Primeros en el servicio

lavar pies

En los domingos anteriores, el Evangelio mostraba controversias directas entre Jesús y la clase dirigente de Israel. Hoy, el Evangelio ya no es una diatriba sino que es un cúmulo de advertencias dirigidas a todos sus discípulos, pero de forma particular también a los que son responsables de comunidades, y que tratan de marcar diferencias entre los seguidores de Jesús y los que seguían siendo o manteniendo la fe judía tradicional. Las diatribas utilizan el género de opuestos, marcando y universalizando defectos o virtudes.  Esto no quiere decir que todos fueran “blancos” o “negros” sino que es un recurso literario para dejar claras algunas cosas.

Parece ser que “desde siempre” aquellos que reciben la misión de ser servidores de “La Palabra” tienden a utilizar la Palabra en su servicio propio y hacerla “su palabra” desde la que manipulan a la gente, la oprimen. Los Profetas han tenido la misión de desenmascarar a estos personajes y estas situaciones. Malaquías (1,14 – 2,10) dirige su apelación a los sacerdotes que habían vaciado el culto de sentido, porque con sus hechos de vida traicionaban los dichos proclamados en la alabanza a Dios. La bendición dirigida a Dios era hueca e insincera. Por eso en realidad la bendición a Dios, que debía traer bendición a todo el pueblo, se convertía en maldición porque las relaciones sociales se establecían desde la desigualdad y la opresión de unos sobre otros. La maldición no era de Dios, sino que la maldición (el no cumplimiento de las promesas) tenía por causa el comportamiento infiel del hombre.

En tiempos de Jesús, también se da esta misma realidad. Los responsables religiosos del pueblo, no hacen lo que dicen. Dicen bien, porque dicen “Palabra de Dios”, pero no hacen. Llevan una vida incoherente; es más se aprovechan de la Palabra para ejercer autoridad y coaccionar a la gente, poniéndoles “cargas” insoportables. Además, ante la gente pasan por “cumplidores” haciéndose notar, sonando trompetas cuando dan limosna o poniéndose filacterias para que se vea que son conocedores de la ley y respetuosos con ella. Pura fachada. Sepulcros blanqueados. Les encantan los primeros puestos y las reverencias.

Los “cuidadores” del pueblo, para Jesús, se han convertido en “lobos”. Son la antítesis del “deber ser”. Por eso saca consecuencias para todos sus seguidores. Les dice: “Vosotros, en cambio… no os dejéis llamar ni maestro, ni padre, ni jefe”. Una proclamación radical de igualdad entre sus seguidores. Todos aglutinados sobre un mismo eje o pivote que es el “Padre” Dios (el único Padre) y sobre un único Mesías (El Cristo). Padre e Hijo que no se distinguen precisamente por buscar “provecho” de lo ajeno; sino que se han mostrado el Padre como base y fundamento de todas las cosas, y por lo tanto engendrador y dador de vida entregándose todo Él en el Hijo; y el Hijo, entregando su vida en rescate de muchos. Han sido los primeros en la entrega y en el servicio. Por eso en la boca de Jesús resulta veraz lo de “El primero entre vosotros será vuestro servidor”. Ser primeros en el servicio será la “marca” de los seguidores de Jesús. No “sacar provecho” sino perder o dar la vida por los demás.

Casualmente hoy, la segunda lectura de Pablo a los Tesalonicenses (2, 7-13), nos pone el ejemplo del mismo Pablo como buen pastor o buen responsable de comunidades cristianas. Es casi un “calco” de lo referido en el evangelio plasmado en la vida de un discípulo. Un Apóstol que entrega el Evangelio entregando su propia vida por amor al evangelio, a Jesucristo y a cada uno de los miembros de aquella comunidad naciente. San Pablo entrega la Palabra de Dios, que por ser de “Dios” y no de Pablo, permanece operante y transformante en los corazones de aquellos que la acogen.

Los cristianos llevamos ya 2.000 años de historia. A lo largo de estos años nuestras comunidades, nuestra iglesia no se ha parecido siempre a lo indicado por Jesús y vivido por Pablo. Institucionalmente se ha caído en los mismos pecados e incoherencias indicadas arriba. Los cargos muchas veces han servido para medrar las personas a costa de las que estaban a su cargo. Los “títulos” de padre, maestro o jefe, han merodeado y merodean en nuestra nomenclatura habitual, y también las reverencias, las vestiduras y las insignias. Entre algunos de nosotros se da el carrerismo y la búsqueda de los primeros puestos. Estas cosas tienden a eclipsar muchas realidades buenas que se dan en la iglesia y sobre todo tienden a crear “maldición” o realidad eclesial y social no evangélica ni evangelizadora. Es necesario, a nivel de Iglesia, insistir en una eclesiología de comunión donde realmente los últimos sean los primeros, donde los que quieran ser primeros, deberán serlo desde el servicio, desde la entrega, desde la cruz, a imagen y semejanza del que es nuestro único Maestro y Señor. JESUCRISTO.

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