No tengáis miedo a los que matan el cuerpo

Homilia

En el evangelio de hoy (Mt 10, 26-33) por tres veces suena la exhortación de Jesús a no tener miedo. Se ve que tenían miedo. Algo empezaba a funcionar de modo distinto al que habían disfrutado hasta el momento. Habían disfrutado las mieles de los primeros momentos de la evangelización junto con Jesús. Las gentes le escuchaban y le seguían. Pero hay un momento de “quiebre” y empiezan a surgir las dificultades. Jesús les habla claramente de su pasión y muerte. Y además les había dicho que “el discípulo no es mayor que su maestro” por lo que si al maestro le iban a ir mal las cosas, a ellos no les iría mejor.

Jesús les da tres razones para que no tengan miedo. La  primera es el mismo evangelio en sí mismo. La buena Noticia no hay quien la pare, porque dentro de ella tiene el dinamismo de la verdad. Una verdad encarnada y operante en los testigos. No es una verdad ilustrada o filosófica sino que es una verdad existencial que salva y libera a toda la persona. Esta verdad hay que contagiarla y anunciarla desde todas las instancias. La luz no se enciende para ocultarla bajo el celemín. Debe iluminar. El discípulo no debe ocultar la razón de su esperanza. Debe manifestarla siempre, sin arrogancia pero también sin tapujos o medias tintas.

La segunda razón es la postura ante la muerte por parte de Jesús y en consecuencia del creyente. La muerte es el último enemigo, pero puede ser vencida. Es más, desde Jesucristo la muerte está “herida de muerte”. No puede ser la razón por la que tenga que ser infiel a mi personal opción de fe. Solo Dios es el Señor de la vida y nadie nos la puede quitar. Pueden arrebatarnos esta historia nuestra de caminante, pero no pueden arrebatarnos la vida que Dios nos ha donado para siempre. Y la muerte no es una realidad última, sino que cada día podemos vivir la muerte, en cuanto entregamos libremente nuestra vida en favor de los demás. Sabemos, por el Maestro, que el que pierde la vida por el otro la gana. Eso nos hace vernos libres del miedo a la muerte por la causa del Evangelio.

La tercera razón va unida a la anterior. El Padre es omnipresente. Está con nosotros. Es Providente. Hasta los cabellos de nuestra cabeza contados. Para Él, cada uno de nosotros somos “únicos” e irrepetibles. Nos quiere y llama por nuestro nombre. Vamos de su lado. Su brazo es fuerte y nos hace cruzar las aguas procelosas de la muerte agarrados fuertemente de su mano que nos lleva a la otra orilla, a su casa, al cielo. La lectura de Jeremías dice justamente esto: “El Señor está conmigo, como fuerte soldado. Mis enemigos tropezarán y no podrán conmigo”.

Finalmente Jesús exhorta a los suyos a que opten por Él. Que la opción fundamental de su vida sea una opción por Cristo y el Evangelio. Merece la pena vivir en plenitud el evangelio cada uno de nosotros en medio de nuestras circunstancias vitales.

Confesar la fe cristiana, tomar partido por el evangelio, dar la cara por Cristo son actitudes para todo tiempo y lugar donde vive un creyente. En nuestro mundo sabemos de lugares donde la persecución a los cristianos sigue aumentando el número de mártires por la fe. El Isis parece no tener descanso en su afán de barrer el cristianismo de la faz de la tierra, al menos de la tierra que ellos pisan. Los coptos están siendo perseguidos y martirizados en Egipto y alrededores. En otros lugares de la tierra la fe lleva a reivindicar derechos humanos fundamentales que son violentados diariamente y que la población mayoritaria sufre ordinariamente.

A nosotros, en Europa, no parece amenazarnos la cárcel o la muerte porque seamos cristianos. Eso puede suceder de forma excepcional. Pero nos toca ser testigos de nuestra fe en los mil detalles de la vid ordinaria en medio de una sociedad cada vez más secularista y descristianizada donde campea la increencia y donde ser creyente en Dios parece algo superado y pasado de moda. El humanismo no necesita de Dios para afirmarse a sí mismo. Los creyentes hemos de mostrar que Dios no se opone nunca al hombre y que solo desde Dios se puede llevar a plenitud el hombre. Con Dios, el hombre llega al cielo. Cristo ha subido al cielo y con él toda la humanidad tiene abierto el camino hacia la Vida. Sin Dios, no resulta fácil construir un mundo más humano y lo que es peor, es que ese mundo no llega a ninguna parte. Solo sirve para ir tirando, en el mejor de los casos, pero nunca se redime a aquellos que se han perdido por el camino a causa de las injusticias de unos contra otros y los demás encaran un “sumo bien” fundado en la nada.

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