Os doy un mandamiento nuevo

JERUSALEN NAZARET 223

V Domingo de Pascua

Seguimos celebrando el Misterio Pascual. El Evangelio nos vuelve a situar en el momento álgido de la vida del Señor, que es justamente la noche del Jueves Santo, en la última Cena, donde Jesús habla desde lo más profundo de su corazón y nos habla del sentido de su Pascua. Una vez que Judas sale y penetra en la noche, Jesús habla de “ser glorificado y de la glorificación de Dios-Padre”. ¿Cuál es la Gloria de Dios y la del Hijo? La “gloria” es la explicitación externa de la interioridad de la persona o de un objeto. Por ejemplo, el sol en su interioridad es fuego, su gloria o manifestación externa será la luz y sus rayos junto con el calor. Pues bien, el “núcleo de Dios”, es el amor. Dios es amor. Un amor difusivo, que se transmite, se da y entrega gratis. El Hijo de Dios, Jesús, es amor que participa y recibe del Padre. La “gloria” de Jesús se manifestará en la cruz, que es el lugar donde le lleva el amor por sus hermanos los hombres. En la cruz Jesús se entrega por amor obediencial totalmente al Padre y también a nosotros sus hermanos. Esa es su gloria. El amor oblativo. Y en la cruz también se manifiesta “la gloria del Padre” que entrega a su Hijo hasta el límite de no reservárselo y dejarlo pender de la cruz, muerto. Ese es el núcleo del Misterio Pascual que culmina manifestándose en la Resurrección del Hijo, porque el Amor del Padre es más fuerte que la muerte. Y en Cristo hemos resucitado todos.

Porque el Amor-Gloria de Dios Padre e Hijo es difusivo y se nos comunica a todos en el Espíritu Santo (que es el Amor) nosotros también somos por comunicación del mismo Dios amor que se da. Y por eso Jesús habla del mandamiento nuevo. Nuestra “gloria” será amarnos unos a otros como Jesús nos ha amado. Y eso se convertirá en signo o señal sacramental del discípulo, de la comunidad, de la Iglesia.

¿Cómo ama Dios? ¿Cómo nos ama Jesucristo? Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre. Es el título con el que el Papa convoca el año de la Misericordia. “El Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en fidelidad”;  El Padre “rico en misericordia” en la plenitud de los tiempos envió a su Hijo nacido de la Virgen María para revelarnos de manera definitiva su amor. Jesús con su palabra, con sus gestos y con toda su persona revela la misericordia de Dios. (MV 1)

La misericordia es la palabra clave para indicar el actuar de Dios hacia nosotros. Como ama el Padre, así aman los hijos. Como Él es misericordioso, así estamos nosotros llamados a ser misericordiosos los unos con los otros. (MV 9)

La misericordia es la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia. Todo en su acción pastoral debería estar revestido por la ternura con la que se dirige a los creyentes; nada en su anuncio y en su testimonio hacia el mundo puede carecer de misericordia. La credibilidad de la Iglesia pasa a  través del camino del amor misericordioso y compasivo. (MV 10)

Es determinante para la Iglesia y para la credibilidad de su anuncio que ella viva y testimonie en primera persona la misericordia. Su lenguaje y sus gestos deben transmitir misericordia para penetrar en el corazón de las personas y motivarlas a reencontrar el camino de vuelta al Padre.

La primera verdad de la Iglesia es el amor de Cristo. De este amor, que llega hasta el perdón y al don de sí, la Iglesia se hace sierva y mediadora ante los hombres. Por tanto, donde la Iglesia esté presente, allí debe ser evidente la misericordia del Padre. En nuestras parroquias, en las comunidades, en las asociaciones y movimientos, en fin, donde quiera que haya cristianos, cualquiera debería poder encontrar un oasis de misericordia. (MV 12.)

