Noelia Rodríguez nos cuenta su experiencia como voluntaria en Quito (parte I)

Voluntariado Quito

La misión que realizan nuestros Voluntarios Dehonianos es una labor digna de difundirla. A través de sus estancias en lugares menos desarrollados, los voluntarios dedican sus días a ayudar a las personas más necesitadas. Hemos hablado con Noelia Rodríguez, ella nos ha contado cómo fue su experiencia en Quito.

-¿En qué fecha acudiste como voluntaria y durante cuánto tiempo?

Estuve en Quito en el verano del 2015, un mes, desde mediados de julio a mediados de agosto. Creo que la misión llega en un momento que uno nunca se espera, ni prepara, ni medita. Llega una inquietud, una incertidumbre, unas ganas, una llamada… que te hace saltar al otro lado del océano a entregar cuanto tienes. Al principio ese lugar que se repetía en mi cabeza para ir de voluntariado misionero no era Quito, sino Venezuela. Siempre tuve una sensibilidad distinta hacia ese país, hacia su gente. Durante años iba coincidiendo con gente de Venezuela aquí en España, en las JMJ del 2011, con venezolanos que hacían su noviciado en España… y Venezuela ya latía muy dentro en mí, pero realmente no es viable esa posibilidad de voluntariado por la situación tan crítica y delicada que tienen allí.

Dejé reposar todo durante varios años y cuando volví a sentir esas ganas que me empujaban a saltar el charco, ya tenía el destino de Quito marcado en mi camino. Podría haber sido Bahía, pero realmente desde España iban más voluntarios a Bahía y menos a Quito y para mí también era un reto entregarme a un lugar no tan frecuentado por los misioneros españoles.

-¿Cuándo llegaste, la situación que encontraste allí, era la que esperabas o la realidad superaba la imagen que te habías hecho?

-Antes de marcharme hacia allí tuve la suerte de recibir una formación e ir preparándome sobre todo para aquello de no ir con ideas preconcebidas, dejarse tocar, dejarse hacer y no prejuzgar sobre lo que ya sabíamos desde España o lo ya conocido. Aun así, obviamente, llevaba una idea de lo que allí me iba a encontrar pero para nada me esperaba todo lo que aquello iba a transformar en mí o a hacerme sentir. La realidad superaba la imagen que me había hecho, por supuesto. Sabía que habría miseria, que habría necesidad, necesidad de amor, de evangelizar, necesidad de escuchar, de sentirse querido, necesidad de presencia, de entrega… pero  todo lo que uno lleva en la cabeza se queda atrás cuando ve la realidad de verdad y la vive y tiene que interactuar en ella.

Me encontré con gente que pese a las dificultades, seguían adelante, con una fe tan arraigada e inimaginable que superaba todo lo que nos imaginamos. Me encontré con las manos abiertas de cada persona, dándote lo que tenían y lo que no, con jóvenes dispuestos a sentir, a escuchar, a vivir, a hacer desde la sencillez, donde no importan las grandes cosas, donde da igual lo que seas o quien seas, donde da igual lo que tengas, lo que no tengas… importa la persona, lo que cada uno tiene dentro, lo que cada uno puede dar, potenciar, lo que cada uno elige entregar. Ecuador no es algo que se “espera”, es algo “inesperado”.

-Exactamente, ¿qué tareas desarrollaste en tu voluntariado?

-He de decir que fue un mes muy intenso cargado de actividades y de tareas a desarrollar allí.  Durante la primera semana y después de organizar todo con el P. Pedro, una perfecta imagen viva de la entrega, guía y vocación misionera desmesurada, comenzamos a preparar las actividades de verano de la Parroquia Santa María de la Argelia. El primer objetivo fue la formación de jóvenes que iban a participar de monitores en el campamento vacacional de la parroquia. Trabajamos con ellos aspectos como el trabajo en grupo, el respeto entre todos, dinámicas de grupo, aprendizaje cooperativo y aspectos para desarrollar un buen campamento. También dejábamos parte para otro tipo de formación, como talleres de informática, creación de videos, edición de imágenes, talleres de guitarra, talleres de bailes típicos ecuatorianos, manualidades, globoflexia, etc.

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De esta semana salieron resultados más que buenos, 25 jóvenes, muy distintos, unidos por un mismo fin, en un mismo entorno y con una alegría y ganas de entregarse muy positivas.

