia” de Adán y se restaura y establece la definitiva alianza de Dios con el hombre sellada con el signo de la cruz de Jesús.

Jesús, hoy, una vez más, nos invita a seguirle, a caminar hacia adelante, a coger la cruz y no desecharla. Él es el camino; si le seguimos encontraremos también la vida eterna.

Todo el camino cuaresmal ha sido una invitación al seguimiento de Jesús y también ver cómo va nuestro seguimiento. Se nos ha invitado a la conversión, a adecuar nuestro camino con el camino de Jesús. También ahora, al finalizar la cuaresma es el momento adecuado para celebrar nuestra conversión en el sacramento de la penitencia. En muchas parroquias se nos invita a Celebraciones Penitenciales para que comunitariamente vivamos el perdón de Dios y de los hermanos con los que caminamos día a día en nuestro ir hacia la Pascua. Desde éstas letras os invito a que participemos plenamente de una de estas celebraciones penitenciales. Será un momento celebrativo intenso donde experimentaremos el gozo del perdón de Dios y de los hermanos.

También quiero exhortar a todos a que las fiestas de Pascua sean realmente nuestras celebraciones de fe más “solemnes”. Tenemos tiempo de vacación para celebrar mejor. Es importante celebrar todo el triduo pascual, pero sobremanera no debemos perdernos la Gran Vigilia Pascual en la noche del Sábado Santo hacia el amanecer del Domingo de Resurrección.  Si esta Vigilia nos es de difícil asistencia, el Domingo de Resurrección es el gran domingo para nuestra fe. Es el domingo de domingos. No nos perdamos celebrar la eucaristía pascual de este Domingo.

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