Notas de un viaje del Padre Dehon sobre España hechas crónica peródística. P. Juanjo SCJ

ANOTACIONES DE ESPAÑA, Madrid, 12 de abril
Pese a sus pequeños defectos, su despreocupación casi oriental, y su amor apasionado por el placer, el pueblo español es siempre muy simpático. Ninguna nación ha guardado el espíritu caballeresco, la nobleza y la fiereza de las edades feudales.
En nuestras provincias del Norte, había señores y villanos, caballeros y siervos. Unos tenían la dignidad, la distinción y una cultura delicada, aunque sin erudición; los otros, inclinados sobre el surco o el oficio, guardaban un carácter fuertemente acentuado de vulgaridad y rudeza.
Pero en España, por una cruzada de ocho siglos, necesitaban tantos caballeros que se hizo todo bosque. Dejó pocos para el trabajo e hizo una nación de “caballeros” e “hidalgos”.
Así, ¡este pueblo fiero, distinguido y pulcro, vive en un bello cuadro! Ahí tiene su mezquita de Córdoba con sus doscientas columnas, Granad y su Alambra:
Quien no ha visto Granada no ha visto nada; Sevilla y su giralda: “quien no ha visto Sevilla, no ha visto maravilla”; Málaga y su flora tropical, donde los árabes creyeron ver el paraíso terrestre; Valencia, que los antiguos llaman un rincón caído del cielo (coelum hic cecidisse putes); Elche y sus cien mil palmeras; Burgos, Toledo, León y las “epopeyas de piedra” de sus catedrales.

 

Sí, todo esto es bien bello, pero nosotros ya no estamos en los días de antaño donde la nación caballeresca vivía del botín de guerra, ni en lo siglos de paz donde las colonias enriquecían a la madre patria. Esos tiempos de poesías y de sueños de oro han pasado, y España se encuentra frente a las dificultades de la vida cotidiana. Hace que el hidalgo se imite a Cincinnatus y se ponga a trabajar. Agrieta el suelo para echar la simiente fecunda donde cavar profundamente para pedirle los elementos de la fuerza motriz: la hulla y el hierro.
Creemos al pueblo español capaz de esta evolución y, a 449 decir verdad, ya ha comenzado. La labor se hace aún con el arado primitivo y sin ruedas, o bien con la laya; Castilla tiene aún sus grandes mesetas desnudas y taladas, pero Valencia multiplica sus naranjos; Alicante, sus viñas; Granado, sus olivos; Elche, sus maravillosas palmeras. La fabricación de vinos ha mejorado. Barcelona se ha convertido en el centro de una región de industria textil; cuenta con 500.000 almas y recuerda a Manchester. Bilbao se ha convertido en un gran mercado de comercio e industria minera y metalúrgica. Las minas de Tarsis y de Río Tinto fueron la dicha de los especuladores de París y Londres. Granada se rodea de fábricas de azúcar. Zaragoza y Valladolid ven surgir cada mes
alguna nueva sociedad de comercio o de industria. 

Pero la medalla tiene su reverso. La cuestión obrera nació con el despertar de la industria. La fábrica y la sociedad anónima han desmoralizado el trabajo. El verdadero patronato no ha sido ejercido. La aspereza en la ganancia de la dirección anónima ha entrañado los mismos abusos aquí que en otros lugar: los obreros agostados y tratados sin paternidad se enfadan y se resisten. Se unen, se sostienen, se sirven del arma temible de las huelgas, escuchan a los periódicos y oradores socialistas.

En todos los grandes periódicos de España, encontraréis hoy la columna del “movimiento obrero” y la columna de las “huelgas”. La cuestión obrera es ante todo una cuestión moral, una cuestión de justicia y de respeto, y consiguientemente los católicos poseen solos la solución integral. ¿Estarán ellos a la altura de la tarea? Esperémoslo. Desgraciadamente, allí como entre nosotros, las divisiones políticas disminuyen las fuerzas. Hay allí conservadores y carlistas,
liberales y republicanos.

Los conservadores de viejo cuño son como los nuestros, piensan que la acción patronal basta para todo. Han fundado como nosotros círculos católicos, y los hay que han hecho maravillas: tales, los círculos obreros de Loyola y de los alrededores, inspirados por los Padres Jesuitas; también el círculo de Sabadell en Cataluña, donde la casa Harmel tiene una sucursal. Encontramos allí un bello establecimiento con esta enseña. “Academia católica de San José, esbayo dominical”.

Los círculos son necesarios, pero no son suficientes, el papa nos ha trazado el deber: hacer una acción legislativa y una organización corporativa.
La acción legislativa ha comenzado. Una asociación para el estudio y la defensa de los intereses de la clase obrera, admirablemente presidida por el marqués de Comillas, ha preparado toda una serie de proyectos de ley (lo que deberíamos imitar). Cuatro de estos proyectos ya han están para 450 su estudio en el Parlamento. Se refieren al reposo dominical, el trabajo de las mujeres y los niños, los seguros y los consejos de arbitraje. Desgraciadamente, allí como aquí, las divisiones y la obstrucción retardan todas las leyes más útiles.

¿Y la organización corporativa? Se hará: por todas partes surgen las corporaciones, las asociaciones, incluso las casas del pueblo, al menos en las ciudades importantes. Pero este movimiento corporativo es, como entre nosotros, demasiado poco católico. Así sufrió la peste del galicanismo y del regalismo. Pero el clero tiene generalmente un culto ardiente por la palabra del Papa, han estudiado la encíclica y la evolución se hará. Esto incluye unir la acción democrática con la acción patronal. Hay ensayos de corporaciones, de cooperativas, de cajas de crédito.

Lo que hay que hacer es que el obrero tome en serio la acción católica; que tome el camino indicado por los jefes del clero y por una elite de hombres de acción. Bélgica, Alemania y podría ser también que España, los dieron antes que nosotros. A la obra pues, vosotros, nuestros queridos lectores de la Chronique que sois, como se dice en España, católicos integrales, católicos completos, exentos del conservadurismo galicano. ¡A la obra, por la acción social y por la acción corporativa! Fundas, sostened todas alguna asociación. Entregaros sobre todo a las obras democráticas; ellas son, por el momento, más urgentes, más deseadas, más apreciadas por el obrero que las obras  patronales. Ellas son la principal contraposición al socialismo. El Papa os lo dice cientos
de veces: “¡Id al pueblo!”. Es la advertencia del cielo. 451

La Chronique du Sud-Est, n. 4, abril 1900; pp. 455-456
 

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