P. Jesús Baena, experiencias desde la India

Viajo a Kerala. Una semana. No voy solo, me acompañan cinco escolásticos que han estado unos días en Eluru y ahora vuelven a sus casas de origen mientras hacen su “regency” o período de un par de años aproximadamente en el que realizan la experiencia comunitaria de vivir fuera del teologado al término de la carrera.
Voy sobreprotegido, me cuidan y miman. Viajamos en un tren inmenso, kilométrico. Son más de de mil kilómetros y los recorremos en un día entero. El viaje es pesado pero fascinante, contemplo el paisaje y los lugares que atravesamos con placer. Cientos de pequeños poblados habitados por cientos de personas mientras todo se va tornando en un verde esplendoroso de frondosa vegetación. Kerala está al sur de la India, casi en el pico, es un estado pequeño en comparación con otros muchos. La presencia cristiana es abundante debido a cinco siglos de intermitente goteo y a la proliferación de congregaciones en los últimos años en un estado caracterizado por su ferviente comunismo. Los compartimentos para dormir son de ocho camas peo todos ellos abiertos al pasillo, tres camas en los laterales del compartimento y dos camas a un lado de la pared del tren. Apenas me muevo pues hay que tener cuidado con las maletas y tampoco hay dónde ir, mas que algún pequeño paseo sorteando personas, y algunas visitas al baño. Continuamente pasan hombres vendiendo como buñuelos de verduras, agua, café o té, dulces y a veces fruta. Luego, en cada estación importante una riada de travestis ( en realidad hombres disfrazados de mujeres y horriblemente maquillados ) se suben pidiendo dinero con absoluto descaro. Todo un espectáculo. Además, una buena cantidad de lisiados, mutilados y heridos por la vida desfilan por el tren pidiendo dinero. Y si eres extranjero lo hacen con más vehemencia.

 

