Pena de muerte

Una película que afronta algunas de las grandes preguntas del hombre actual y de todos los tiempos: el valor de la oración y el sacrificio, la realidad del pecado, la necesidad del arrepentimiento y del perdón… Todo ello, mirado desde un atractivo punto de vista netamente católico que, además de facilitar los estremecedores paralelismos finales con la Pasión de Jesucristo, permite a Tim Robbins redescubrir la auténtica raíz de la dignidad del hombre —su condición de hijo de Dios— y hasta la grandeza de la vocación religiosa. Durante uno de sus encuentros, la monja le dice al condenado: «Si yo tuviera esposo e hijos seguramente no estaría ahora aquí contigo». Y en otro momento, ante la pregunta de por qué se ha hecho monja, la Hermana Prejean responde: «Sólo trato de devolver algo de todo el amor que he recibido». Quizá sea éste el secreto de la arrebatadora energía moral que destila la película por todos sus poros: el poder redentor del amor a los demás.

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