Nicaragua: los niños de la calle en una mirada

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Hay 40 millones de niños de la calle en América Latina, pasan la mayor parte de sus vidas mendigando, vendiendo cualquier cosa, limpiando zapatos… y con frecuencia tienen que recurrir a pequeños hurtos o a la prostitución para sobrevivir.

Gracias a una organización no gubernamental, llamada Casa Alianza, tuve la oportunidad, y creo que también la suerte, de poder conocer esta realidad, hasta el momento casi inexistente en nuestro país. Durante dos meses he estado hablando, jugando, paseando, comiendo, dibujando… con estos niños que no reciben sino desprecio o indiferencia por la mayor parte de las personas que les rodean.

Casi todos estos niños han quedado huérfanos por la guerra civil, han sido abusados o rechazados por sus familias, desintegradas y golpeadas por la pobreza. Extrema pobreza, explotación económica, abusos físicos, sexuales, y emocionales por sus padres o padrastros, son las razones más comunes de por qué los niños abandonan sus familias. Se mantienen frecuentemente en grupos, con otros niños y niñas que como ellos han decidido cambiar el “hogar” familiar por la calle. Duermen en parques, edificios abandonados, terminales de autobuses, en cualquiera de los múltiples mercados, en la puerta de una universidad o de un centro comercial. El Ivan, la UCA, Metrocentro, el Calvario, el Callejón de la muerte, la Casita, Ciudad Jardín… son algunos de los numerosos puntos de encuentro de niños y adolescentes que no tienen otro sitio mejor donde acudir.

Casi todos ellos son adictos a inhalantes, del tipo de disolventes industriales o pegamentos de zapatero, que les ofrece un escape de la realidad. Esta adicción poco a poco da paso a un deterioro físico  y psicológico global. Los “cuerpecitos” se vuelven cada vez más famélicos, tienen alucinaciones, incoordinaciones motoras, edemas pulmonares, fallos en otros órganos vitales y unos daños cerebrales irreversibles. Pese a estos problemas en este mismo momento, esta misma noche, como cada noche triste y sin esperanza, cientos de niños nicaragüenses -algunos de sólo 6 años- se acaban de entregar a estos químicos, inhalados desde que se levantan, para disminuir el dolor, para alejar su hambre y para evadirse de la realidad.

Se les puede encontrar en cualquier lugar donde exista un mínimo flujo de personas, hay que estar ciego para no darse cuenta de su presencia. Demasiado jóvenes para comprender su destino, mendigan, roban y venden su cuerpo para conseguir un poco de comida o un bote de “pega”. Las noches de Managua están llenas de pequeñas inhaladoras de pegamento, “huelepegas”, que alquilan su cuerpo al mejor postor, para conseguir unos córdobas con los que comprar su particular droga. Un bote de pegamento de zapatero que desgraciadamente apenas cuesta 4-5 córdobas (1/2€.). Resulta indignante lo fácil y económico que les resulta conseguir el bote de pegamento, así como repugnan las personas que se lucran con este negocio que corta de raíz unas vidas tiernas, infantiles.

Muchos niños son víctimas de abusos por la propia policía y otras autoridades que supuestamente deberían protegerlos, otras veces son los guardas de seguridad o cualquier adulto quien les maltrata si resquemor alguno. Son unas vidas que no cuentan y que muchas veces no hacen sino “molestar”. Pero pese a todo siguen siendo niños, frágiles pese a su aparente madurez, necesitados desesperadamente de la ayuda de alguien. Cuando tratan de salir de las calles están asustados y han perdido la confianza en todo y en todos. He visto como poco a poco la protección y el amor proporcionados por Casa Alianza les hacía sentirse a gusto consigo mismos y con los demás. En los educadores encontraban los niños cuidados materiales (comida caliente, ducha, ropa limpia) y sobre todo cariño, respeto, un oído atento y un corazón compasivo.

El trabajo con estos niños no es fácil, son numerosos los abandonos y las recaídas, los problemas de conducta son cotidianos, la inestabilidad es algo con lo que se combate permanente. Pero esto se compensa con los pequeños gestos que se observan en el día a día: un sonrisa cuando entras, un abrazo cuando te vas, el compartir sus cosas con otros niños. Y sobre todo compensa volverles a ver jugar, al fútbol, el béisbol o a cualquier otra cosa, como los demás niños; volverles a ver ir a la escuela abandonada hace muchos años, pese a su corta edad y no puedes dejar de emocionarte cuando vuelven con sus familias. Al principio pasan sólo unas horas, luego un fin de semana, más tarde varios días y por último vuelven a reintegrarse con su madre, su tía, su “abuelita” u otro familiar que les abra las puertas de su casa y en la que los niños se sientan acogidos.

Jimmy, Pedro Vicente, Josué, Cesar, Moisés, Nelson … son algunos de estos niños que me han enseñado que pese a lo difícil que pueda presentarse la vida siempre se puede uno reencontrar con la sonrisa perdida, con la ilusión ya olvidada o con la esperanza a punto de marchitarse. Pese a su corta vida todos ellos podrían escribir un buen libro de aventuras: arrestos, peleas, balazos, robos, etc.. Y sin embargo son ejemplo vivo y patente de que con un poco de ayuda de los demás podemos seguir adelante.

 

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