A las cinco de la tarde llegamos a Alwaye, destino final, otra pequeña ciudad pero muy tumultuosa. En seguida aprecio diferencias en el vestir y en sus casas, así como en los edificios y carteles de propaganda. Todo es más vistoso y mejor apañado. En Alwaye nos espera un taxista pues mi destino doméstico es Kumbalanghy, una pequeña isla a cuarenta kilómetros. En Kerala tenemos tres casas, dos en Alwaye y una en Kumbalanghy. En Alwaye está el filosofado al que van los que quieren cuando han terminado en el Seminario Menor. La otra casa de Alwaye es para aquellos que sin haber pasado por el Seminario Menor quieren ir al filosofado. El Domingo que fue el día del fundador (aquí se celebra al Padre Dehon en Agosto y no en Marzo) lo pasé allí y fue un día muy lindo donde nos juntamos las tres casas y disfrutamos de un concurso de preguntas en torno al Padre Dehon, juegos de mesa y deporte. Pero como os decía mi destino es el Seminario Menor, la primera casa que hemos tenido en La India y que se halla en Kumbalanghy, una pequeña isla alrededor de otras tantas y que dan forma a esta parte costera de Kerala. Las islas se comunican mediante puentes o barcazas, y nuestra casa está ubicada al final de una carretera estrecha pegada a un puente en construcción y que da acceso a otra isla.
El viaje en el taxi hasta allí es de una hora y recorremos unos cuarenta kilómetros. El tráfico es como siempre brutal y temerario, lo que me permite seguir deleitándome en el “modus vivendi” indio. Al abandonar la atestada autovía nos adentramos por un sinfín de estrechas carreteras con miles de puestos y pequeñas tiendas a ambos lados. Hasta entonces, la autovía me había ofrecido la versión más moderna, altos edificios, unos cuantos hoteles, grandes almacenes de alimentación, vistosos muestrarios de electrodomésticos y enormes carteles publicitarios que se mezclan con miles de coches, personas y basura. Las estrechas carreteras ahora me regalan miles de puestos vendiendo casi de todo, pequeñas casa unifamiliares de buen parecido, campos de tierra donde se juega al cricket y al fútbol, templos hindúes, iglesias y el más absoluto caos circulatorio con miríadas de ricksaws, bicicletas, coches, motos y autobuses que se hacen sitio a toque de bocina sorteándose entre sí y a todos los peatones. Hay que verlo y sentirlo, sobre todo cuando uno coge el autobús (aquí les llaman los asesinos de rojo), y comprueba como prácticamente se rozan entre sí a velocidad supersónica en una conducción absolutamente suicida. Los autobuses no tienen cristales pero no se puede sacar la cabeza ni el brazo sin riesgo seguro de perderlas.
Llego a la casa y todos los alumnos y el Father Martin me están esperando en una calurosa bienvenida. Son casi cuarenta divididos en tres grupos: los de primer año recién llegados se dedican a aprender inglés, y los de segundo y tercer año van a un colegio en dos turnos distintos de mañana y tarde. Todos ellos se muestran afables y cercanos. La casa tiene tres plantas contando el bajo y además tiene la azotea que normalmente se usa como lavadero de ropa, algunos baños y una pequeña clase. A pesar de las tres plantas la casa no es espaciosa para tantas personas pero es definitivamente acogedora, familiar y casera. Me gusta.
Desde entonces los días se suceden rápidamente sin grandes acontecimientos turísticos pero llenos de contenido. El Seminario Menor de Kumbalanghy se encuentra dentro del vecindario y me encanta, hay continuo contacto con la gente, el delta del río se halla al lado, alrededor de la casa decenas de otras viviendas rodeadas a su vez por palmeras, cocoteros y una frondosa vegetación que ya no contrasta sino que se hace uno con toda la basura esparcida por todos los sitios. Las casas del “barrio” son pequeñas pero también las he visto grandes y ostentosas; en general el barrio es cristiano aunque hay viviendas de todas las religiones. La televisión suena por todas partes con películas indias y los menos gozan de antena parabólica. Al igual que en otros países pobres no importa no tener apenas comodidades en la casa, pero la televisión es imprescindible. Las que he visto tienen lo básico y poco más.
Cada día celebramos la Eucaristía con los alumnos en la pequeña iglesia abierta para el vecindario, por lo que una media de veinte personas, mujeres todas ellas, asisten regularmente. Los domingos se celebra en Malayalam que es el idioma de esta zona, y se llena de hombres y mujeres bien separados en dos grupos. A pesar de no entender nada, sus cantos me emocionan. Después converso con alguna mujer aunque apenas hablan inglés.
He comido muy bien en Kerala, el pescado es abundante y variado, el arroz es de tamaño descomunal y también tienen mayor diversidad de vegetales y frutas. Además se tiene la suerte de contar con una cocinera excepcional y todo lo que comí me sentó genial, sin frituras ni pesadez en el estómago. A pesar de comer abundantemente he adelgazado un poco y me alegra. Cosas que pasan.
Y si bien todo lo que he contado ha sido una experiencia maravillosa, sin embargo me quedo con el tren y con las conversaciones mantenidas con father Martin, pionero S.C.J en estas tierras, con todos sus avatares y peripecias de los comienzos. En muchos momentos me recordó al Padre Belda pero en plan misionero, un hombre del renacimiento hecho a sí mismo, difícil de convivir con él y al mismo tiempo apasionante, con miles de historias qué contar y a veces encantado de haberse conocido. He aprendido de él y por horas he estado escuchándole sus relatos, verdaderamente interesantes. Ahora, a sus setenta y tantos años, y todavía lleno de vitalidad se retira un poco de sus aventuras misioneras para dedicarse directamente al Seminario Menor donde ha residido desde el principio. Me gusta su decidido empuje al contacto con la gente a pesar de construir los pilares de la provincia india desde la formación mediante los dos seminarios menores y el mayor de Eluru, y creo que es un acierto. Por otra parte, escuchándole puedo imaginar la de veces que se ha saltado a la torera las mínimas normas de convivencia y respeto hacia las instancias superiores, ya sean del obispado o de nuestra congregación.
Y así, después de una semana vuelvo en tren, viajando solo durante un día con tiempo para leer, escribir y darle a la cabeza. Las cosas no son muchas veces como uno ha imaginado, y constato con serenidad que no son el clima, las gentes, la comida, la pobreza o la formación lo que más me está costando, sino irme redescubriendo con la mayor sinceridad posible, la aceptación de la forma de ser de los demás, el respeto por lo totalmente ajeno a mi ser, la sinceridad íntima y personal para decirme cómo estoy y lo que vengo arrastrando; pero también todas mis nuevas ilusiones, la capacidad para trabajar en cosas distintas, la valoración personal y mis ganas de vivir. Vida de largo recorrido que en ocasiones no me da para estar tranquilo, pero que sus primeros efectos son totalmente esperanzadores. ¿Soy feliz? Lo soy, a veces descarnadamente feliz, pero lo estoy.

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