Por María, la belleza de Dios: ¡Alégrate!

El Papa acaba de dirigirse a los artistas del mundo y les ha dicho: “Vosotros sois los guardianes de la belleza”, y de pronto he sentido que el creyente, cuando acierta a cuidar a María, a tratarla con amor, delicadeza, sensibilidad y respeto, resulta un verdadero artista, porque se convierte en el guardián de la belleza de Dios. María es la sonrisa de Dios, la luz de Dios, la gloria del poder divino, manifestado en la sencillez, discreción, humildad, fidelidad, fe, confianza, silencio y diligencia de la Virgen Nazarena, que lo ha alumbrado. […] Si con unas piedras o un bloque de mármol, el artista es capaz de imprimir tanta belleza, ¿Dios? Si “la belleza, como la verdad, es lo que pone la alegría en el corazón de los hombres”, si con vuestro talento artístico, en cierto sentido hacéis visible la obra de la creación de Dios”, como les ha dicho Benedicto XVI a los artistas, ¿qué no deberemos sentir ante la obra maestra del Creador, su Madre? “La experiencia de la belleza, de la belleza auténtica, no efímera ni superficial, no es algo accesorio o secundario en la búsqueda del sentido y de la felicidad, porque esa experiencia no aleja de la realidad, sino, al contrario, lleva a una confrontación abierta con la vida diaria, para liberarla de la oscuridad y trasfigurarla, a fin de hacerla luminosa y bella” (Benedicto XVI, a los artistas).

PRIMERA LECTURA (Sofonías 3, 14-18): El Señor se alegra con júbilo en ti
SALMO RESPONSORIAL ¡Qué grande es en medio de ti, el Santo de Israel!
SEGUNDA LECTURA (Filipenses 4, 4-7): El Señor está cerca
EVANGELIO (Lucas 3, 10-18): ¿Qué hacemos nosotros?

PARA LA ORACIÓN:

(pinchar aquí)

En mi seno te sueño,
y en sueños me hablas
como un rumor de pájaros,
abriendo el alba.
Me recorres los meses
de la esperanza,
con un pulso de sangre maravillada.

Desde el primer instante:
llena de gracia,
tuve toda hermosura
para entregártela.
Si ahora quieres mis ojos
para tu cara, y andar sencillo
y leve de brisa y agua.
Pídeme que me espera de que llegaras,

desde siempre lo guardo
limpio de manchas.
Pídeme que no tengo, ni oro ni plata,

sino amor que me sobra y estas alhajas.
Sueños para tu sueño,
para tus lágrimas,
rocío entre los juncos de mis pestañas
y esta voz que aún no tienes
viva palabra escrita con minúsculas
en mis entrañas.
Que habrá en mí que no fuere:
rosa entregada,
si donde yo me acabe
tu comenzaras.
Pídeme que por darte quedo sin nada,
y a San Gabriel le dije:
He aquí la esclava.
 

 

 

 

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