Hemos de ser misericordiosos como el Padre, puesto que el Hijo también lo es. El Hijo proclamó beatos o bienaventurados a los misericordiosos y cuando puso letra a esa actitud sonaba aquello de “tuve hambre y me disteis de comer…” Al final de la vida se nos juzgará sobre el amor-misericordia.

La lectura del Apocalipsis 21, 1-5, es una profecía sobre el futuro garantizado por el Dios amor-misericordia que es más fuerte que la muerte y que el pecado. El cielo nuevo y la nueva tierra, la Jerusalén celestial ya están empezando a asomarse desde la resurrección de Jesús. Es un hecho que la dinámica de la Vida va trasformando esta realidad perecedera en realidad perenne. Pero solamente en el cumplimiento escatológico y en la renovación definitiva del mundo, el amor vencerá en todos los elegidos las fuentes más profundas del mal, dando como fruto plenamente maduro el reino de la vida, de la santidad y de la inmortalidad gloriosa; y será cuando Dios “enjugará las lágrimas de nuestros ojos; no habrá ya muerte, ni luto, ni llanto, ni afán, porque las cosas de antes han pasado. (DM 8).

Mientras tanto en nuestras comunidades (Hechos, 14, 21-27) hemos de aprender la importancia de la comunidad y la necesidad de no ir nadie “por libre”. Ni siquiera Pablo y Bernabé deciden por ellos mismos el ir a evangelizar. Son enviados por la comunidad cristiana de Listra y a ella vuelven para dar cuenta del progreso de la evangelización, del modo de obrar y para dar juntos gracias a Dios. Y Gracias a Dios, porque Él es el primer agente. Pablo y Bernabé son conscientes de que ellos son la mediación de Dios entre los gentiles y que nada pueden hacer sin la presencia y asistencia de la Gracia de Dios.

La Iglesia no es auto-referencial: no se anuncia a sí misma ni se busca a sí misma. De igual modo los agentes pastorales o los enviados por la comunidad iglesia no pueden ser auto-referenciales. Refieren, narran y anuncian a Jesucristo y a este crucificado y resucitado de entre los muertos. Él es la Vida y la Salvación.

He escrito todo esto, un lunes y un martes donde resuena por doquier el terrible terremoto de Ecuador, al lado del de Tokio o el inmenso calvario que sufren los refugiados en Lesbos y otros lugares de nuestra civilizada Europa. La Palabra hoy proclamada ¿ilumina algo esta realidad? ¿Podemos seguir hablando de esperanza en medio de este desastre?

Hoy va un discurso con muchas citas del Papa. Esta vez cito “La alegría del Evangelio” nº 276.

“Su resurrección no es algo del pasado; entraña una fuerza de vida que ha penetrado el mundo. Donde parece que todo ha muerto, por todas partes vuelven a aparecer los brotes de la resurrección. Es una fuerza imparable. Verdad que muchas veces parece que Dios no existiera: vemos injusticias, maldades, indiferencias y crueldades que no ceden. Pero también es cierto que en medio de la oscuridad siempre comienza a brotar algo nuevo, que tarde o temprano produce un fruto. Habrá muchas cosas negras, pero el bien siempre tiende a volver a brotar y a difundirse. Cada día en el mundo renace la belleza, que resucita transformada a través de las tormentas de la historia. Los valores tienden siempre  a reaparecer de nuevas maneras y de hecho el ser humano ha renacido muchas veces de lo que parecía irreversible. Esa es la fuerza de la resurrección y cada evangelizador es un instrumento de ese dinamismo”.

Somos instrumentos del dinamismo resurreccional y es necesario que con todas nuestras fuerzas trabajemos por llevar consuelo, esperanza y medios materiales a aquellos que lo han perdido todo. Nos toca abrirnos a todo. Este domingo se nos pide ayuda para la Iglesia de Ucrania. Dentro de poco se nos pedirá ayuda para los afectados por el terremoto en Ecuador.

Seamos generosos con nuestros hermanos necesitados.

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