Pascua de Resurrección. Cristo ha resucitado

Resurrección_Homilía

Todo el triduo pascual, pero de forma particular este domingo, es el culmen de la celebración de nuestra fe. Todo el año gira en torno a esta festividad. A ella “llegamos” después de una larga preparación y de ella “salimos” para seguir nuestro caminar hasta la Pascua definitiva.

Las lecturas de este día son: Hechos 10, 34-43; Colosenses 3, 1-4 y Juan 20, 1-8. Todas ellas dan razón del acontecimiento que celebramos y razón de nuestra esperanza.

Ante la realidad de la muerte nos preguntamos si tiene algún sentido la muerte. Si la muerte no tiene sentido, entonces la vida tampoco tiene ningún sentido, por mucho que queramos paliar el asunto. Si la muerte tiene sentido, este sentido alcanza a toda la vida. Por eso es bien importante saber cómo vivió Jesús su muerte. El Viernes Santo hemos vivido este acontecimiento. Lo vive encarado al Padre en el que confía más allá de la muerte.

Si el Viernes Santo hubiera sido el último acto de Jesús y después más nada, entonces podríamos decir con San Pablo: “Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana es también nuestra fe” ( 1 Cor 15, 14). La resurrección de Jesús es el núcleo y centro de nuestra fe. Creemos que Cristo ha resucitado; y desde ahí viene todo lo demás. Si Cristo no ha resucitado somos los más desgraciados entre los hombres, dice san Pablo. Por eso, el acontecimiento de la resurrección de Cristo abre todas las posibilidades de la fe y de él emanan lo que podríamos llamar los bienes de la salvación.

Veamos cuatro motivaciones por las que el acontecimiento de la resurrección adquiere un valor en sí mismo de trascendencia única.

En primer lugar, desde la resurrección, descubrimos al Dios de la Vida y amigo de la Vida, a la vez que providente y siempre a nuestro lado. Dios es un Dios de vivos y no de muertos (Mt, 22, 32) y por lo tanto se ha abierto totalmente la fuente de la Vida. La fuerza resurreccional inaugurada por Cristo es una fuerza o corriente que nos toca a nosotros y nos arrastra hacia la vida. “Dios que resucitó al Señor, nos resucitará también a nosotros mediante su poder” (1 Cor 6, 14). Es decir la resurrección no es solo para Jesús, sino que él inaugura este proceso. Todos los que creen en él resucitarán en el último día. Dios quiere para todos nosotros que tengamos vida y la tengamos en abundancia. Para eso ha venido Jesús y eso nos ha conquistado y regalado desde y  por su resurrección.

Podemos decir realmente junto con Pablo ¿Dónde está muerte tu aguijón? Ha sido aniquilado por la resurrección de Jesús. La muerte ya no reina sobre la creación sino que reina la Vida. Si Dios es el Dios de la Vida, no cabe en este mundo que se sigan cultivando los dioses de la muerte, de la violencia, de la insolidaridad, de la esclavitud, del racismo. La cultura de la muerte debe ser vencida. Los creyentes en la Vida hemos de dar frutos de vida eterna. En el nombre de Dios no se pueden montar guerras, violencia, asesinatos, inquisiciones. En el nombre de Dios solo se puede estar al lado de la causa del hombre o al lado de la causa de “toda justicia”.

En segundo lugar, la resurrección de Jesús nos muestra un Dios fiel a sus promesas. La Pascua y Pentecostés son el cumplimiento y la plenitud de todas las promesas dadas por Yahvé a su pueblo. Son el cumplimiento de la “gran promesa” que es Dios mismo. El Espíritu Santo es el regalo pascual de la Trinidad y con él se nos da el cumplimiento. Dios mismo penetra en nuestros corazones. Dios mismo se hace uno con nosotros. Dios mismo nos hace de su estirpe. Dios mismo habita en nuestros corazones. Dios mismo nos introduce en su intimidad y nos hace partícipes de la naturaleza divina.

En tercer lugar, la resurrección de Jesús nos revela a un Dios que hace justicia a las víctimas, a todas las víctimas de la insolidaridad humana, del terrorismo, de los asesinatos y odios, de las catástrofes o de las muertes precoces. Nada queda en el olvido y nada queda que no sea subsanado y reivindicado. Se les entrega la vida a aquellos que durante su historia fueron maltratados, apresados, oprimidos, esclavizados de múltiples formas. La resurrección restablece la Justicia de Dios que no abandona al débil o a los caídos a la vera del camino.

La resurrección de Jesús es esperanza futura para todos. Nos abre esperanzadamente hacia el futuro que es resurrección y vida. Esta esperanza ilumina toda nuestra vida y nos ayuda a superar las vicisitudes y oscuridades con las que nos encontramos en nuestro caminar. Esta esperanza es Vida Eterna para nosotros y para todos los hombres que de una forma u otra acepten el plan de Dios en sus vidas que no es otro que ofrecerles la Vida para que vivamos fraternamente.

Esta esperanza no defrauda. Es más, esta esperanza es “tan segura” que nos hace trabajar ardientemente por la llegada de este futuro. Nos hace constructores del “cielo” en la tierra, anticipando de alguna forma el futuro que por otra parte ya se nos da en el encuentro con el Señor resucitado.

En cuarto lugar, la resurrección de Jesús nos revela a un Dios que “hace nuevas todas las cosas”. En la resurrección se inaugura un tiempo nuevo, un día nuevo. Un día nuevo que ya no tiene ocaso; un día nuevo que solo espera su plenificación en la resurrección de todos aquellos que han pasado por este mundo haciendo el bien o al menos intentándolo; todos aquellos que han reconocido en el otro al hermano y han intentado vivir poniéndose al servicio de los demás y  no han pretendido imponerse o machacar al otro. El plan salvífico de Dios alcanza a toda la humanidad; no tiene fronteras. La nueva creación, el hombre nuevo es algo para todos alcanzado por la Pascua de Cristo que se entrega por todos.

CRISTO, NUESTRA PASCUA, HA RESUCITADO. ALELUYA.

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