Obras son amores

El sacerdote dehoniano, Gonzalo Arnáiz, reflexiona en el domingo XXVI-A sobre la importancia de las obras para demostrar el amor hacia los demás.

El profeta Ezequiel (18, 25-28) insiste con fuerza en la libertad y responsabilidad del hombre. Cada persona, es sujeto absolutamente libre para hacer opción por Dios o contra Dios. Y cada persona es responsable de esta opción. Cierto que habrá condicionantes de la libertad pero nunca lo serán de una  forma tan  coercitiva que anulen la responsabilidad del sujeto.

Una vez afirmada esta capacidad de autodeterminación de toda persona humana adulta y su capacidad de hacer una opción fundamental por alguien o contra alguien, también se afirma la capacidad de conversión (o perversión) de la persona y por lo tanto la capacidad de cambiar su opción fundamental en favor o contra Dios ( o otras personas).  El hombre es responsable de sus pasos, de sus opciones, de sus titubeos, de sus cambios y Dios es absolutamente respetuoso con estas posturas del hombre. Dios espera el cambio e invita a la conversión del corazón para que se ponga en sintonía con su Corazón (el de Dios), y esto siempre por puro amor, pero Dios respetará siempre la opción última y decisiva del hombre. Dios no puede ir contra la opción del hombre; digamos que Él se ha autolimitado en su creación y al hacer al hombre libre, lo quiere siempre libre y le respetará siempre en sus opciones libres aunque a veces sean desastrosas.

No obstante, el Profeta (y Dios) siempre invitan a la conversión del corazón y esperan y desean ardientemente esta conversión del hombre. Dios por su parte siempre empeña toda su fuerza desde el amor que nos tiene para abatir nuestra terquedad.

El Evangelio (Mateo 28, 31-32) habla claramente de la importancia del obrar (hacer) del hombre. La opción fundamental por Dios debe manifestarse en la vida real de la persona. La opción no es algo etéreo o que pertenezca exclusivamente al foro interno sino que debe implicar a toda la persona; y la persona es interioridad y exterioridad. Interioridad y exterioridad sin dicotomías ni dualismos. Somos interioridad que se expresa en nuestra corporeidad, en nuestras acciones y actitudes concretas.

Por eso San Mateo siempre preocupado por el cómo hacer para ser cristiano recoge hoy la parábola de Jesús que a su vez nos recuerda las palabras del Sermón del Monte: “Vuestro  SI, sea SI o vuestro NO sea no. Lo demás sobra”. No puede darse un “si” de palabra y después contradecirlo con nuestras obras. Es una contradicción “in términis”.  Algo inimaginable. Y sin embargo ahí está el aviso. La actitud del que dice SI y después no hace suele ser muy frecuente entre nosotros creyentes. Demasiado frecuente. Sincerémonos con nuestras vidas.

Tantas veces hacemos apartados y dedicamos a Dios un espacio y tiempo a la semana (mas bien corto) y el resto de los espacios y tiempos los vivimos “como si Dios no existiese”. Nuestro obrar en el trabajo o en la empresa sigue criterios tantas veces distintos a los evangélicos y nos conformamos con decir que no puede ser de otra manera. Y los mismo en nuestras relaciones familiares o sociales hacemos opciones claramente contrarias a principios evangélicos.

Y ahí nos encontramos con Pablo en Filipenses 2, 1-5 que nos llama al orden desde una exhortación tremendamente cariñosa. Nos habla al corazón desde su corazón. Y nos habla como comunidad iglesia o comunidad de creyentes.

San Pablo nos exhorta a ser comunidad. Me pregunto si realmente hemos hecho opción clara y limpia por ser comunidad eclesial y vivir o intentar vivir la comunidad. ¿Creo que se nos ha dado el Espíritu y que todos tenemos el mismo Espíritu y que este Espíritu nos constituye en comunidad fraterna, en comunidad de convocados, en comunidad eclesial? ¿Realmente nos mantenemos unánimes y concordes con un mismo sentir? ¿Considero a los demás superiores a mí, merecedores de mi amor y mi servicio, mi entrega desde el saberme “menor”? ¿Pierdo mi vida para que los demás tengan vida?

Permitid que os diga que las flaquezas de nuestra Iglesia nacen justamente de que esta “tensión” comunitaria pasa desapercibida y hace falta una gran “conversión” para que realmente lleguemos a ser significativos.

Última receta de San Pablo: Tener los mismos sentimientos que Cristo Jesús. Y nos dice que Cristo no retuvo nada para sí, sino que se hizo uno de nosotros y como nosotros para poder vivir su SI al Padre en plenitud y en igualdad a todo hijo de Adán.

Las obras indican los amores y no bastan las buenas razones. Hagamos que nuestro obrar sintonice perfectamente con nuestra opción bautismal por Cristo.

Gonzalo Arnaiz Álvarez, scj.

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