Parábola de los viñadores

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Isaías 5, 1-7 hace de pórtico a la parábola evangélica. La viña que el amigo plantó, decantó, cuidó y regó con mimo, no le dio más que uvas agraces. Isaías explica el sentido: “La viña del Señor del universo es la casa de Israel; los habitantes de Judá, su plantel predilecto. Esperaba de él derecho, y ya veis: asesinatos; esperaba de él justicia, y solo se escuchan alaridos”. Isaías hace una síntesis de la historia de Israel en su relación con Dios. Una historia de desencuentros, en vez de encuentro; una historia de desobediencia y de pecado que no hace más que repetir lo hecho por Adán y Eva.

La parábola de los labradores homicidas que leemos en el Evangelio no hace otra cosa que ampliar esta historia introduciendo nuevos personajes. Los oyentes de Jesús y San Mateo entienden que la viña es Israel. El dueño de la viña es Dios en calidad de Padre. Los arrendatarios son los sumos sacerdotes y los senadores del pueblo judío. Los criados enviados son los profetas que a lo largo de la historia fueron avisando de estos desaguisados. El último enviado, el hijo, es Jesucristo en persona. Los nuevos arrendatarios de la viña, los nuevos labradores serán los creyentes en Jesús constituidos en Iglesia o nuevo Pueblo de Dios.

La parábola es ciertamente el resumen de la historia de salvación que va desde Abraham y Moisés hasta el nacimiento de la Iglesia. San Mateo, cuando escribe este evangelio ya ha vivido los acontecimientos pascuales y la destrucción de Jerusalén en el año 70 y la comunidad de creyentes en Jesús está dando sus primeros pasos. Por eso la parábola tiene connotaciones fuertes sobre el mesianismo de Jesús y la creación de la Iglesia desde Cristo.

Jesús es el Hijo de Dios. Quizás sea la vez en que más claramente Jesús se reconoce o dibuja como el hijo de Dios. Muestra su conciencia clara de ser alguien más que los profetas; de ser el último enviado, el definitivo y esto en calidad de ser el “hijo” del “padre” de la viña. Además habla claramente de su muerte fuera de la ciudad. Una referencia al calvario situado fuera de las murallas de Jerusalén.

Además Jesús habla de la “piedra desechada que se convierte en piedra principal o angular”. La primera comunidad cristiana ve en esta imagen a Jesús muerto y desechado, pero resucitado por Dios y puesto como piedra fundamental para ensamblar y construir en nuevo templo de Dios que estará formado por piedras vivas. El nuevo pueblo de Dios, la nueva ciudad, el nuevo templo tendrán como roca fundamental a Cristo, muerto y resucitado, que es la roca viva de la que mana la Salvación para todo el género humano.

La enseñanza del Evangelio de hoy termina mirando a futuro: “Por eso os digo que el Reino de Dios se os quitará a vosotros y será entregado a un pueblo que produzca los frutos de correspondan al Reino”.

Ese futuro es hoy. Han pasado dos mil años desde que se escribieron estas palabras que tenían un tono esperanzado y halagüeño. ¿Se han cumplido?

Siendo sinceros y mirando la historia de la iglesia a lo largo de estos siglos podemos responder que nos parecemos más bastante los viñadores homicidas y que como nuevos inquilinos hemos dejado mucho que desear. No hemos dado frutos de justicia y equidad; no hemos vivido los valores de la fraternidad. Es una lástima y quizás por eso estemos cosechando agraces. La iglesia de Dios que hemos construido está pasando a ser no significativa en el mundo de hoy. El Evangelio parece ser buena noticia solo para unos pocos. Muchos pasan de él, al menos en esta nuestra cultura occidental europea.

La parábola, más que para lamentarse, sirve para abrir el oído, convertirse y enmendar la plana. Hoy, somos nosotros los herederos en la viña y estamos llamados a trabajarla desde nuestra condición de hijos en el Hijo. Hemos de trabajar para que nuestra iglesia se parezca más a una comunidad de hermanos, a una casa de familia. Los roles en la iglesia deben ser asumidos como servicio a los hermanos y nunca como subida de un supuesto escalafón. Nuestras celebraciones sacramentales, incluida sobre todo la eucaristía dominical, deben ser celebraciones de una fe vivida y compartida. Celebramos la Vida que se nos ha regalado en Cristo y desde nuestras celebraciones salimos enviados a la viña del mundo para hacer obras de justicia y derecho. Sin querer queriendo, la segunda lectura de Pablo a los Filipenses nos habla precisamente de este hacer cristiano. Hay que leerla entera y editarla; pero resalto ese “obrar” al que Pablo nos invita diciendo: “Apreciad todo lo que sea verdadero, noble, recto, limpio y amable; todo lo que merezca alabanza, suponga virtud o sea digno de elogio. Poned en práctica todo lo que habéis aprendido”.

Pongamos en práctica el “Sermón del Monte”.

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