No quiero ser como ellos

Fue un, ya lejano, 24 de marzo de 1980. Eucaristía, obispo y hierro. Fue el segundo, tras Santo Tomás Becket en reunir esas tres circunstancias. Falta una: la defensa de la verdad de su pueblo, del pueblo que Dios mismo confió a su ministerio apostólico. Hace pocos días, el periódico Avvenire, propiedad de la Conferencia episcopal italiana, lanzó la noticia del voto unánime de los teólogos miembros de la Congregación de las causas de los santos en favor de comprender el asesinato del arzobispo Oscar Romero ‘in odium fidei’, por odio a la fe como razón profunda de su ejecución. Falta ahora el juicio del Congreso de obispos y cardenales, para llegar a la aprobación final del Papa, quien parece que lo tiene muy claro. Al menos, eso parece deducirse de su discurso en la primera audiencia general de este 2015:

“El arzobispo Oscar Arnulfo Romero decía que las mamás viven un ‘martirio materno’. En la homilía del funeral de un sacerdote asesinado por los escuadrones de la muerte él dijo, remitiéndose al Concilio Vaticano II: ‘Todos debemos estar dispuestos morir por nuestra fe, incluso si el Señor no nos concede este honor… Dar la vida no significa solo ser matados; dar la vida, tener espíritu de martirio, es darse en el deber, en el silencio, en la oración, en el cumplimiento honesto del deber; en ese silencio de la vida cotidiana; ¿dar la vida poco a poco? Sí, como la da una madre, que sin temor, con la simplicidad del martirio materno, concibe en su seno un hijo, lo da a la luz, lo amamanta, lo hace crecer y acude con afecto. Es dar la vida. Es martirio’”.

Generación de vida. Valoración de la propia vida. Entrega de lo único que realmente y absolutamente tenemos: la vida; nuestra propia vida. En estos días negros, tan confusos, tan carentes de discurso (excepto uno diáfano: el discurso de la condena y repulsa más que absoluta de los asesinatos de Francia), tan de identificaciones viscerales (¿que tienden a disolverse en el olvido del tiempo?) precisan abrir cuanto antes los espacios de la valoración reposada, de la ponderación de los límites, de la generación de una identidad fuerte y real con la que enfrentar nuestra propia vida y al fundamentalismo de quien se permite tener derecho a arrebatar la vida (cruelmente, inhumanamente) a otros.

Romero nos enseña el criterio para interpretar mensajes (como los religiosos) que pueden estirarse por donde cada ideología y visión de la vida quiera. Curiosamente, en los absolutos aparece la ambigüedad en grado sumo. Heroísmo, entrega, sacrificio de la propia vida son legítimos para el musulmán y el cristiano. ¿Entonces? ¿Es la religión asesina: de modo activo (matar) en el fundamentalista islámico; de modo pasivo (dejarse matar) en el radical cristiano?

No. El criterio es ver si parte de una libertad que genera fecundidad, más vida. Pero esto es ambiguo: es aplicable a las dos posibilidades referidas. Nos hace falta otro: no ir más allá de la disposición de solo la propia vida. La diferencia es muy grande. Es la verdad profunda hecha gesto y vida.

Es tremendamente complicado. Por eso, la fecundidad de Romero fue abrir en un país que martirizaba a parte de su pueblo (pueblo de Dios) un espacio de diálogo social, una reordenación, un desvelamiento de la verdad. Por eso, tenemos que pensar qué ha pasado, qué nos han hecho, qué hacemos, qué somos, cómo somos con el diferente, qué absolutos nos habitan a todos (musulmanes), a todos (cristianos), a todos (laicistas).

Y, efectivamente, solo nos queda la palabra, la expresión libre y responsable. No hay libertad sin responsabilidad. No hay responsabilidad sin libertad. La sátira toma caminos que dejan de lado la discusión de razones que buscan la verdad, porque su “objeto es censurar acremente o poner en ridículo a alguien o algo” a través de un “discurso o dicho agudo, picante y mordaz, dirigido a este mismo fin”, define la RAE. Creo que un camino que parte del censurar no es camino. Va directo a lo que no es razón. Ofende, invade libertad, impone los propios dogmas, duele. Y yo no quiero ser como el extremista musulmán. Yo no quiero ser como ellos. No quiero perder el respeto ni la razón. No quiero ser como ellos. No quiero perder ni la fecundidad ni una vida caminada respetuosamente. No quiero ser como ellos. Querría ser como Romero, porque la diferencia es absoluta, eterna, fecunda, auténtica.

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