P. Pedro Jesús Arenas: “A pesar de tantos fallos, siempre he sentido la mano de Dios para levantarme y seguir el camino”

Pedro Jesús Arenas

El P. Pedro Jesús Arenas nació el 15 de julio de 1973 en Albacete, donde vivió sus primeros años en una aldea y después en el pueblo de Barrax, de la misma provincia. A los 14 años marchó al Seminario “San Jerónimo” en Alba de Tormes. De 1991 a 1992 hizo el noviciado en Salamanca y profesó como religioso el 29 de septiembre de 1992.

Los estudios de Teología los realizó en el instituto “San Esteban”, con los Padres Dominicos, y estuvo dos años en el Colegio y Seminario “Sagrado Corazón” en Venta de Baños. Regresó a Salamanca a terminar Teología y realizó el Bachiller.

Pedro Jesús

A continuación, el P. Pedro Jesús Arenas estuvo dos años en el Seminario “San Jerónimo” donde hizo la Profesión Perpetua y comenzó los estudios de enfermería en el instituto “Salus Infirmorum” vinculado a la Universidad Pontificia de Salamanca.

Fue destinado a la Parroquia “Nuestra Señora de los Dolores” en Salamanca donde se graduó como enfermero y también fue ordenado Diácono el 7 de diciembre de 2002. En enero de 2003 partió a Ecuador destinado a la comunidad de Bahía de Caráquez hasta el año 2010 que marchó a la Parroquia “Santa María de la Argelia” en Quito. En el año 2016 fue nombrado formador y vive actualmente en la Casa de Formación de Quito.

Este año celebra sus 25 años de Vida Religiosa, y hemos hablado con él para conocer cómo ha sido este tiempo.

-¿Cuándo se decantó por la Vida Religiosa?

Más que nada por enamoramiento y por contagio. Desde pequeño he sentido inclinación por la oración y por Dios, recuerdo de pequeñito irme con las ovejas al campo y orar, todo eso se fue concretando en “San Jerónimo” donde fui conociendo quién es Dios y su voluntad sobre mí. La experiencia de Dios ha sido fundamental. Su misericordia no me ha dejado. A pesar de tantos fallos, he sentido la mano de Dios para levantarme y seguir el camino.

También por contagio al ver tantos buenos religiosos y sacerdotes entre los Dehonianos. Su ejemplo, su entrega dichosa me animaba a seguir adelante.

-De todos estos años, ¿qué momentos le han impactado o recuerda con más cariño?

Ufff, hay tantos… Desde pequeño me ha marcado la vida en el campo, el ganado, los amaneceres y atardeceres, la lumbre que convocaba, el silencio, etc. Luego, en los primeros años de Vida Religiosa el acompañamiento a personas con problemas de drogadicción y alcoholismo, también a familias gitanas.

En el año 1995 tuve una experiencia de misión en Ecuador, en una comunidad campesina llamada “La Asunción”, fue durante un mes y medio que me marcó mucho y confirmó mi deseo de optar por las misiones.

Otra gran experiencia fue el acompañamiento a personas en cuidados paliativos por los estudios de enfermería. Y luego el trabajo con comunidades campesinas en la parroquia “Sagrado Corazón de Jesús”, formando promotores comunitarios de salud, las bodegas comunitarias, los jardines infantiles. También marcó mi vida el trabajo con personas con VIH-SIDA y la situación de las personas con discapacidad durante esos años.

La experiencia de descubrir los barrios de “La Argelia” en el sur de Quito al estar de párroco ha sido también muy gratificante. Las experiencias de misión en tantos lugares, el trabajo con jóvenes, con familias, con mujeres que han abortado y quieren recuperar la vida…

Otro momento en estos años muy significativo fue la muerte de mi padre. Me quedó muy patente cómo Dios acompaña, cuida y da la vida que no acaba. Ese año de duelo concluyó con el camino de Santiago desde Roncesvalles a la tumba del apóstol, fue muy sanador.

De todos estos años me quedo con el cariño de la gente, las risas compartidas, también las lágrimas, los juegos, la vida cuando desborda sabor auténtico y la fe cuando eriza la piel. Me quedo con la maravilla de un Dios que sigue enamorando y entusiasmando. Me quedo, sobretodo, con el milagro incomprensible de poder hacer presente a Dios en la Eucaristía, de ayudar a que alguien le conozca y le ame.

Si echa la vista atrás, ¿qué personas recuerda por lo que le han aportado?

Muchas, las primeras mis padres Baltasar e Isabel. De mi padre destaco la capacidad de trabajo, la tenacidad, de mi madre la bondad, la sencillez, el buen trato y el buen humor, la capacidad de unir y también de perdonar. Doña Celia que me enseñó a llamar a Dios como Padre, D. Félix, párroco de mi pueblo que fue y es mi modelo de sacerdote. Mis abuelos: Pepa, Virginia y Jesús. Una anciana del barrio San José, Aniceta. Carlos, “El Jaro”, joven drogadicto y con VIH, tantos religiosos dehonianos que en las distintas comunidades que he estado me han dado un sincero y hermoso testimonio de vida, …. Creo que quienes me han aportado mucho y sin pensarlo han sido los pobres. Gente sencilla campesina, ancianos, niños del campo o de la ciudad. Ellos me han enseñado grandes valores, sobre todo una fe comprometida y humanizada, con una gran confianza y disponibilidad para Dios.

-¿Qué destaca de estos 25 años de Vida Religiosa?

Destaco la acción de Dios en mi vida, cómo me ha ido modelando y transformando en lo que ahora soy, destaco cómo Dios hace maravillas en las personas que le abren su ser.

-La sociedad está cambiando de forma vertiginosa, vemos como las vocaciones religiosas disminuyen ¿Cómo se podría revertir esa situación?

Hay que partir de una convicción: Dios no abandona su obra. La vida religiosa pertenece al ser de la Iglesia y nunca va a desaparecer. Las vocaciones disminuyen en ciertos espacios al igual que florecen en otros.  Toda la historia de la Iglesia, desde sus inicios, se ha demostrado que la mejor pastoral vocacional es el contagio así que la donde hay un religioso/a que vive con entusiasmo su consagración, es seguro que hay personas alrededor que se cuestionan su vida y su vocación. Así que cuidemos los que estamos, fortalezcamos nuestro espíritu y nuestra vocación para poder contagiar alegría en la entrega.

Pedro Jesús

 

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