Fue un reto muy grande, organizar algo de tanta dimensión, con tantos jóvenes, tantos niños y pocos recursos no fue fácil. En España estamos acostumbrados a tenerlo todo, a preparar las convocatorias con meses antes…fue muy bonito y muy enriquecedor realizar esta semana de formación y la semana posterior de campamento. Los niños son niños igual aquí en España que allá en Ecuador, saben reír igual, jugar igual e ilusionarse igual, solo les hace falta alguien que les guíe, que les de el cariño que necesitan y la atención que merecen.

Otra de las actividades y tarea grande que realizamos allí fue la de irnos de misiones a San Simón, Guaranda, a las comunidades campesinas indígenas o mestizas que allí había. Violencia, insultos, familias desestructuradas, pobreza, miseria, trabajo de campo, soledad y muchas ganas de ser escuchados. Todo eso nos encontramos en las casas de San Simón. Por las mañanas fuimos visitando cada casa, invitándoles a compartir la celebración diaria en el salón parroquial y ofreciéndoles ir a sus casas por la tarde para celebrar la palabra y disfrutar de un rato charlando o ayudándoles a trabajar, cocinar, limpiar, etc.

La formación de jóvenes, el campamento y las misiones en Guaranda, las compaginamos con las visitas al centro de día de ancianos de la Argelia, haciendo con ellos actividades de ocio, ayudando en las comidas… colaborando los sábados en el comedor social “María la Madre buena”, donde se reparte comida a más de 85 familias de situaciones muy complicadas y pertenecientes a todos los barrios de la parroquia. También participando en los viernes de los Callejeros de la Fe, recorriendo el centro histórico, hospitales y rincones escondidos de Quito buscando a gente en la calle que ha caído en las drogas, en el alcohol, en la pobreza o en la soledad, gente que necesita agua caliente, un pan, una oración o ser escuchados. Todo ello junto con las actividades parroquiales diarias, celebraciones, momentos de convivencia, momentos de vida con la comunidad scj…

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-¿Qué colectivo es el que más te impresionó y te tocó un poco más el corazón?

-El momento más duro, pero a la vez el más enriquecedor, fue el tiempo que estuvimos misionando en San Simón, en las comunidades del campo. Detrás de cada familia, y más en estas realidades donde vives con las familias, donde escuchas y vives sus historias, hay muchas veces signos tremendos de violencia, de maltrato, de heridas sin curar y de otras que se van abriendo. Poco a poco fui descubriendo que mi misión en San Simón era mucho mayor de lo que pensaba.

Imaginaros, un pueblo al que no le gusta el contacto, ni hacer comunidad… un pueblo perdido en el campo, donde los recursos son escasos por no decir nulos, donde puedes estar días seguidos sin agua, donde el arroz, el pollo o un jugo de tomate de árbol es todo cuanto tienes y donde ir a desgranar trigo es tu salvación diaria para tener algo en lo que apoyarte económicamente.

El resultado fue de tener el corazón en la mano y al aire libre. ¿Por qué? La gente estaba deseando recibir una mano que le ayudase, que le guiase, que le diese ganas de seguir viviendo, de seguir con alegría, de compartir un rato en torno a la palabra del hijo pródigo o la parábola del sembrador o incluso a un pequeño cuento que nos invitase a querernos y amarnos unos a otros por encima de todo, a perdonar, a compartir, a ayudar, a dar la mano no solo al que está más cerca… Durante esos 7 días de misión me sentí verdadera luz entre tantas casas. El primer día a la celebración vinieron apenas 5 personas, y a medida que esa luz iba encendiendo otras pequeñas velas iluminaba a más personas, a más corazones, y poco a poco nos juntamos familias enteras, niños, abuelos, padres, madres, jóvenes, que necesitaban hacer comunidad y sentirse parte de algo.

De esa experiencia me llevo tanto que es imposible contarlo todo por aquí, muchas anécdotas, muchos momentos de superación, muchos momentos de templanza, de contener a lo mejor las ganas que nos da de gritar viendo a alguien pegar a otra persona pero pensar en que lo mejor es hablar, dialogar e intentar educar por el camino del amor. Y así fue. Hay tanto que hacer en lugares así… la mies es mucha pero los obreros poco.

Seguiremos informando sobre la experiencia de Noelia Rodríguez en Quito.

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