Ojalá estuviera ya ardiendo

Pebetero de los Juegos Olímpicos de Barcelona 92.
Pebetero de los Juegos Olímpicos de Barcelona 92.

El domingo pasado se nos daba la buena noticia de que Dios había decidido establecer su Reino ya. Ya está operando realmente en medio de nosotros. Pedro le pregunta a Jesús: ¿cómo lo va a hacer o cómo va a ser eso? Hoy el evangelio trata de responder con palabras que nos sorprenden por su radicalidad, contrariedad y extrañeza de imágenes. Y lo más gordo es que nos hablan desde la interioridad de Jesús. Nos muestran los sentimientos que Jesús está viviendo en ese momento y nos los cuenta con toda la crudeza de imágenes. Vamos por partes y avancemos según lo van haciendo los textos de hoy.

En Jeremías 38, 4-10 vemos las vicisitudes que pasa el bueno de Jeremías por tratar de vivir en fidelidad a lo que escucha de Dios en oposición a lo que le dicen sus conciudadanos y rectores del pueblo. Jeremías les invita a confiar en Dios y no en los pactos y ellos van de revés en revés pactando con unos y otros reinos vecinos. Deciden matar al mensajero y Jeremías acarrea las consecuencias de su fidelidad. Baja a la fosa del aljibe. Será rescatado y no morirá. Funciona como tipo de la vida de Jesús.

Hebreos 12, 1-4 nos habla de la fe y la vida cristiana que compara con una carrera en un anfiteatro. En época de olimpiadas no está mal que paremos mentes en esto. Los atletas corren por una medalla. La vida del atleta para correr supone un gran esfuerzo y renuncias a múltiples comodidades y correr con poco peso, con decisión y ahínco poniendo sus ojos en la meta. Para nosotros cristianos nuestra meta es Cristo. Hemos de vivir o correr poniendo nuestros ojos en Cristo, seguir sus pasos. Y esto supone lo que supone. Lo veremos en el evangelio. Pero en esta carrera no estamos solos. El ingente público que nos jalea y contempla son todos los que nos han precedido en la fe y que han conseguido ya la palma del martirio o la palma de la victoria. Ellos son los testigos que verifican que la carrera llega a buen fin. Esa carrera, el camino que nos lleva a la vida, es acoger la cruz, la renuncia a determinadas comodidades y despreciando la ignominia.

El evangelio de Lucas 12, 49-53 utiliza un lenguaje desconcertante: fuego, división, bautismo, tensiones y siempre se nos ha dicho que Jesús es la Paz.

Sin prejuicios hemos de dejar al evangelio que suene como suena entrando en la interioridad de Jesús que pronuncia estas palabras.

Jesús dice que ha venido a prender fuego y desea ardientemente que estuviera ya ardiendo. Prender fuego en el mundo, en las personas. No es nada bucólico ver arder el monte. En nuestra civilización significa destrucción más que otra cosa. Pero os aseguro que entre los Pemones de Venezuela el fuego del bosque es lo que les da la vida, porque allí pueden sembrar y recoger fruto. Ellos incendian la vegetación. Nos quedamos con la idea del fuego que purifica, sana, ilumina, da calor. Es la idea que nos lleva al Espíritu de Dios, que nos lleva al Amor. Y cuando actúa el Espíritu incomoda, penetra, mueve, separa y empuja hacia adelante. Jesús desea que este fuego del Espíritu esté ya ardiendo. El Reino de Dios está en medio de nosotros. No cabe esperar más. No hay pausa ni descanso. Debe acontecer poniendo todos nosotros nuestra carne en el asador. Tomar la decisión decidida de trabajar por el Reino. Y esto no es nada cómodo. Es necesario pasar por el bautismo. Bautismo de sangre o bautismo de agua. Es necesario dar la vida. Y el dar la vida a Jesús le cuesta y le incomoda y le angustia. Todo muy humano. Pero no desiste. Sigue adelante con los ojos puestos en el Padre y su fidelidad. Llega a soportar la cruz despreciando la ignominia. Este es el camino de todo cristiano. No valen medias tintas. Trabajar por el Reino significa oponerse o menospreciar la ignominia, que no es otra cosa que el reino del maligno o el reino de la injusticia y de la mentira, el reino de la infidelidad, de la envidia y del egoísmo.

Vivir en esta coherencia evangélica trae división. División que experimento en primer lugar yo mismo. Tengo que elegir entre fiarme o no fiarme de Dios. Apostar por el Reino u optar por otros reinos. La opción por Dios y su Reino trae también conflictos en la familia, en el pueblo, en la sociedad. Tratar de ajustar esta nuestra realidad social a los parámetros del Reino crea oposición con las fuerzas del mal. Y llega la persecución de una u otra índole. Ha sido historia permanente. De ello dan fe las lecturas de hoy, y dan fe tantos hechos ocurridos a lo largo de la historia, y dan fe experiencias nuestras que a la hora de hacer opción por valores del Reino nos hemos encontrado con “persecuciones” dentro y fuera de la familia. Cuántas veces uno tiene que pasar por “tonto” cuando intenta defender los derechos de los débiles, o a la hora de acoger al emigrante, o a la hora de solidarizarse con el necesitado.

Ojalá el fuego del Espíritu arda en nuestros corazones y nos anime a trabajar por la instauración del Reino de Dios. Está ya pero todavía no ha llegado a plenitud. Nuestra tarea es dejarnos llevar y llevar esta llama del Espíritu a toda la Tierra. La Tierra, nosotros, somos el pebetero del Espíritu.

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