Primer domingo de Cuaresma

Desierto de las tentaciones
Desierto de las tentaciones

Entramos de lleno en la preparación de la fiesta de la Pascua de este año. Tiempo de gracia y de salvación según nos decía la Palabra en el miércoles de ceniza.

Es la PASCUA la que focaliza este tiempo y no podemos perder de vista ese horizonte. Cada domingo es “pascua”; también los de cuaresma lo son. Por eso no contabilizan en el cómputo de los 40 días de cuaresma. Son como “oasis” en medio del “desierto” cuaresmal en los que descansamos para solazar el alma pregustando la pascua que se avecina. Por eso estos domingos, que preparan de forma particular la “gran Pascua”, van haciendo memoria o memorial de las “pascuas” de Dios a lo largo de la historia de la salvación. Hoy, en concreto, la primera lectura (Génesis 9, 8-15) nos actualiza la “segunda pascua” o “segunda gran noche” en la que Dios hace su primer pacto con el hombre. En la primera pascua, la de la creación, no había interlocutor, por lo que no podía haber ninguna alianza. Era o fue pura oferta gratuita de un Amor que quería hacer partícipes de su Vida a otros seres vivos con capacidad de amar para que gozaran el Amor. En esta segunda pascua, ya hay interlocutor. Un hombre fiel, que sale vencedor del diluvio por haberse mantenido en el amor a Dios y de Dios. Con él Dios ofrece su alianza – pacto de oferta de vida permanente. Dios, sin contrapartida alguna, ofrece el respetar la vida de todo viviente por siempre. Ya no habrá diluvio que aniquile la vida de la tierra de raíz. El nuevo nombre de Dios será: AMIGO DE LA VIDA. No puede ser de otra forma. Dios es el “dador de Vida” y nunca puede ser el aniquilador. Dios es el “hacedor” del mundo y nunca puede ser el “deshacedor” o des-creador. Dios es garantía de permanencia y durabilidad de todas las cosas creadas. Ahora y por siempre.

De nuevo constatamos que la iniciativa siempre es de Dios. Es Él el que hace el pacto y es Él el que se compromete a “hacer memoria” y a recordar ese pacto. El Arco iris es señal para Él mismo, antes que para nosotros. Dios, siempre va delante de nosotros y se nos anticipa. Dios es AMOR QUE PRECEDE SIEMPRE.

El evangelio de Marcos (1, 12-15) es de una concentración tal de acontecimientos referidos a Jesús que podemos decir sin duda alguna que estamos ante un núcleo fuerte del “kerigma” evangélico. Este evangelio nos sitúa ante la realidad cuaresmal recordando los primeros pasos de la actividad pública de Jesús.

Jesús es el hombre del “Espíritu”. Lleno de Espíritu Santo en el día de su bautismo, Jesús, llevado por este Espíritu, va al desierto.

Sería bueno parar mentes en este “dejarse llevar por el Espíritu”. Ahí está el quid de la vida cristiana y la garantía de un crescendo permanente hacia la Pascua, hacia la vida, hacia la cruz. Una buena pregunta cuaresmal es: ¿Nos dejamos guiar por el Espíritu?

Veamos cómo guía este Espíritu a Jesús. “El Espíritu empujó a Jesús al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás; vivía entre alimañas, y los ángeles le servían”. A primera vista me suena a un camino inverso al recorrido por nuestros primeros padres. Aquellos empezaron por un jardín del que fueron expulsados a una tierra árida y hostil; Un ángel guardián con espada en mano evitaba que volvieran a entrar en él. Jesús va desde el desierto a un lugar donde los animales están reconciliados con el hombre y los ángeles le sirven. Estamos ante una historia de salvación que va a reconducir aquello que los hombres habían descompuesto. Estamos ante una nueva creación o el inicio de una nueva humanidad. Nueva humanidad donde el “Ruah” o Espíritu de Dios infundido en el hombre nuevo conducirá a buen puerto la creación entera. (De ello habla la segunda lectura: 1 Pedro 3, 18-22).

Pero Jesús, para llegar al “paraíso” o “edén” ha de pasar por la prueba, por la tentación. Va a repetir la misma experiencia del “pueblo de Israel” en el desierto, pero con mejor resultado. Podrá entrar en la Pascua o en la Vida victorioso sobre la tentación. ¿Cuál tentación? Marcos no dice nada. Pero sabemos que son las tentaciones que sufrieron en el desierto los israelitas. Mateo y Lucas las especifican. Pero nos quedamos con Marcos y tan solo quiero hacer mención de la “gran tentación” de Israel en el desierto y de todo hombre y pueblo a lo largo de la historia. Esa tentación se verbaliza en la pregunta de Masá y Meribá: ¿Está o no está Dios en medio de nosotros? Esta es la gran tentación. Existe o no existe Dios. ¿Es Dios de fiar? Esta tentación recorre permanentemente el peregrinar del hombre durante toda nuestra vida. Y esta tentación resuena con más fuerza en los “desiertos” de la vida. En los momentos duros de nuestra existencia o la de nuestros hermanos. Es también el desierto el momento más favorable para encontrarse, o luchar, o reclamar la presencia de Dios. Pero volvamos a Jesús. También Él siente esta tentación. Y la tendrá hasta el día de su muerte en la cruz. ¡La gran tentación¡ Jesús, durante su vida pide muchas veces (y nos enseña a pedir) que Dios, su Padre no nos deje caer en “la tentación”. Esa tentación con artículo determinado. La tentación de la infidelidad, de la increencia, de la duda.

Jesús sale victorioso de esa tentación. Se fía una y otra vez de Dios. Reza y clama a Dios para que no le abandone. Se pone en sus manos para que el Espíritu guíe su vida. Aquí está el secreto de la vida de Jesús. Aquí está el mejor indicativo para nosotros de cómo hacer camino cuaresmal, o camino vital hacia la Pascua.

Desde esta experiencia, Jesús sale y va a anunciar el Evangelio. No sin antes escrutar los “signos de los tiempos” en el acontecimiento del encarcelamiento de Juan. Un nuevo “kairós” para Jesús que agarra el testigo de Juan (claro que lo trascenderá de inmediato) y anunciará el Evangelio de Dios: “Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios: Convertíos y creed en el Evangelio”. Ahí está el Kerigma condensado al máximo. Jesús trae la buena noticia (evangelio) del Reinado de Dios, que reina como Padre, como quien sirve. Reino de Dios que es Reino de Gracia y Verdad. Reino de Dios que ya no viene con el hacha (como el anuncio de Juan) sino que viene a traer buena noticia a los pobres, a los pecadores, a todos. Es un Reino de Salvación, de VIDA.

Nuestra tarea es de “conversión”. Cambiar de “chip”. Reformatear de nuevo nuestro “disco duro” (más bien somos de dura cerviz). Entrar en las categorías de Dios, en su forma de juzgar, de actuar, de ser.

Nuestra tarea es “creer”. Fiarnos. DIOS ESTA SIEMPRE CON NOSOTROS. (Este es el nombre revelado a Moisés)

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