No podéis servir a dos señores: o Dios, o el dinero

DOMINGO VIII –A (02-03-2014)

Tema candente: hoy tocamos el dinero. Transigimos hablar de muchas cosas y nos podrán importar más o menos; pero cuando la reflexión pasa por el bolsillo, entonces se nos encienden todas las alarmas. Y hoy, el evangelio toca “el bolsillo”, o toca “el dinero”. Y lo toca de forma crucial y significativa. Da al “dinero” la categoría de “dios”. No es cualquier cosa, sino que es el  “único” oponente serio al “Único” Dios verdadero. La vida del hombre se ordena (la ordenamos) según elijamos a uno u otro “dios-Dios”. 

Si nos dejamos guiar por los periódicos, los comentarios habituales de la gente y es cierto eso de que “ de la abundancia del corazón habla la boca”, podemos afirmar sin ambages que nuestro ordenamiento social ha elegido como quicio y fundamento seguro de su sostenibilidad a “Don Dinero”. Personalizando más y sincerando nuestro sentir podemos decir que casi todos nosotros, en el fondo y no tan en el fondo, nos movemos buscando seguridades en los haberes de nuestras cuentas bancarias.

Comentar el evangelio de hoy lleva consigo un alto riesgo de no entender y de no ser entendido bien, a la vez que también uno descubre que le “pilla el toro” porque su vida no es coherente con lo que percibe que dice la Palabra de Jesús.

La lectura de Isaías 49, 14-15 es un texto brevísimo pero es una “piedra preciosa” descubierta en medio del campo árido de la destrucción, de la muerte y del exilio. Israel achaca la pérdida de su identidad como pueblo al “olvido de Dios”. Hablar del olvido de Dios puede parecer un lenguaje muy pío y religioso, pero es una impiedad. Es achacar a Dios la culpa de nuestros males. Haciendo un examen riguroso de los avatares de la historia de Israel, tendrían que haber descubierto que los que habían buscado seguridades en “el dinero, el poder, la fuerza” habían sido ellos mismos pactando con otros pueblos y dioses. A Dios se le mantiene en el espacio del “culto”, pero el resto lo hacen a su modo y manera. Isaías, les sale al paso valientemente y pone las cosas en sus sitio. Dios no puede abandonar a sus hijos. Dios, lo lleva en sus entrañas, es fiel siempre; está siempre de nuestra parte y a nuestro lado; está posibilitando nuestro ser y nuestro obrar; indica el camino a seguir; respeta nuestra libertad. No debemos cargar a Dios nuestras responsabilidades. Además, en tiempos de bonanza o en tiempos de crisis Dios sigue trabando caminos de superación y liberación junto con los hombres.

Esta convicción del Dios que es padre y madre a la vez, es de la que se nutre Jesús de Nazaret. Esta es su convicción que se despliega en confianza infinita. Y por eso Jesús elige a Dios-Padre como el quicio de su vida. Fundamento absoluto y permanente en todo momento y circunstancia. Jesús tiene la convicción de que Dios ha tomado la decisión de ejercer su realeza de forma continua y para siempre. El reinado de Dios está ya presente y actuante en medio de nosotros. De esta fe y convicción nace en él su pasión por Dios y por querer ver las cosas desde Dios y ver cómo actúa Dios para obrar en consecuencia. De esta convicción, de esta perspectiva, de esta opción nace el “Sermón del Monte” o las bienaventuranzas y sus corolarios. En el texto del evangelio de hoy (Mt. 6, 24-34) Jesús contempla el obrar de Dios en la naturaleza, en los campos, en los pájaros, en las flores y saca sus conclusiones referidas a los hombres, que son, con mucho, más importantes para Dios, que las flores, los pájaros y la misma tierra.

Jesús repite siete veces el “no andéis agobiados”.  Y vaya si andamos agobiados. Lo podremos llamar estrés o depresión pero los consultorios médicos andan llenos de gente con síntomas de cansancio existencial. Causas de nuestros agobios suelen ser los motivos afectivos o los motivos económicos. Los motivos afectivos fueron contemplados hace dos domingos, hoy son contemplados los económicos.

¿Cómo no andar agobiado por la economía si nos ronda el paro y el “estado de bienestar" se tambalea? ¿Nos estará prohibiendo Jesús que nos preocupemos de nuestra seguridad y de la de nuestros hijos? ¿Será que nos está invitando al “carpe diem”? Al hacernos estas preguntas, aparte de no entender nada de lo que dice Jesús, estamos afirmando el sistema económico que nos hemos dado, donde el referente es el capital y no el hombre. Todos estamos descubriendo que el liberalismo económico somete a precariedad y pobreza a miles de millones de personas(también en nuestro pueblo) y sin embargo todos los seguimos manteniendo en pie con verdadera pasión. El tener, el ganar, el ahorrar, el consumir, el disfrutar de la vida, están en nuestro horizonte y en nuestro mundo del deseo. Ahí está puesto nuestro corazón. Pues bien, justamente eso es lo que cuestiona Jesús y su evangelio. Ese afán por buscar seguridad en cosas que no son seguras ella mismas y por tanto no pueden dar seguridad. Ponemos mucha confianza en la medicina pero no todo lo arregla el médico. El fundamento de la vida está “más allá” de las ciencias, sean económicas, políticas o médicas. 

Jesús invita a poner la confianza en Dios; a buscar el Reino de Dios y su justicia. El resto será “añadidura”. Y es ahí donde tenemos miedo a situarnos. Dios y su Reino nos parece algo demasiado etéreo o escondido. Si Dios existe nos parece que está lejano, dormido, ausente y despreocupado de nosotros. Nos tiene olvidados. Es el lamento de Israel al que hacíamos referencia. No nos decidimos a arriesgar poniéndonos en las manos de Dios o dejándonos llevar por sus mandatos. Hubo una primera comunidad de cristianos que decidieron, para seguir las enseñanzas de Jesús, el ponerlo todo en común. Organizar la sociedad desde el principio de la fraternidad y de la corresponsabilidad. No debió funcionar por mucho tiempo. Enseguida se prefirieron los derroteros de siempre dejando los indicativos de Jesús para personas muy seleccionadas y quedaron reducidos los mandatos de Jesús a consejos evangélicos; tan solo consejos. Y claro está; no son consejos ni tampoco son para especialistas. Jesús los proclama en medio de la gente y para todos sus seguidores. 

Intentemos seguir la invitación de Jesús de confiar siempre en Dios. Confianza que no nos priva de nuestra responsabilidad. Dios no es nunca tapagujeros, paracaídas o “clavo ardiendo”. Dios está a nuestro lado en las duras y en las maduras. Dios es siempre horizonte que nos abre al más allá, incluso cuando estamos en plena tormenta, batalla o dificultad. Dios es siempre Mayor. Dios es siempre el “Dios con nosotros”. FIÉMONOS DE DIOS. Que Él sea el fundamento de nuestra vida.

Gonzalo Arnáiz Alvarez, scj. 

 

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