El cl. Humberto Hidalgo nos relata su primer mes como misionero dehoniano en Ecuador

misionero dehoniano
Humberto Hidalgo, scj

El P. Artemio López, Superior local de la comunidad de Santa María de la Argelia (Quito), me propuso escribir un breve resumen sobre cuál ha sido mi impresión y experiencia sobre este mi primer mes que llevo como misionero dehoniano en la comunidad de Bahía de Caráquez.

Esta bella ciudad ecuatoriana de la región costanera, perteneciente a la provincia de Manabí, entre sus bellos parajes,  gastronomía y gente me han permitido sentirme muy acogido y contento. Me he encontrado con mucha gente buena, entre ellos mis hermanos de este distrito, el clero de la Arquidiócesis de Portoviejo, la vida religiosa y las diversas comunidades, han sido muy generosos en recibirme con las puertas abiertas, sintiéndome en familia, confianza y aceptación.

Bahía de Caráquez y sus alrededores son una tierra de misión, una tierra donde la pobreza es manifiesta y las carencias materiales, afectivas y espirituales también; son muchos los campos pastorales en los cuales es necesaria nuestra presencia y nuestro aporte en pro de caminar hacia una Iglesia en comunión y participación. Particularmente me ha gustado mucho la cercanía y el aprecio de parte de las dos parroquias que atendemos (Sagrado Corazón de Jesús y La Merced) y las muchas comunidades las cuales en este mes he ido conociendo; hay mucha sed y hambre de Dios y he allí un verdadero reto, de crecer y caminar junto al Espíritu de un Dios misericordioso y cercano.

Por otra parte, he compartido gratamente con la vida religiosa presente en nuestras parroquias; haciendo un pequeño paréntesis sobre nuestra vida religiosa, ella es y será una donación total y libertad en la misión y fe, que brota de la vida compartida. La seguridad de nuestra vida en la misión no está en otra cosa sino en un Dios que se mueve en el desconcierto, la incertidumbre y la fragilidad. Prueba de ello es lo acontecido el pasado sábado 16 de abril, poco antes de las 7:00 pm un fuerte terremoto de 7,8 grados Richter golpeó con violencia las costas del Ecuador, sacudida que duró al menos 45 segundos y generó tantas pérdidas humanas y materiales, la destrucción es enorme, nadie estaba preparado para una catástrofe tan grande, la zona más golpeada es la región de Manabí, cuya capital es Portoviejo.

Sin embargo, la ayuda no se hizo esperar, el pueblo ecuatoriano se desbordó en solidaridad. Muchas son las organizaciones que están ofreciendo su ayuda. En el momento de la necesidad, si bien de un lado se desarrollan la caridad y el voluntariado, de otro lado se producen movimientos de desesperación que no favorecen esta situación y la rebelión, el aprovechamiento y el desespero se hacen sentir. Gracias a Dios, la comunidad y a mí no nos pasó nada,  cada uno se fue comunicando con  sus familiares y provincias. Estos días creció el trabajo y las voces de dolor y angustia, ante una desolación y un sin saber que será de la vida de muchos, sin un hogar y sin un trabajo. Entre nosotros y las hermanas religiosas de la Visitación de María, que nos acompañan y que también perdieron su casa, intentamos trasmitir esperanza, ánimo y alegría a la gente que está a nuestro alrededor. Mi petición estos días ha sido poder ser la calma y la serenidad que muchos necesitan.

Ahora nos toca el camino a la reconstrucción. Si el Señor no construye la casa en vano se cansan los albañiles (Sal 126). El esfuerzo humano y misionero es inútil sin Dios, nos toca seguir adelante, una casa en construcción, la ciudad con sus voluntarios, la vida de las familias, las velas nocturnas, el trabajo cotidiano, los pequeños y grandes secretos de la existencia. Pero por encima de todo se encuentra una presencia decisiva, la del Señor sobre las obras del hombre. Una sociedad sólida nace, ciertamente, del compromiso de todos sus miembros, pero tiene necesidad de la bendición y del apoyo de Dios. En el abandono sereno y fiel de nuestra libertad en el Señor, nuestras obras se hacen sólidas, capaces de dar un fruto permanente. Nuestro «sueño» se convierte de este modo en descanso bendecido por Dios, destinado a sellar una actividad que tiene sentido y consistencia. Ayúdanos Señor a vencer nuestros miedos y resistencias, ilumina nuestra realidad y trasforma nuestro corazón. No hay nada que temer si Tu estas con nosotros. Que nunca dejemos de sentir Tu presencia y danos la fuerza para reconstruir nuestras vidas según Tu voluntad. Amén.

Cl. Gil Humberto Hidalgo Hidalgo

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *